En La genealogía de la moral, Nietzsche distinguió entre el hombre y el artista, aconsejando a éste guardarse con celo de no caer en la confusión de “creer que él mismo es aquello que él puede representar, concebir, expresar. En realidad ocurre que, si él lo fuera, no lo podría en absoluto representar, concebir, expresar; Homero no habría creado a Aquiles ni Goethe habría creado a Fausto, si el primero hubiera sido Aquiles y el segundo Fausto”. Desde un punto de vista más técnico, el teórico de la novela Wayne C. Booth explica que el autor debe de salir por completo del texto, de modo que sus vivencias y visiones personales no “interfieran” con la historia que está narrando al lector.
Como sucede con casi toda regla, cuando es violada con maestría el resultado es admirable, máxime porque en este caso ofrece una muestra de la feliz transposición que se suele dar entre literatura y vida. En Historia abreviada de la literatura portátil, Enrique Vila-Matas narra una anécdota de una fiesta en la Viena de 1925 en la que F. Scott Fitzgerald, con algunas líneas de cocaína encima, permaneció impávido tras la llegada de la policía para disolver la fiesta luego de que un criado negro disparara eufórico al techo, limitándose a espetar “I had actually been invited”, frase que encontró su camino hacia su obra maestra El gran Gatsby. Esto ya no lo explicita Vila-Matas, pero son las palabras exactas del joven Nick Carraway cuando reflexiona sobre la primera opulenta velada que comparte en la mansión de su enigmático vecino, Jay Gatsby. La posteridad le tenía reservada otra sorpresa del estilo a Fitzgerald, ya que tras su muerte por un infarto masivo a los 44 años, y luego de una serie de enredos relativos al sitio donde habrían de depositarse sus cenizas, en su poco concurrido funeral (similar al de Gatsby), la escritora Dorothy Parker pronunció para él las mismas palabras que el hombre con “ojos de búho” cuando llega tardío al entierro de su otrora anfitrión: “The poor son-of-a-bitch”.