A la memoria de Jorge Luis Espinosa,
periodista excepcional, amigo
con quien soñé más de un proyecto.
Descanse en paz.
Más que un acierto editorial —que indudablemente lo es—, la reedición de Alfonso Reyes. Breve biografía, de Javier Garciadiego, supone la atinada revaloración del escritor mexicano de quien este año celebramos su 50 aniversario luctuoso y los 120 años de su nacimiento. Aunque estas conmemoraciones no han escatimado diversas actividades, es siempre motivo de agradecimiento una obra clara y sencilla que facilite un primer acercamiento al autor de Visión de Anáhuac, o incluso confirme —para aquellos que ya se han acercado a su obra— la importancia de Alfonso Reyes en las letras y la historia nacionales.
En esa dirección, qué mejor guía que la propia vida del escritor regiomontano, recuperada y finamente expuesta por un estudioso como Javier Garciadiego, capaz de dimensionar históricamente al personaje y de examinar su formación intelectual, su circunstancia familiar y social, los momentos de certeza y zozobra que vivió, en fin, todo cuanto integra la riqueza de un hombre de la estatura de Reyes.
Habiéndose acercado en varias oportunidades y con enfoques diversos al autor de La cena, Garciadiego tuvo herramientas de sobra para mostrar sintéticamente los hechos centrales de su existencia. No obstante, la brevedad de su ensayo biográfico no impidió que profundizara en algunos aspectos de gran trascendencia, a veces poco conocidos, como su ejemplar desempeño en el servicio exterior mexicano.
Acerca de lo primero, Garciadiego no admite dobles interpretaciones de su personaje: “Antes —y más— que diplomático, Alfonso Reyes fue un escritor. Su principal actividad y su mayor legado no puede ser escamoteado. Es cierto que sus funciones diplomáticas redujeron sus labores literarias, también es cierto que ese respaldo laboral permitió a Alfonso Reyes dedicarse veinte años a la literatura, aunque fuera de tiempo compartido”.
Pero en la liga de los escritores diplomáticos de nuestro país, Reyes estuvo siempre muy lejos de ser uno más. Se trata, con mucho, de la figura más prominente (en ese plano), de la historia contemporánea de México. Su esfuerzo y dedicación para extender los lazos con Francia, España, Argentina y Brasil es uno de los más brillantes y reconocidos. Su labor para transmitir el mensaje de los gobiernos posrevolucionarios (a pesar de provenir de una familia situada en otros flancos políticos e ideológicos) fue sumamente leal y eficaz, independientemente de los errores y del eventual desprestigio en que cayeron éstos.
Una prueba de fuego para su talante institucional fue la elección presidencial de 1929. Encontrándose como embajador en Argentina, “Reyes se mantuvo leal —escribe Garciadiego— a las autoridades gubernamentales, postura que le valió el distanciamiento de Vasconcelos y numerosas recriminaciones de otros intelectuales”.
Años después, de nuevo en Argentina y en medio de la Guerra Civil Española —frente a la que las posturas del gobierno mexicano y argentino divergían ostensiblemente—, Reyes representaría con gran dignidad y aplomo la solidaridad de nuestro país con los refugiados republicanos.
“La defensa del gobierno republicano español hecha por Reyes —puntualiza Javier Garciadiego— no fue sólo institucional ni se limitó a acatar las instrucciones del gobierno de Lázaro Cárdenas. La suya fue una defensa pertinaz y decidida, motivada también por razones ideológicas y personales, pues implicaba la defensa de un gobierno en el que estaban comprometidos muchos de sus amigos más cercanos durante sus años españoles, siendo los primeros el mismo Azaña y el propio embajador español en Argentina, su íntimo Enrique Díez-Canedo, el “amigo perfecto”.
Talento y pasión, lealtad y corazón son las claves que definen en todo momento el trabajo de Reyes como diplomático, condiciones que efectivamente no habría podido reunir de no ser por su sensibilidad como escritor.
De entre las muchas facetas del autor de Simpatías y diferencias, la del embajador literario es una de las mejor tratadas en el breve texto de Javier Garciadiego. Pero desde luego hay mucho más. Tanto sobre Alfonso Reyes en tan pocas páginas que, vuelvo a decirlo, es cosa notable y muy de agradecerse en estos tiempos de voluminosas tonterías.