Der Baader-Meinhof Komplex, filme alemán que se presenta en la Muestra de Cine, tiene la virtud de narrar siempre hacia adelante.
Con la frialdad de Capote frente a la pregunta “¿cómo han de mezclarse verdad y ficción?” —tema fundamental para cualquiera que quiera pensar el cine y la literatura—, Uli Edel muestra que sólo es posible semejante proeza dejando de juzgar a sus personajes.
La cámara está siempre en el lugar más objetivo. Así presenta hechos sin esas pretensiones estéticas que terminan por hacer que el punto de vista se convierta en juicio sumario y, aunque es evidente la dificultad de suspender el juicio cuando hablamos de terrorismo, Edel hace suya la premisa del investigador que, en la película, afirma: “Estoy absolutamente en contra del terrorismo, pero quiero entender las razones por las que esta gente sigue poniendo bombas”.
Una cuestión lleva a otra. De pronto uno está ya preguntándose, como don Quijote, por la razón de la sinrazón que, en este caso, es la razón de la violencia: ¿qué lleva a una madre de familia a entregar a sus hijas a un campo de palestinos huérfanos como parte de su programa revolucionario?
Para contar la historia de las brigadas anarquistas que florecieron en Alemania hacia principios de la década de los setenta, era necesario, antes que nada, meternos en una época y un lugar: estamos en Berlín, ciudad que despierta y con resaca se sacude los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Aquí sigue, sin embargo, la efervescencia política, la lucha entre extremos de izquierda y de derecha que permitió el ascenso de Hitler. En la primera escena de la película aparecemos en una playa nudista y vamos entendiendo que la necesidad dramática de los protagonistas de esta historia es emanciparse de toda autoridad y todo prejuicio: comenzar radicalmente de nuevo.
Son dos los personajes que sorprenden en esta película. Primero la escritora que poco a poco se convence de que lo que está escribiendo es Verdad (así, con mayúsculas) hasta emprender la aventura de hacer que sus letras incendien (sin importar que maten inocentes). Si uno se fija bien, nuestra intelectual abriga culpas por tener sentimientos que ella considera burgueses, a saber: celos por su marido. Pronto la periodista está ya sirviéndose de una brigada de mafiosos, comienza a escupir la moral y las buenas conciencias y en poco tiempo escribe panfletos que justifican la violencia más insensible: “Todo ser uniformado deja de ser hombre, se convierte en un cerdo”. Estamos en 1970 y el espíritu de Hitler sigue volando sobre Alemania.
El otro personaje inolvidable es el policía que tiene que desmantelar un movimiento que prolifera sobre la indignación que producen las dictaduras latinoamericanas y la guerra en Vietnam y en el Medio Oriente. Bruno Ganz interpreta a este hombre que busca la razón de la sinrazón que fundamenta a quien ha decidido que sólo el lenguaje de las bombas puede ser escuchado.