Llegados a ciertas alturas los artistas como Almodóvar no tienen que preocuparse ni de la crítica ni del público. Digo: ¿quién recuerda hoy a Bellori? Quien lo haga, será sólo, tal vez, como parte del estudio del gran artista que se llamó Miguel Ángel Caravaggio, ese maestro del XVI. Y es razonable: si uno tiene la filmografía de Almodóvar en las espaldas, ¡que brame la crítica! Que diga que Los abrazos rotos, filme que inaugura la emisión cincuenta y uno de la Muestra Internacional de Cine, es repetitiva hasta el hartazgo (y peor, que es aburrida), a Almodóvar, ya seguramente le da lo mismo.
Lo que más me sorprende de Pedro Almodóvar es que haya hecho creer a los periodistas de espectáculos que es ligero y naif. En realidad, el manchego tiene una cultura artística portentosa. Quien quiera saber de qué va Almodóvar, que se emborrache un día con viejo cine surrealista español (a saber: cantidades industriales del primer Buñuel con dos gotitas de Dalí); que lea luego Paty Difusa y otros cuentos, que la lea entre líneas. Tal vez, sometido a este régimen, el espectador de a pie verá con claridad que don Pedro está lejos de ser el inconsciente —y genial— muchachito manchego que, él ha venido vendiendo.
Y es justamente porque encuentro que Almodóvar se parece más al Buñuel de La edad de oro (1930) que al Hitchcock de Rebeca (1940) que me resisto también a encasillar su cine en el rubro de “melodrama”.
Los abrazos rotos contiene excesos que ni siquiera el melodrama más subido de tono se permitiría: tres personajes paran en distintos hospitales por distintas —y truculentas— razones; hay un director de cine ciego, hay una venganza inverosímil, enfermedades que sólo pueden pronunciar los estudiantes de medicinas y una chica fatal, puta y actriz que se ha casado, para sacar adelante a su familia, con un viejo millonario maniático sexual. Todo lo anterior viene macerado con escenas increíbles (creo que a Almodóvar le gustaría más el adjetivo “delirantes”), pero con diálogos divertidísimos. Por cierto, que una mujer pueda rodar por las escaleras de su casa, desde un segundo piso, y que no se le arruine, ni la peluca ni el maquillaje, es un prodigio que sólo he visto en el cine de Miroslava.
En fin, que Almodóvar no es ni naif ni melodramático. Es surrealista, y como tal concede más valor a la imagen de lo que uno pudiera pensar. Es aquí que brilla particularmente la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto: la forma en que hace que se diferencien los colores, la forma en que destaca el rojo del negro en la toma —autoplagiada— de los tacones que van y vienen sobre el parqué. La cámara que retrata al millonario desde abajo de su mesa de cristal, el niño que disfruta con su padre en una playa en la que vuelan los cometas, todo esto es Almodóvar: un deleite de la vida en clave surrealista, tan surrealista, que el autor se retrata a sí mismo como director heterosexual que, luego de haber sufrido una venganza inverosímil tiene que volver a editar —ya ciego— Mujeres al borde de un ataque de nervios. Tal cual.