Luciano llegó por segunda vez a Atenas en el 165 d.C. y ahí se quedó 20 años. Culminaba una serie de viajes por las principales ciudades del Imperio romano (Siria, Palestina, Cnido, Rodas, las Galias, Roma…) en las que daba conferencias como rétor, oficio al que se dedicó después de que en su juventud fracasara como abogado en Antioquía.
Tenía alrededor de 40 años y estaba decepcionado de la filosofía. En ese momento la retórica griega experimentaba un nuevo repunte que Flavio Filóstrato llamó Segunda sofística. Sus representantes, ya librados del descrédito en que cayeron sus antecesores en la Atenas periclea, eran considerados conocedores de las normas retóricas, expertos en el análisis de los escritores clásicos, maestros en elocuencia que se encargaban de los últimos niveles de la paideía. Los más conspicuos (Arístides, Polemón, Favorino), algunos también filósofos, gozaban de fama, eran ricos (los exentaban de pagar impuestos), mimados por la aristocracia y auspiciados por emperadores, sobre todo por filohelenos como Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio.
Pero Luciano se apartó del ágora; encontró en la composición literaria, el ejercicio retórico, en la sátira, el mejor cauce a su talento, y en los vicios de su sociedad el motor de su escritura.
Siguiendo los preceptos de la sofística, el samosatense no utilizaba la lengua hablada de su tiempo, sino el griego de los siglos V y IV, imitaba entre otros a Platón o Demóstenes y no intentaba innovar, sino asimilar y poner en práctica los hallazgos estilísticos de los antiguos, aunque imprimiendo su sello propio. Y lo hizo de tal forma que él mismo se enorgullecía de haber encontrado un nuevo género (Al que dijo eres un Prometeo en tus discursos), resultado de la combinación de elementos de la Nueva comedia con los del diálogo filosófico al estilo de Platón.
Los mejores ejemplos de su arte son los escritos satíricos y morales de su madurez, entre los que figuran los diálogos (de los dioses, los marinos, de los muertos, de las cortesanas), los que dedica a ridiculizar a filósofos (Subasta de vidas, Hermótimo, El pescador…) y en los que critica la superstición, la ignorancia y a los vividores (Prometeo, El aficionado a la mentira, El misántropo, Contra el que compraba muchos libros).
Y es que Luciano, más escéptico que pesimista, más cercano a los cínicos que a los estoicos, tenía su campo de batalla en una Atenas cosmopolita, babel de costumbres y de cultos e ideologías, unas gestadas en Occidente (estoicismo, epicureísmo, platonismo, neopitagorismo, pirronismo, cinismo…) y otras en Asia menor (judaísmo, cristianismo, astrología, misticismo, teosofía, magia…) que eran esparcidas por el comercio y los esclavos.
A Luciano, que dentro de la vena satírica puede ubicársele en medio del severo Persio y del violento Juvenal, le bastaron setentaitantos opúsculos (hay varios de los que se duda sea el autor) para que fuera más estudiado y leído por la posteridad que todos los sofistas juntos.
Su afán por liberar al hombre de la estulticia, su humor punzante, su maestría en el manejo del lenguaje y su amor por la tradición clásica siguen siendo la mejor carta de presentación de quien nació en Samosata (Siria) en 129 y murió en Egipto en el 192 (?) de nuestra era.
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