La añeja idea de mexicanizar Banamex ha revivido, ahora con el perredista Carlos Navarrete, que preside el Senado, quien afirmó que lanzará una controversia constitucional por el caso, argumentando que la ley prohíbe que gobiernos extranjeros sean accionistas de instituciones bancarias.
La Secretaría de Hacienda ya ha resuelto que no hay violación de la ley, pero ya conocemos a los perredistas.
Al parecer, Navarrete no lee la prensa internacional, que reporta presiones constantes al gobierno de Barack Obama para que se privatice todo aquello en lo que el gobierno metió la mano. La medida es transitoria.
Pero más que la ley, es el sentido común el que debería reinar. ¿Qué evidencia tenemos de que Banamex esté actuando contra nuestra nación porque un tercio de las acciones de Citi pertenezcan al gobierno estadunidense? ¿Se acumularon ya varios agravios? ¿Se convirtió en un banco que nos discrimina? ¿Sus directivos han hecho declaraciones o han intentado acciones estratégicas que atenten contra nuestra soberanía? No.
Más aún de sentido común son las preguntas que nos debemos hacer si Navarrete prospera y este banco se mexicaniza: ¿bajarán las tasas de los créditos si los nuevos accionistas de control son nacionales? ¿Llegaría este banco a la base de la pirámide? ¿Qué beneficios específicos habría?
Cuando la nacionalidad aparece como el argumento más sólido, estamos frente a un individuo de intelecto sumamente débil.
Se me ocurre un único beneficio: que llegase a las comunidades más apartadas, las no bancarizadas, como Banco Azteca. Pero esa estrategia se antoja difícil, y llevaría años materializarla, porque la suntuosidad de sus sucursales actuales corresponde a un segmento de mercado que no tiene nada que ver con las clases más populares.
Esta ley parece muy ñoña, como aquella que decía que la pena de muerte aplicaba al “salteador de caminos”, o como la epístola de Melchor Ocampo, que decía que “la mujer —cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura— debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende…”.