El héroe nacional de Eslovenia es un poeta: France Prešeren, autor de Zdravljica (Brindis) que es el himno de su país. Escrito hace más de ciento cincuenta años, es un canto alegre y desenfadado, un homenaje al optimismo, acaso extraño en un país ubicado en una zona de históricos conflictos bélicos, que apenas en 1991 comenzó su vida independiente después de formar parte del Imperio Austrohúngaro y de la república socialista de Yugoslavia.
En su poema, Prešeren (1800-1849) escribe: “Bebamos porque cada nación/ viva para ver nacer ese día brillante/ cuando bajo la rotación del sol/ sea expulsado de la tierra el disenso/ Todos seremos/ paisanos libres/ sin ningún vecino adverso”.
Este anhelo se ha hecho realidad en un país donde la literatura, intrínsicamente ligada a la identidad nacional, ha servido para preservar la lengua y como “un vehículo de protesta contra circunstancias desesperadas y la promesa de un futuro más luminoso”, de acuerdo con Matej Bogtaj, autor del texto de presentación de la Antología de narradores eslovenos contemporáneos, editada por la Dirección de Literatura de la UNAM.
Eslovenia es uno de los países donde el Estado más apoya la creación artística y la lectura se fomenta a través de una extensa red de bibliotecas públicas y revistas literarias que alojan habitualmente los relatos de los autores reunidos en este muestrario de trece historias que —en su diversidad temática y escritural— conduce a los lectores por los rumbos del suspenso, el humor, la ironía, el desencanto, el amor y la muerte.
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Escondido en la penumbra, el niño intenta una y otra vez sacar esa maldita tonada en el acordeón. No puede. Ni una sola nota forma una armonía con su antecesora; sus dedos sobre los botones a veces llegan demasiado grave y luego demasiado agudo, y el fuelle berrea cada vez una disonancia estridente. El niño no es muy musical, pero sabe lo suficiente para darse cuenta de que su objetivo —tocar correctamente la tonada sencilla— se vuelve más inalcanzable cada momento que pasa, así como se acerca inexorablemente el momento en que su padre regrese y exija que toque la pieza.
La noche desciende sobre él como un trapo húmedo. Los densos enjambres de notas impresas en la hoja primero empiezan a fundirse y luego desaparecen del todo en la oscuridad. El niño no enciende la luz porque la oscuridad le da un alivio; es espantoso mirarse los dedos tropezando uno sobre otro en una confusión impotente sobre las teclas.
Ahora sólo los oye. No oye la torpe melodía que se le escapa, sino sólo sus propios dedos que se niegan a obedecer. Y sabe que una vez más no logrará que su padre entienda que no es su culpa, la culpa la tienen los dedos. Cuanto más explique la cantidad de esfuerzo que ha dedicado a tratar de desenmarañar el misterio de esta tonada, más se enredará y quedará más claro que en realidad no sabe de cierto qué significan algunos de los símbolos en las partituras y que cada tanto se brinca algunos. Su padre lo escuchará con toda la paciencia, como siempre, mientras al mismo tiempo estará zafando el cinturón de sus pantalones. Y luego dirá: Anda, hijo, vuelve a tocarla.
Y el niño la volverá a tocar y la tonada sonará todavía más mellada mientras sus dedos dejan manchas de sudor en las teclas, volviéndolas resbalosas. Y el padre escuchará y acariciará su cinturón de cuero, y luego dirá: Hijo, guarda el acordeón.
El niño piensa acerca de lo que va a suceder y los ojos se le llenan de lágrimas. Lo peor de todo es que le encanta la música. Cuando está acostado en su cama por la noche, cierra fuerte los ojos y se imagina que es aquel muchacho con traje de etiqueta blanco y corbata de moño que había visto en la televisión, parado en el centro del escenario en una sala de conciertos, con un violín en la mano y haciendo una reverencia mientras el público aplaudía con entusiasmo. Su realidad es diferente: su único público es su padre, y no aplaude con alegría.
El niño sabe lo que está mal, sabe por qué no encuentra las notas que deben ser. Está bajo el hechizo de la guitarra eléctrica que anda por todas partes. Tiene todos los sonidos que debe tener y no le permite a su acordeón que tenga ninguno. Se le ha metido en la cabeza y la ha llenado con un zumbido blanco que no permite que se acerque ningún rival. Por eso sus tonos titubeantes no pueden fluir juntos y hacer una melodía. No se los permite la guitarra eléctrica. Ella siempre encuentra el modo. También eso lo vio en la televisión. Vio cómo había empezado todo. En algún lugar muy lejano, en algún lugar en África, el diablo tocó la guitarra y la hechizó de tal manera que únicamente su dueño podría tocarla. Todos los demás serían partidos por un rayo. Quedarían reducidos a cenizas. Ya no existirían. Y por eso son tan peligrosas las guitarras. Y la guitarra eléctrica, la más poderosa de todas, es la más peligrosa. O sea, si no eres la persona adecuada para ella.
El niño piensa: Si tuviera una guitarra eléctrica, una de verdad, entonces podría lograrlo. Sería la persona adecuada para ella, y la podría tocar sin una falla, y su padre no se quitaría el cinturón, sino que abriría los brazos y lo alzaría y le diría lo orgulloso que estaba de él y el público aplaudiría y él se acomodaría la corbata de moño, apretaría el violín contra su traje de etiqueta blanco y se iría del escenario y regresaría a su cuarto donde los dos juguetes estarían esperándolo, los juguetes sobre los que inexorablemente cae el polvo durante las horas en que desesperado trata de encontrar la línea correcta en las teclas blancas y negras. Y luego guardaría el violín y jugaría con ellos, el osito de peluche en el que su madre había puesto con un alfiler la nota que decía que se iba pero que muy pronto, prontísimo, regresaría por él, y que lo quería, y la muñeca Barbi que su hermanita había dejado aunque con ella hablaba más que con nada. Y otros juguetes, muchos otros juguetes que ahora no tiene.
El niño sabe que es una fantasía. Todas sus ensoñaciones durante las horas que pasa con el acordeón están vacías. Lo único real es la caja que rechina entre sus manos y la partitura en el atril de la que no puede descifrar la melodía. Y la guitarra eléctrica en su cabeza. Que puede tocar todas las melodías y sabe todas las maneras.
El niño se pregunta: ¿Cómo adivinó su padre que la guitarra eléctrica era tan peligrosa? ¿Por qué decidió no comprársela cuando se la pidió? ¿Cómo sabía que escupiría fuego si llegara a las manos del niño? Su padre le dijo que este acordeón era el mismito que él había tocado, así como su padre y su abuelo antes, y que no habría ninguna guitarra en su casa. Quería decir su cuarto, porque viven en un cuarto, no una casa, pero el niño entendió de todos modos. Y se quedó maravillado. Es cierto que su padre sabe de música, siempre le está trayendo nuevas partituras y las pone encima de las que el niño ha observado hasta el agotamiento. Pero ¿cómo podía saber también el secreto de la guitarra eléctrica, oculto para todos y revelado sólo al niño? Cada vez que el niño le decía a sus amigos que la guitarra eléctrica podía reanimar a los muertos y sacudir a los vivos de modo que ni un rastro de vida quedara en sus cuerpos, se reían y se guiñaban el ojo unos a otros, y luego cuando se callaba y se iba ellos susurraban a sus espaldas que estaba un poco tocado. Sí, lo oyó claramente: un poco tocado. Pero nunca fue tocado por nadie ni por nada salvo cuando su padre lo tocaba demasiado fuerte, fuertísimo. Sabía lo que significaba esa expresión: Pensaban que estaba un poco chiflado. Que estaba un poco dañado. Apretó los puños y se quedó callado. Y pensó: Si yo tuviera una guitarra eléctrica se los demostraría. Ellos creen que una guitarra eléctrica sólo es algo que los que saben pueden hacer que produzca sonidos. Y que esos sonidos no son más que eso: sólo sonidos. ¡No tienen idea! No saben que la guitarra eléctrica tiene voluntad propia, vida propia, y que hay que tener cuidado cuando estás cerca. Mucho cuidado.
El niño le echa una mirada al acordeón entre sus manos, el objeto frío y muerto que resuella ruidos amorfos. Tiene ganas de aventarlo al piso y rebotar una y otra vez encima de él. Es posible, tal vez sea posible, que eso le dé un poco de chispa. Pero aunque fuera así, nunca podría ser como una guitarra eléctrica. Al igual que él —el niño lo sabe— que nunca podrá ser ese muchacho con el traje de etiqueta blanco y corbata de moño, en el escenario de la sala de conciertos, con un violín en la mano y haciendo una reverencia mientras el público aplaude efusivamente. Y al igual que el cinturón de su padre que nunca se convertirá en el pastel de estragón que su mamá horneaba cada domingo cuando su padre todavía la dejaba salir de la casa para comprar los víveres.
Una y otra vez el niño lucha con la misma tonada confusa. No lo logra, sencillamente no lo logra. Las teclas lo evaden y el niño sabe que no podrá. En algún lugar en el rincón, en el rincón del cuarto, en el rincón de su cabeza, en el rincón del universo, acecha la guitarra eléctrica.
La electricidad da energía a todas las cosas; con razón el niño no puede arreglárselas sin ella. Ya no hay música sin energía eléctrica. Con razón sus tonadas están todas apretujadas y sus dedos tropiezan uno sobre el otro. Necesito una guitarra eléctrica, piensa el niño. O por lo menos electricidad. Le da energía a las cosas.
Preocupado, el niño escucha para ver si hay ruido en las escaleras. Por el momento no puede oír las fuertes pisadas de su padre, pero no tardarán en llegar. El niño sabe que su padre está bufando por una rabia que casi no puede controlar, y así ha estado durante mucho tiempo. El niño se siente mal por eso, porque sabe que su padre lo quiere, y tiene alguna idea de lo desilusionado que ha de estar su padre cuando escucha una y otra vez al niño que persigue desesperadamente la melodía. El niño recuerda que el padre solía llevárselo con él cuando salía de la casa y caminaban por las calles durante horas sin hacer nada más, y lo bien que se sentía cuando su padre le ponía el brazo sobre los hombros. Salvo que un día cuando regresaron a la casa, su madre y su hermanita se habían ido, y sólo quedaban el osito de peluche y la muñeca Barbi. Y la nota de que su mamá regresaría por él muy pronto. Pero no lo hizo. Ni entonces ni después, aunque él la esperó.
Su padre le explicó que su madre y su hermana se habían ido porque las mujeres no tenían ningún sentido de la obligación, y que ahora tendrían que arreglárselas solos; no obstante el niño sentía que ellos podrían haberse quedado donde estaban y no tenían por qué mudarse a otro pueblo, donde su padre lo inscribió en otra escuela y donde tenían un nombre distinto en la puerta que para nada le gustaba tanto como el de antes, aunque ya había olvidado cuál era. Donde vivían antes, el departamento era más grande y la gente era más amable. Con frecuencia le preguntaban por su madre, y dónde estaba, y le mandaban saludos. Ahora no había saludos y nadie ni siquiera sabía que alguna vez había tenido una madre.
Se le ocurre al niño que la melodía no encuentra el camino para salir del acordeón. No, no va a funcionar sin energía. Tendrá que ayudarle a la tonada, no se ha de sentir bien, atrapada ahí en el fuelle asfixiante, de seguro quiere salir, piensa el niño. Sí, la electricidad; la tonada no puede salir sin energía.
El niño encuentra la extensión eléctrica en el armario donde el padre guarda sus herramientas. Voltea el acordeón entre las manos durante largo rato, sin poder encontrar un enchufe adecuado. Primero culpa a la oscuridad, pero por fin se da cuenta de que lo ha hecho todo mal: la extensión es la que hay que cambiar para que concuerde con el acordeón y no al revés. Usando el cuchillo que guarda bajo la almohada por si regresa el hombre oscuro que se inclinaba sobre él por las noches y le soplaba aire caliente hasta que gritaba y gritaba y gritaba, corta el cable en el extremo que no se enchufa en la pared y pela cada uno de los alambres. Luego, sólo al tacto, pega los distintos alambres al armazón del acordeón, hasta que siente que todos están conectados a algo y su tarea está acabada.
Mientras conecta el enchufe en el contacto de la pared, oye un ruido en las escaleras. Es el padre que regresa. Tropezará en cada escalón y luego tardará muchísimo para meter la llave en la cerradura y, como siempre, la llave se atorará; luego, de alguna manera, la desatorará, abrirá la puerta y entrará. El niño sabe lo que le espera, y eso lo paraliza; olvida el acordeón, la partitura abierta en el atril, la sopa instantánea que debería estar mezclando con agua hirviendo en ese momento porque su padre quiere comer cuando llega a la casa.
Se estruja en el hueco entre la pared y el armario, donde suele guardar el acordeón, y espera que todo se desvanezca como a veces sucede, espera que su padre no tenga las fuerzas para escucharlo tocar, que sólo irá tambaleándose hasta la cama sin siquiera aventar los zapatos. Entonces lo único que tendrá que hacer el niño es quitárselos con cuidado.
El padre entra al cuarto. Refunfuña confusamente entre dientes. Tropieza con la mesa, hace caer una silla que se azota. El niño se aprieta más en el huequito, un espacio muy estrecho donde espera que su padre no quepa. Porque si cabe, entonces, el niño ya lo sabe, va a estar muy mal la cosa, y no acabará nunca.
Aunque el cuarto está lleno de oscuridad, el padre distingue el acordeón en el piso. Rezonga algo en tono furioso y se agacha para recogerlo, pero cuando lo levanta se estremece, empieza a sacudirse, echa la cabeza para atrás, hace un bailecito excéntrico con un ritmo insólito, y esto sigue y sigue. Luego el acordeón se le cae de las manos, y cuando golpea con el piso el fuelle emite un gemido apagado, mientras el padre se desploma. Le escurre la saliva.
El niño espera. Es un espectáculo horrible, grotesco, pero ya lo ha visto antes. El niño concluye que el padre no logró llegar a su cama esta vez. Eso también ha pasado antes; no siempre lo logra. Así que tampoco tiene que quitarle los zapatos porque no hay sábanas que se vayan a ensuciar.
El padre no se mueve durante mucho tiempo. El niño medita sobre qué sucede después. Por lo general, después de un rato su padre gruñe, luego murmura, grita. Pero esta vez nada. Nada. Está acostado quieto, inmóvil. El niño empieza a darse cuenta de que esta vez es diferente. Y no sabe qué hacer.
Por fin se desliza de su escondite, desenchufa el cable y lo vuelve a guardar en el armario. Su padre siempre le está diciendo que ponga las cosas en su lugar, que sea ordenado; si no, te llenas de mugre y polvo, tienes que guardar las cosas, ser ordenado, tallarte la mugre y el polvo del cuerpo. Y le talla la mugre al cuerpo del niño durante mucho mucho rato hasta que el niño tirita bajo el regaderazo de agua fría porque el agua caliente se ha acabado hace mucho, y luego su padre lo carga y lo lleva a la cama y le pone la mano sobre los párpados para que se cierren y luego el niño siente que su padre lo mira durante un rato largo largo, y el niño sabe que su padre le desea buenas noches y felices sueños y que no venga un hombre oscuro a echarle aire caliente en la mejilla.
El niño mira a su padre durante un rato largo largo, pero de todas maneras el padre no se mueve. El niño piensa. No puede quedarse así para siempre, piensa. Por fin saca las llaves del bolsillo de la camisa de su padre. Aunque el padre a veces tarda mucho en ubicar la cerradura, siempre es rápido para guardar las llaves con cuidado Siempre. El niño ya había intentado abrir la puerta cuando estaba solo en la casa, abrir la puerta, ir a África y conseguir la guitarra, pero ni una vez pudo encontrar las llaves. Y las ventanas estaban tan altas que se mareaba cuando miraba por ellas hacia afuera, abajo había un abismo sin fondo.
El niño se para en la escalera y duda. Se le hace un nudo en el estómago porque ya está muy oscuro, y aunque fuese de día, no conoce el camino. No conoce ningún camino, porque su padre siempre lo acompaña cuando tiene que salir para ir a la escuela. Pero el niño sabe que no hay de otra. Sólo hay una opción: tiene que encontrar a su madre. Preguntará en la esquina si alguien la conoce. Se acuerda de su nombre, lo ha repetido una y otra vez desde que se fue y le dejó aquella nota. Alguien debe conocerla. Si no en esta esquina, entonces en la siguiente o la siguiente; siempre hay por lo menos una esquina más. Tarde o temprano la encontrará. Lo sabe: debe hacerlo. Debe encontrar a su madre. Ella sabrá qué es lo que hay que hacer, ella le explicará lo que sucedió. Y quizás, quizás, se dejará convencer y le comprará una guitarra eléctrica.
Andrej Blatnik (Ljubljana, Eslovenia, 1963), es autor de novelas, cuentos y ensayos. Ha sido traducido, entre otros idiomas, al croata, español, inglés y francés. La lista de sus publicaciones, junto con algunos fragmentos, están disponibles en www.andrejblatnik.com.