Cube Bonifant es la primera cronista del periodismo mexicano. El director de El Universal Ilustrado, Carlos Noriega Hope, la conoce a principios de 1921. De inmediato queda hechizado por su inteligencia, su malicia, su desparpajo. “Es necesario que tome usted una columna”, le dice. Bonifant tiene entonces 17 años. Fuma, usa el cabello a la moda de las “pelonas” de ese tiempo y posee una curiosidad desbordada por las ofertas culturales que ofrece la modernidad: el cine, el fox-trot, la moda, los autos, el futbol, la vida cotidiana en el país que Álvaro Obregón procura refundar. El Ilustrado (50 mil ejemplares a la semana) es la revista seria y frívola que pone en manos de sus lectores la hora del mundo: da a conocer el estridentismo, lanza a Salvador Novo y Xavier Villaurrutia (cuando Xavier aún se escribía con “J”), reparte secciones que quedan a cargo de José Gorostiza, Arqueles Vela y Francisco Monterde; introduce noticias relacionadas con “los objetos más recientes de la civilización”, como el radio, y da cuenta de novedades y chismes hollywoodenses. Traduce autores extranjeros y practica un periodismo veloz que dinamita el muro de la alta cultura.
Cube Bonifant (en realidad, Antonia Bonifant López) se incorpora a la vida de redacción y no tarda en alcanzar el éxito. Una flapper en la crónica mexicana: asiste al cine, sonríe desde el parabrisas de su auto, le gustan los toros, grita en el futbol, acude a cocteles, escucha conferencias, y de paso habla de su cabello, sus uñas, sus novios, sus mascotas, sus retratos. Las columnas “Confeti” “Sólo para mujeres”, “Sólo para vosotras” y “Notas de una casada”, desquician a sus contemporáneos. Cube cuestiona el rol tradicional de las mujeres, y denuncia al mismo tiempo el vacío que asalta la vida de las flappers. “Complico todo lo que encuentro”, escribe en su columna. A lo largo de dos mil artículos, se empeña en complicarlo todo. Su rival en la crónica, el entonces novísimo Novo, le destina esta puya: “Yo, que naciera por Guadalajara/ vine a México con mi literatura/ y como no hubo quien me la aceptara/ me dediqué a las poses superiores./ Yo valgo más que nadie, yo desprecio/ a todos los mediocres zurratintas/ y tengo uñas, y he leído tres libros”. El Chango García Cabral la convierte en tema de cuatro caricaturas: sugiere que Cube ha besado a todo México, y fracasado en todo lo que ha emprendido.
Cube se encoge de hombros y agudiza el filo de sus críticas. Es la estrella de una película perdida, Los chicos de la prensa, protagonizada por los reporteros de El Universal, y aparece como extra en alguna escena de Santa. En 1926 se esfuma. Cambia su seudónimo por el de Luz Alba y se dedica a hacer crítica de cine hasta finales de los años cuarenta. Luego, el mundo cultural y literario la olvida. Muere en 1993, a los 89 años.
En 2007, Viviane Mahieux, profesora de la Universidad de Fordham, visita la hemeroteca de El Universal y tropieza con una joya sumergida en el olvido. Recoge 119 artículos firmados por Bonifant y encabeza —entre los entonces editores de Confabulario— una especie de club de fans: el Club Bonifant. Hoy, los artículos exhumados por Mahieux dan forma al libro Una pequeña marquesa de Sade. Crónicas selectas (1921-1948), editado por Pértiga. Constituye uno de los rescates editoriales más significativos de los últimos años. Gracias a Mahieux, tenemos al alcance de la mano un testimonio que alumbra, no sólo la trayectoria de una flapper que reinó en la crónica mexicana, sino el misterio de la vida de las mujeres en los locos años de la posrevolución.
El Club Bonifant está a punto de ensancharse.