Lo primero que me pregunté al abrir El secreto de la Noche Triste, de Héctor de Mauleón, que es lo mismo que me pregunto al abrir cualquier libro, fue cuál era el otro secreto del que iba a hablarme. Si un libro es malo no habrá más relato que el que está en la superficie. Pero en las obras literarias lo que realmente se dice nunca está dentro del libro. Era a ese otro sitio a donde me proponía llegar al comenzar la lectura. Por principio, el lector tiene dos claves para iniciar la pesquisa. La primera y más poderosa está en la voz del inicio, esa voz que funde lo real con lo fantástico por la que optaron los cronistas novohispanos. La segunda está en la promesa que aparece en la portada: se trata de un thriller. Un género que, a diferencia del estrictamente policiaco, involucra una red de complicidades y contubernios tras los que hay que descubrir los móviles de un crimen del que es responsable más que un individuo, una sociedad. Suponiendo que hubiera existido el tesoro de Moctezuma y que se hubiera perdido en la huida de Cortés y sus hombres durante la Noche Triste, es decir, suponiendo que la historia oficial fuera cierta ¿qué otros crímenes esconde? Y más aún ¿qué crímenes históricos oculta una historia contada de forma oficial?
De inicio, la premisa de la primera novela de Mauleón encierra una pregunta fascinante. Una pregunta que sólo puede ser respondida llenando los huecos de lo que esa historia oficial dejó de lado. A medida que uno se va dejando absorber por la prosa envolvente descubre que aunque la estructura de esta novela obedezca al thriller la resolución y las causas del crimen distan mucho de ser la médula del asunto que lee. Porque las pistas para llegar a la verdad son aquí de índole literaria. Y este es para mí el mayor hallazgo. Siguiendo la idea de los enigmas novohispanos el autor intercala poesía de la época (Juan de la Cueva, Cervantes de Salazar) para hacer una descripción del recinto por el que transitamos, este año de 1600 que recrea. Pero también inserta las claves pictóricas del XVII para darnos las respuestas que los personajes y los lectores debemos encontrar y decirnos dónde encontrarlos. Mediante este ardid nos adentramos en los acontecimientos gracias a su representación. El viaje es a través del arte; la recreación no folklorizante ni estrictamente anecdótica del pasado hace de esta novela una obra no convencional del género que se le ha impuesto (thriller histórico). Lo que ocurre en ella no es esperable como novela histórica, pero tampoco como thriller. El detonador para el detective está detrás de la imagen de la pintura de Aldrete (El tormento de Cuauhtémoc), lo mismo que a través del poema de Arias de Villalobos que recrea la muerte de las tropas de Cortés en los puentes México-Tacuba. Una a una, cada pista obedece a un signo grabado en la historia de las imágenes y las ideas. Más que una novela, es un trabajo de historiografía literaria, donde el autor aprovecha los datos y los reconstruye en el contexto en que debieron surgir.
Si la trama de El secreto de la Noche Triste es el insólito asesinato de varios de los descendientes de los conquistadores, cada uno cometido de modo particular y todos por temor de que alguien hubiera oído el secreto de dónde se encuentra el tesoro de Moctezuma por boca de Cuauhtémoc; si en efecto, se trata de una novela donde se decanta lo que sabemos de forma fragmentada sobre el siglo XVII y se teje en un sólido y brillante tapiz que une nuestros cabos sueltos con la historia; la verdad es que pronto sabemos que el secreto o el tesoro están en la historia misma. Una historia conocida a medias, tergiversada, mitificada a la que su autor da un sentido fascinante e inteligible. Una obra que nos hace pasar por las grietas de la habitación “toda de oro” de nuestra historia no como un vínculo con el pasado a través de lazos de consanguinidad ni como un ejercicio de identificación con antiguas tradiciones, sino mediante un hecho simple y brutal que se repite. La violencia, ese fetiche de nuestro tiempo, la constante que nos une.