En épocas de conmemoraciones históricas, como las que nos aquejan, la queja del presente contamina la visión del pasado.
El pasado aparece también como un escenario catastrófico, indigno de celebración. Se instala con facilidad la queja retrospectiva. “Nada hemos hecho bien”, o su hermana gemela, la queja presentista: “Nada tenemos hoy digno de nuestro pasado”.
La madrastra gruñona de las dos hermanas es la queja apocalíptica: “Estamos tan mal que habrá otra vez una revolución”.
La queja del presente contamina el pasado mediante un mecanismo típico: se juzga lo sucedido en siglos por lo sucedido el día de ayer, se juzgan épocas y logros históricos por las malas noticias del diario de la semana pasada, el año que termina o el gobierno anterior.
¿Cómo podemos decir que México ha avanzado si los narcos se matan salvajemente a plena luz del día? ¿Cómo podemos decir que hay algo que celebrar si la mitad de la población está en la pobreza?
Los criterios para medir la historia no pueden ser los mismos que aquellos con los que hacemos la crítica del presente. Es confundir el telescopio con la lupa de aumento.
En todos los órdenes, México ha pasado por épocas infinitamente peores de las que vive hoy, empezando por la violencia y la pobreza, para no hablar de la gobernabilidad, la economía, la salud o la educación.
Se dirá que México no ha logrado ser lo que se propuso desde su fundación: un país civilizado, próspero y equitativo. Cierto, pero no había sido nunca un país democrático y ya lo es.
En búsqueda de la civilización, la libertad y la igualdad, que siguen siendo sus ideales rectores, México no ha sido nunca, ni en sus momentos más violentos y sombríos, un país capaz de la barbarie desnuda de que han sido capaces países a los que admiramos.
No ha salido de nuestro país nada parecido a la carnicería napoleónica que transformó Europa, a la ferocidad tecnológica de las matanzas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, a los bombardeos de población civil indefensa en la segunda, al holocausto judío o al lanzamiento preventivo de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
No hay nada en el presente, tampoco, que se parezca a los peores momentos históricos de violencia y desgobierno: ni a la guerra de Independencia, ni a las guerras de Reforma y de intervención del siglo XIX, ni a la guerra civil o a la guerra Cristera del siglo XX.
Somos un país considerablemente mejor que el que hemos sido, aunque el país que somos sea tan imperfecto que justifique nuestras quejas.