La reivindicación de los modestos y los anónimos, un monumento a los humildes y esforzados, la constatación de que, por más que lo parezca, el dinero no lo es todo en el futbol globalizado y neoliberal.
Rubin Kazan, equipo desconocido hasta hace unos meses, cuyo nombre suena a truco de magia, marca de juguetes o diseñadora de joyería de fantasía, volvió a complicar la vida al poderoso Barcelona y mantiene esperanzas de avanzar a la siguiente ronda de la Champions.
Procedente de una remotísima región de Rusia, el Tartaristán, el Rubin es además reflejo de uno de los fenómenos difícilmente encontrables en dicho país: la cohabitación en paz y armonía de musulmanes y cristianos ortodoxos.
El futbol ruso, por siempre manipulado por zares, rojos y oligarcas, hoy es una realidad que promete y genera temores, sobre todo con su nueva cara, el Kazan.
EN LA TIERRA DEL NIET
Es noviembre del 2007 y nos encontramos en una ciudad de Moscú que ya congela con la entrada de su invierno.
Luego de pasar junto a la biblioteca Lenin, de viajar a la estación de metro Lenin y de observar la estatua del propio Lenin a la entrada del estadio Luzhniki, llegamos al Kremlin y dos descomunales hileras llaman la atención.
Pronto vemos el rumbo que siguen esas filas: una, llena de mujeres que desafían al frío con sus minifaldas, persigue el mega centro comercial ubicado en la Plaza Roja; la otra, repleta de tantos turistas como locales, se dirige hacia el Mausoleo de Lenin.
Luego de superar complicadas restricciones de la policía y de ahuyentar a un “guía” que ofrece evitarnos la espera a cambio de un soborno, logramos observar, remojados en el líquido donde se conservan, los restos de Vladimir Ilich Lenin.
Al salir, vemos venir una manifestación de jóvenes que desean el regreso del comunismo, se nos acerca un anciano que tambalea en medio de hedor a viejo vodka y suenan las campanas de la emblemática Catedral de San Basilio.
En ese momento, con la mente atascada entre el mórbido monumento a Lenin, la marcha por la nostalgia roja, el consumo voraz en las boutiques más caras del mundo y el fervor cristiano de este pueblo, nuestra mente dilata en digerirlo todo y nos cuesta recordar un dato.
Precisamente ahí, en la Plaza Roja de Moscú, se organizó en 1937 un partido de futbol. Una larga alfombra verde fue colocada y el camarada Stalin acudió a mirar el cotejo.
Pasados unos minutos, el líder máximo se estaba aburriendo con el empate a cero y exigió a los jugadores que anotaran goles en los dos improvisados arcos.
Intentamos comparar la plaza que vemos con la pequeña fotografía de aquella cascarita de 1937 y brinca un malencarado policía para decirnos la palabra favorita de este país: Niet!, es decir, ¡no!
Pero, ¿no qué? Imposible entenderlo. La autoridad ha dicho que no y más nos vale interpretarlo con acierto.
VICTORIAS ROBADAS
En ese mismo viaje a Rusia consultamos el periódico local de habla inglesa y nos llamaron la atención dos noticias.
La primera daba a conocer el plan de altos políticos locales para el partido eliminatorio que los rusos habrían de jugar ante Inglaterra: esperarían al medio tiempo y entonces decidirían, con base en el marcador parcial, si acudían al estadio (no fuera a ser que estuvieran posando para la foto y viniera una derrota de la selección rusa).
Adentro del rotativo, en una pequeña nota escondida entre anuncios, leímos otra información interesante: se reportaba un nuevo ataque xenofóbico en Moscú contra personas musulmanas de procedencia tártara.
Con los antecedentes de racismo abundantes en la cultura rusa, jamás pensamos que en el Tartaristán mismo hubiera una ejemplar armonía entre religiones y etnias; mucho menos que el equipo de futbol de su capital, Kazan, estuviera camino a repartir lecciones.
Lección a quienes consideraban imposible que con un plantel pobre desafiara a los gigantes de Europa; lección a los magnates rusos que todo lo pretenden con sus millones; y lección también a quienes se resisten en Rusia a la integración de minorías.
PLEGARIAS EN EL BANQUILLO
El director técnico del Rubin Kazan es tan pintoresco como el nombre mismo de la institución. Se llama Gurban Berdiyew (aunque podemos encontrarlo escrito de otras seis maneras) y se ha hecho célebre por sostener un rosario musulmán cuando está dirigiendo en la banca.
Berdiyew (o Berdiev, o Beryev, o Berdiyeuv) nació en la ex República Soviética de Turkmenistán y ha dirigido en países como Kazajstán o Turquía. Su devoción islámica es tal que en todas sus declaraciones invoca a Alá y cuando fue campeón de liga peregrinó a La Meca.
Lo maravilloso del personaje que dirige al Rubin son sus esfuerzos para que la tierra tártara siga dando ejemplo a la sociedad rusa respecto a lo fácil que es convivir aun sin compartir fe y etnia. Es decir: su alto grado de religiosidad no lo aleja de los practicantes de otras creencias.
Como un aficionado explicaba ahora que el club se ha puesto de moda y las agencias internacionales buscan conocerlo: “La armonía que Berdiyew consigue entre veteranos y novatos, es igual a la armonía religiosa que tenemos en Tartaristán”.
En Kazan se organiza uno de los festivales de cine musulmán más importantes del mundo y surgió una compañía de taxis con servicios especiales para musulmanes (estos conductores no beben, fuman ni comen puerco, y colocan en las bocinas versos del Corán).
ABRACADABRA EN RUSO
Como casi todos los equipos rusos, el Rubin ha sido bautizado y rebautizado dependiendo del entorno político; por ejemplo, alguna vez fue “club Distrito Lenin”. Hoy no es fácil entender la razón de su actual denominación; su página de Internet apenas dice “decidimos cambiar el nombre a algo más bello y sonoro: Rubin”.
Ahora que han enfrentado al Barcelona, derrotándolo en el Camp Nou y empatándole en el nevado estadio tártaro, el modelo del Rubin intenta ser analizado, aunque todavía sin muchas conclusiones.
Compraron al defensa argentino Cristian Ansaldi cuando pocos lo conocían y hoy ya es seleccionado albiceleste; hallaron a un buen ofensivo, el también pampero Alejandro Chori Domínguez, y le han sacado el máximo rendimiento; encontraron elementos prometedores en fuerzas básicas y les han dado sitio como titulares.
Si a eso añadimos gran sentido colectivo, buena adaptación de foráneos de perfil bajo, mucho orden atrás y explosividad al frente, tenemos un club que despojó al millonario y oligarca CSKA de Moscú del título liguero para luego quitar al Barcelona un largo invicto como local.
Justo en esta semana, cuando se cumplen veinte años de la caída del Muro de Berlín, el oriente de Europa, cuna de grandes jugadores pero de pocos éxitos futbolísticos recientes, halla en el Rubin un nuevo pilar.
Bajo el encantamiento de la poderosa palabra “¡Kazan!”, el Rubin pone a los tártaros en el mapa del futbol y muestra a los rusos lo sencillo que es aplicar a la rutina conceptos como tolerancia y cohabitación.
Como casi siempre, Rusia vive días de conflicto con su historia; hace unas semanas se aprobó reinstalar estatuas de Stalin en estaciones de metro y hasta anotar en la pared el verso del himno nacional que loaba a este líder.
Mientras muchos rusos se aferran a esos viejos traumas y llegan al extremo de limpiar la imagen a un monstruo como Stalin, los tártaros y los ordenados elementos del Rubin nos presentan a otra Rusia: ni oligárquica, ni zarista, ni roja: simplemente tolerante en la vida y temible en la cancha.
APRENDIENDO EN OTRAS LATITUDES
Aunque el estereotipo respecto a los rusos suele ser de mujeres parecidas a las espías de James Bond y hombres rubios, es un país tan grande que muchos rusos son de rasgos más parecidos a mongoles, turcos o búlgaros.
HABLANDO EN OTRAS LATITUDES
Una de las palabras básicas que se pueden aprender en Rusia es una que suena parecido a “Astaroshnia”, la cual se escucha en el metro cada que se va a llegar a una nueva estación. Significa algo parecido a “atención”.
VIVIENDO EN OTRAS LATITUDES
En Japón nos sorprendimos con la cantidad de rusos que ahí habitan; normalmente perdemos de vista que Rusia, así como es vecina de Polonia a un lado, también hace frontera con Japón al otro. La embajada rusa en Tokio es un gran complejo de edificios, a la vuelta del cual vivíamos.
VIAJANDO A OTRAS LATITUDES
Atravesar la inmensa Rusia es un sueño para muchos viajeros, quienes toman el tren transiberiano. Al cabo de 9 mil kilómetros conecta a la capital Moscú con la lejanísima Vladivostok, ciudad vecina a Japón.
Rubin Kazan ha dejado de ser un término extraño y de golpe ha atrapado las miradas futbolísticas de todo el planeta.
Luego de derrotar al Barcelona en el Camp Nou y empatarle en Rusia, el club tártaro empieza a ser analizado.
Detrás de este equipo tan humilde como incómodo, hay un entrenador peculiarmente religioso y una región envidiablemente tolerante.