En otro tiempo, el siglo XIX para situar un momento específico, los obreros se reunían en las tabernas de los arrabales parisinos. Fatigados por lo arduo del trabajo pedían una botella de ajenjo, la destapaban y el líquido verde llenaba los vasos y vaciaba los cerebros. Un golpe al cráneo y el que seguía, al final aquello era una batalla perdida. Los hombres caminaban con las dificultades impuestas por el ajenjo de sabor perfumado y amargo, con 68 o 70 grados de alcohol. Paraíso barato, este destilado fue leyenda durante el periodo en que se inventa la bohemia, esa condición existencial que defendieron los artistas pobres, los que, según la idea real o melodramática, tenían que quemar sus cuadros o sus escritos con tal de calentarse durante los días invernales.
Poetas al estilo de Verlaine y Rimbaud hicieron del hada verde una amiga incomparable. Claro está que luego de una resaca con esa bebida lo mejor era reconsiderar sus afectos; brutal, sin recatos, la absenta permitía la charla amable para luego volcarse en furia, en temeridad, en lujuria o en lo que fuera en tanto se manifestara de forma exaltada. De entre sus aficionados más fervientes están los pintores Paul Gauguin y Vincent van Gogh, de nueva cuenta, al principio las conversaciones eran intensas y afables, para luego convertirse en remolinos de palabras, insultos y hechos que rondaban la locura. Briosos, sin duda, ambos artistas enfrentaban la intoxicación alcohólica con el aire de un viajero desesperado, del que está en la búsqueda de un vehículo que lo conduzca por otras latitudes emocionales. Es sabido que Van Gogh trató de encontrar la luz de Japón en las transparencias luminosas de Arlés, al sur de Francia; en tanto que Gauguin tuvo que trasladarse hasta las islas de los mares del Sur para ubicar la antesala del paraíso terrestre. Uno de los homenajes póstumos para el pintor holandés y desorejado es la fabricación de un absinth checo que lleva su nombre y que compran los turistas con singular alegría, aunque está lejos de ser uno de los mejores.
Una de las pocas escenas memorables de Alfie, el seductor irresistible (Estados Unidos, 2004) de Charles Séller, segunda versión de la cinta inglesa de Lewis Gilbert, tiene que ver con el ajenjo: la empresaria (Susan Sarandon), una mujer sofisticada y madura, emplea la bebida como parte de los preparativos para la cópula con el chofer Alfie (Jude Law). Sirve la bebida en un recipiente, luego coloca la rejilla con un par de cuadritos de azúcar, luego los derrite para que caigan sobre el hada verde y el elíxir estar listo. Debe aclararse que tomado de esa manera el ajenjo sublima sus potencias y arrastra por sendas insólitas. En México, el local de Mónica Patiño llamado El delirio, ahora desaparecido al calor de la crisis, vendía el juego para preparar el absinth de esa forma, y desde luego podrían encontrarse las botellas de ajenjo traídas de la República Checa, que eran, con mucho, las mejores. En Francia es posible encontrar un anisado que pasa por ajenjo, producido en Provenza. Al gusto era insustancial, a pesar de sus 55 grados, quedaba en el rincón de las meras intenciones comerciales. En cambio, los que se compran en las tierras de Kafka son sublimes, sobre todo el que lleva por nombre Absinth-absinth, que lleva el sello de Statorezna. Debe aclararse que la venta del ajenjo fue prohibida en Francia durante la Belle Epoque, aunque, según dice el investigador histórico Felipe Gálvez, en México las cantinas de los años treinta lo ofrecían con el sello de lo clandestino. Habría que ver que si en verdad era el hada verde o alguna preparación de rudeza alcohólica que engañaba los paladares nacionales.
En los días actuales el absinth cobra aficionados en la República Mexicana. Existen bares dedicados a propagar su consumo entre los jóvenes que circulan por los rumbos de Santa Fe. Está claro que el esnobismo abunda y que los muchachos, con tal de ponerse a la moda, beben el ajenjo con actitud de sediento a mitad del desierto. Los resultados son nefastos. Un momento crítico fue el de un estudiante de la Iberoamericana que quiso demostrar su “valentía”, pidió un vaso del absinth “más poderoso”. El mesero lo vio con ojos burlones, ya que el joven traía “media estocada”, andaba por las fronteras de la ebriedad. De pronto, como en la película prehistórica de Cecil B. de Mille, cuando se abre el mar Rojo, con todo y efectos de Hollywood, el pobre e inexperto muchacho se trasladó a los confines de “algo” que lo mismo podría ser la guarida de Juanito que un cuarto de hotel con Mónica Bellucci, la sensación quedó impresa en un rostro que hizo un itinerario tan inmediato como extraño: de la gloria pasaba al abismo. Cerró los ojos y lo que siguió fue deplorable. Manchó su sacó de marca y quedo en ridículo con sus amigas, quienes llevaron al borrachito hasta el automóvil porque él estaba descompuesto y sucio de pies a cabeza. El hada verde lo había desbordado. Si a los viejos bebedores de la bohemia francesa les hacía papilla el ánimo y los volcaba por rumbos misteriosos, qué será de jóvenes que están acostumbrados a otro tipo de bebidas.
Para concluir, un encuentro extraño con el ajenjo fue el de Pablo Picasso y Alfred Jarry, esto al iniciar el año 1900. El pintor y el autor de Ubu rey gustaban de observar a los borrachos, quienes primero se despabilaban ante el hada verde para luego terminar en el silencio o en la furia atroz. Largas conversaciones dieron lugar a una serie de dibujos de Picasso ante los bebedores de ajenjo; en tanto que Jarry gustaba de la embriaguez del absinth. El pintor español llegó a nombrar al ajenjo como “la botella enferma”; él amaba los delirios del tinto, sin encontrar mayor atractivo en los desarreglos de la bebida verde. Apreciaba a Jarry, pero detestaba que de sus pláticas inteligentes pasara a la actitud del ebrio babeante y necio. A Picasso le daba igual si el inventor de la “Patafísica” quedaba en calidad de observador de las estrellas fugaces, más bien se preocupaba de que Jarry acostumbrara llevar un revólver.