Milan Kundera ha regresado.” Hace unas semanas leí estas palabras en la cabeza de un artículo, y lo primero que vino a mi mente fueron las preguntas: ¿adónde? ¿A su país, donde hace poco fue el vértice de una polémica histórico-política por su supuesta participación en las delaciones de varios colegas durante la dictadura comunista? Después intenté recordar en qué había terminado aquella cuestión, pero a lo más que llegué fue a precisar algunos de los argumentos que se esgrimieron entonces, tanto a favor como en contra del novelista checo. No pude pasar de ahí, porque —eso sí lo recuerdo bien— en cuanto las pasiones políticas o éticas o morales comenzaron a tratar de interferir con las apreciaciones estéticas, perdí el interés en los hechos.
Siempre he estado seguro de que los rasgos biográficos de un escritor, ya sean edificantes o detestables, se ubican al margen de su obra y de ningún modo deben influir en las razones de por qué leemos ésta ni en cómo la leemos. Por eso, al recibir en mi buzón un correo electrónico colectivo cuyo remitente (desconocido), después de ciertos juicios condenatorios sobre Kundera, invitaba a sus corresponsales a deshacerse de sus libros y no volver a leer nunca más a “este chivato”, dejé de seguir la discusión en la prensa y en internet para mantener intactos los recuerdos que en verdad me interesa conservar: los de las emociones que a los veinte años me envolvieron al leer La broma, El libro de los amores ridículos, La despedida, La inmortalidad, La lentitud, además de otros textos nacidos en la mente del genial creador que por esos días se hallaba en entredicho. Y, como en un acto íntimo de desagravio, volví a sus novelas. No a releerlas de cabo a rabo, pero sí a hojearlas, a examinar en ellas mis subrayados de hace más de dos décadas, a alegrarme por unos momentos con los despreocupados giros de Karenin, el perro que sirve de base al narrador de La insoportable levedad del ser para explicar el mito del eterno retorno, o a revivir el estremecimiento de los ángeles en el instante mismo en que escuchan por vez primera la irreverente y gozosa carcajada del diablo en El libro de la risa y el olvido.
Fue una experiencia semejante a la de reencontrar a un amigo a quien no hemos visto en años, escuchar de nuevo el sonido de su voz y repasar juntos temas y anécdotas atemporales. Kundera posee un “timbre” único y una manera de contar que resulta entrañable. Su tono risueño —y al mismo tiempo analítico, profundo— produce la misma sensación que la de conversar con alguien cuya aguda inteligencia es tan sólo un atributo de su simpatía, y no una herramienta para deslumbrar a los demás (aunque al final de cualquier modo termine deslumbrándonos). Tras recorrer diez o veinte páginas de cualquiera de sus libros, uno comienza a sentir cómo en su cerebro los pesares y las preocupaciones se desvanecen para dejar espacio al buen humor y a una adictiva levedad que, si se continúa en la lectura, corre el riesgo de tornarse insoportable. Así es Kundera. Así son sus obras. Sólo después de regresar sus libros a los estantes reparé en que hacía tiempo no leía nada nuevo suyo, porque llevaba varios años sin entregar un volumen a la imprenta. Pero ahora “Milan Kundera ha regresado”, no a un sitio geográfico sino a nuestra lengua, gracias a Beatriz de Moura, quien en su doble faceta de traductora y editora de Tusquets ha puesto a circular Un encuentro, donde el checo reúne algunos de sus artículos escritos en los últimos años.
Si en sus novelas y relatos el conversado estilo libre de Kundera se centra en el desarrollo de una idea, una anécdota, una historia o en la construcción de un personaje, su prosa ensayística se distiende al grado de ofrecer una falsa apariencia de superficialidad que no es sino la reafirmación de esa “levedad” anunciada en su título más conocido: nada hay de superficial en los temas abordados en este libro, ni en los hallazgos que surgen párrafo tras párrafo, inagotables, como si el autor llevara toda la vida pensando sólo en ello. Textos sobre pintura, reseñas de libros, cartas, memorias puestas al día, reflexiones en torno a la música, diálogos, ensayos sobre novelas y novelistas hacen de Un encuentro un volumen misceláneo, variado, cuya cohesión descansa antes que nada en la personalísima mirada de su autor, que incluso al escribir una nota sobre cualquier novedad literaria termina plasmando en el papel una obsesión propia, en vez de tan sólo describir y valorar la obra abordada.
La pintura de Francis Bacon, por ejemplo, le trae el recuerdo de cuando tuvo “ganas de violar” a una muchacha: “Sé bien lo que digo: violarla, no hacer el amor con ella. No quería su ternura. Quería agarrarle brutalmente la cara y, al instante, tomarla a ella entera, con todas sus contradicciones tan incontrolablemente excitantes: con su vestido impecable y sus entrañas revueltas, con su razón y su miedo, con su orgullo y su desgracia”. Es la memoria de una pulsión bárbara, más allá de toda barrera moral o ética, lo que hace que el escritor se identifique con el pintor, se empareje con su esencia artística, para de ahí partir hacia el examen de sus cuadros encontrando interpretaciones novedosas. En El idiota, de Dostoyevski, el autor centra su mirada en las risas de los personajes: en la “risa sin risa” de algunos de ellos, que de inmediato nos retrae a El libro de la risa y el olvido, donde el propio Kundera describe cómo, al querer imitar la risa del diablo, a los ángeles les salta al rostro una mueca grotesca mientras dejan escapar un sonido hueco.
Es un lugar común decir que a través del análisis de las obras de otros artistas todo creador nos habla de sí mismo, de su obra y sus temas recurrentes. Kundera comenta De un castillo a otro, de Céline, para insistir en la banalidad de la muerte. Aborda una novela de Philip Roth para reflexionar sobre la evolución del erotismo en el siglo XX. Se interna en Telón de boca, de Juan Goytisolo, para recordarnos la voracidad del olvido. Se sirve de los múltiples personajes de Cien años de soledad para anunciar el fin de la era del individualismo. Dialoga con Guy Scarpetta sobre Rabelais para recordarnos que hubo un tiempo en que la literatura gozaba de una libertad sin límites. A través de un comentario sobre la música de Xenakis ilustra cómo el sentimentalismo y la brutalidad se hallan casi siempre asociados dentro del ser humano. Se trata, por supuesto, de tópicos que el autor ha desarrollado en sus textos narrativos. Sus obsesiones. Reiteraciones, tanto para él como para nosotros, que ahora se presentan iluminadas por las creaciones de otros.
Otros de los artículos hablan del exilio, situación sufrida por Kundera y tratada en casi toda su narrativa, aunque ahora la observa en la experiencia personal de escritores como Breton —en su periplo fundador de literaturas por las islas del Caribe—, Vera Linhartova, Oscar Milosz, Danilo Kis. Otros más se internan en el universo de la música de la mano de compositores como el ya mencionado Iannis Xenakis, Beethoven, Janácek o Schönberg. En todos los temas el checo se muestra cómodo, erudito, sencillo y original, pero es en sus textos sobre literatura, sobre la novela, donde su voz adquiere mayor firmeza. Esto resulta evidente en el último ensayo del volumen, “La piel: una archinovela”. En él Kundera examina con agudeza y hondura los dos libros principales de Curzio Malaparte. Al desmontar para el lector las complejas estructuras tanto de Kaputt como de La piel, no sólo invita a su relectura, sino que coloca de nuevo a Malaparte en el centro del debate literario, señalándolo como un innovador formal aún no superado.
Pocos escritores tienen el don de la conversación a través de la escritura tan desarrollado como Milán Kundera. Leerlo es parecido a escuchar una voz cálida cuyo hilo cadencioso se desenvuelve en giros humorísticos, o por lo menos irónicos, que nos llevan de la sonrisa a la sorpresa, y nos despiertan simpatía al mismo tiempo que admiración. Recorrer Un encuentro, es literalmente reencontrarnos con un hábito placentero, celebrar el retorno a las prensas de un autor que siempre ha estado con nosotros.