Si uno piensa que sólo el dinero vale, todo lo puede vender. Por eso brilla en la ciudad de Scampia la amistad de dos cabezas duras, dos pequeños criminales que se llaman Marco y Petrone.
En Gomorra, el director sigue las huellas del Neorrealismo y filma ésta y muchas otras historias con actores no profesionales. Garrone introduce una cámara en los barrios de la Camorra, una plaza que vende 500 mil euros de droga cada día. Gomorra es un triunfo del arte y, muy particularmente, del diseño de producción.
La Camorra en Scampia también se ha globalizado. Los nuevos gángsters italianos no trafican ya con alcohol y prostitutas. Lo de hoy son los desechos tóxicos, la maquila china, las drogas de diseño.
El director consigue aquí una interesante cruza de pieza fílmica con película de gángsters. En el trayecto recrea personajes tan profundos como los de aquella otra película de crimen posmoderno que se llamaba Ciudad de Dios.
Salvatore Abruzzese interpreta a Totò. Tiene 14 años y trabaja en el supermercado. Discretamente afeminado, se mira en el espejo y, curioso, se depila la ceja. Quiere hacerse un piercing. Mira en su barrio a los junkies que ruegan por un pase; escucha a sus amigos hablar de una guerra y, para demostrar que es hombre, se deja disparar al pecho. Luego se levanta la camisa. Mira la cicatriz que le está dejando el ingreso al mundo adulto en el pueblo de La Camorra.
Don Ciro es el viejo gángster de suéter y corbata que no entiende las nuevas reglas del baile. Es como un antiguo negociante que no sabe ya moverse en el capitalismo de la globalización.
Están también los chinos y los negros. Por aquí un sastre que viste, sin saberlo, a Scarlett Johansson, por el otro el entrepreneur francés que busca un buen lugar para lanzar desechos tóxicos. Por cierto, monsieur l’entrepreneur da una sutil lección de economía, y mirando al campo italiano explica a Roberto (quien tiene trazas biográficos del novelista Saviano): “Todo está en deuda, la verdad es que yo sólo estoy ayudando a esta gente a pagarla”.
Don Ciro sale de una casa en la que ha habido una masacre, cámara sube. Muestra en contrapicada los cadáveres ensangrentados. Uno entra en el cerebro de este hombre, en su miedo y su desconcierto.
Son estos momentos los que hacen de Gomorra una gran película: un viejo agoniza bajo la cruz y murmura enajenado: “¡euros!”
Pero la clave del filme está en el diálogo en que un grupo de matones discute la pertinencia de matar por cuenta propia. “Yo no mato sin recibir órdenes”, responde el más escrupuloso. “¿A quién voy a matar si no entiendo nada de lo que está sucediendo?”
Hay que aceptar que es difícil entender las reglas que pone el nuevo capitalismo. Y aunque nuestras decisiones estén lejos de ser tan radicales como las de Totò, vale la pena pensar lo que ha dicho Roberto Saviano: “Tal vez estemos viviendo, efectivamente, una vida tan compleja como Gomorra”.
Fernando Zamora
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