Antaño a nadie le sorprendía tanto que un ensayista o narrador escribiera obras maestras antes de llegar a la treintena, pues la juventud no era ni un mérito ni una coartada. Larra ya era considerado un articulista genial cuando a los 28 años se voló la tapa de los sesos. Kipling apenas contaba 29 cuando publicó su sexta obra, El libro de la selva. Benito Pérez Galdós empezó la redacción de sus Episodios nacionales a los 27 y Thomas Mann La muerte en Venecia a los 29. Antes de los 30 Scott Fitzgerald ya había publicado A este lado del paraíso y El gran Gatsby, y Mario Vargas Llosa La ciudad de los perros y La casa verde. Por último, a Rubén Darío le bastó su primer libro —Azul— para revolucionar la literatura de habla hispana con la insolencia de sus 21 años. El cuerpo me pide colocar aquí el punto final, pero debo seguir adelante por si acaso: no sea que alguien confunda la precocidad con la procacidad y el talante generacional con el talento en general.
De un tiempo a esta parte la juventud se ha convertido en un valor absoluto, y así la etiqueta de “joven” ha adquirido las mismas propiedades del marbete “social”, que al adherirse a otros conceptos presuntamente los enriquece. Por eso la literatura “joven”, el cine “joven” o el arte “joven” son tan irreales como la democracia “social” o la justicia “social”. Existen la justicia, el arte, la democracia, el cine y la literatura. Lo demás es demagogia.
Sin embargo, así como la edad no es un aval de excelencia literaria, la sobresaliente trayectoria de más de un escritor contemporáneo nos invita a retroceder en el tiempo para reconocer las tempranas expresiones de su talento. Y no para exaltar lo que fueron, sino lo que son ahora mismo. Así, antes de cumplir los 30 años Muñoz Molina ya había escrito Beatus Ille y las hermosas narraciones recopiladas en El Robinson urbano y Crónicas del Nautilus. Javier Marías publicó Los dominios del lobo y Travesías del horizonte con menos de 24 años. Almudena Grandes se dio a conocer a los 29 con Las edades de Lulú, y a esa misma edad Felipe Benítez Reyes había publicado cinco poemarios y la novela Chistera de duende. En tiempos más recientes habría que citar Veinticinco años de éxitos y El que apaga la luz —publicados por Juan Bonilla cuando tenía menos de 30— y la fulgurante carrera de Juan Manuel de Prada, a quien le contemplan Coños, El silencio del patinador, Las máscaras del héroe, Armando Buscarini o el arte de pasar hambre, La tempestad y Reserva natural, todos publicados antes de haber cumplido los treinta.
Por eso no puedo dejar de reconocer el talento y conocimiento del argentino Andrés Neuman, cuya breve y brillante trayectoria literaria supone 4 novelas, 3 libros de relatos, 7 poemarios, 1 volumen de aforismos y toda una constelación de premios como el Hiperión de Poesía, un finalista del Primavera de Novela, dos finalistas del Herralde de Novela y ahora flamante Premio Alfaguara de Novela con El viajero del siglo. Su caso es especial: no parece joven.
Desconfío del escritor que presume de su edad antes que de sus libros, de sus películas y no de sus lecturas, de bandas de rock en lugar de mentores literarios y de cualquier droga dura que no sea la literatura. Qué le vamos a hacer, soy un prejuicioso que no cree en la literatura “joven” aunque sí en los libros que no envejecen. Y es que en materia literaria, el divino tesoro es más bien un divino desdoro.
Fernando Iwasaki
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