El malestar de la gente es palpable. Finalmente, el futbol es un elemento sustantivo de la cultura nacional. Pero ¿qué pasa? Pues, que nuestros embajadores, nuestros representantes, nuestros héroes, nuestros emisarios fallan. Fracasan, sobre todo, los delanteros, los hombres que, precisamente, tienen que consumar la hazaña: no meten goles ni con la portería vacía y el viento a favor, no marcan, no cuentan, no pintan… no pueden.
Esta impotencia parece ser, por momentos, una especie de muestra –visible y dolorosa– de un mal generalizado: parece ser que los mexicanos, señoras y señores, nos arrugamos cuando tenemos encima la presión del triunfo: “La va a fallar, la va a fallar, la va fallar…” dice una de las latosas propagandas que nos ha propinado el antiguo partido oficial representando, justamente, la escena de un joven jugador sometido al colosal apuro de anotar un penalti.
Los publicistas contratados por los politicastros del tricolor imaginaron esta circunstancia colectiva sin demasiados trabajos: suponen –luego de observar el comportamiento de la raza en general y, creo yo, de padecer como cualquiera de nosotros los miserables juegos que la Selección nos ha ofrecido recientemente– que la mentalidad nacional no es la del triunfador y que, a la hora de la verdad, al jugador le van a temblar las piernas.
Tal vez no les falta razón –sería cosa de consultar a sicólogos sociales o al sicoanalista de turno del Tri (por cierto, buena parte del éxito logrado por Chucho Ramírez con sus jóvenes se debió a un trabajo realizado en este apartado)– pero, a decir verdad, los penaltis los fallan fatalmente casi todos los jugadores del mundo y es precisamente por esto que los partidos que llegan a la instancia de los tiros de castigo son tan emocionantes.
Algo pasa, sin embargo, con un equipo que no ha funcionado ni con Hugo ni con Eriksson ni con la providencial llegada de Aguirre: ofrece actuaciones patéticas para el nivel que pretenden tener sus futbolistas.
Por cierto, somos la economía que menos crece de América Latina. ¿Tendrá algo que ver?
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