Los regiomontanos se perdieron la oportunidad de evidenciar su civismo.
Por una semana se quedaron sin agentes de Tránsito.
La hipótesis del municipio era que los tránsitos estorban más que servir.
Sin ellos, los ciudadanos demostrarían que cumplen los reglamentos por decencia.
Pero la cruda realidad lo desmintió: los ciudadanos no son capaces de autorregularse.
Empezaron a estacionarse en triple fila, a correr desaforados, a burlar los semáforos.
Y tampoco quieren de verdad que moralicen a los tránsitos.
Imagínese: tener que traer credencial, luces completas, seguro, placas del año…