Durante las últimas semanas, la palabra “teatro” fue empleada en varias ocasiones para descalificar las campañas que debieron convencernos de ir a votar pasado mañana, 5 de julio. Estas elecciones son un “teatro”, se afirmó con ligereza: una mentira, un montaje, una fantasía, una ficción, algo inverosímil o simulado. Las elecciones son un engaño, dicen, un montaje medio increíble. Hay un montón de personajes con nombres serios pero que, en este tinglado, parecen salidos de la commedia dell’arte: Rosales, Pimienta, Aristóteles, Salinas, Galán, Gamaliel… ¿Verdad que uno se los imagina vestidos de Arlequino? Un árbitro de hábitos hortícolas planta el Árbol de la Democracia: ¿escenografía o utilería? Como en una farsa, sólo ellos se toman en serio el numerito: los espectadores se divierten o se irritan, pero saben que aquello terminará y volverán a sus vidas regulares, donde el espectáculo de antes les es completamente ajeno.
Esto no debería ser un “teatro”; mucho menos, una farsa que nos es ajena. Idealmente, el periodo de elecciones sería un momento significativo al que concurriríamos los ciudadanos, convencidos de que algunas mayorías son mejores que las minorías gandayas. En cambio, el mal llamado teatro de las campañas nos encaja el repulsivo show de bufones sin más recursos que el insulto, un salpicadero de inmundicia que llega hasta la última fila de las butacas. Y, encima, pagamos por todo eso.
En teoría, hay alternativas. El público puede llegar a impedir que un espectáculo así se repita. Demanda responsabilidad y participación seria y comprometida; comporta el gigantesco riesgo de descubrir que uno es cándido porque se cree que participará de un cambio: ¿cuán grande diferencia produce mi minúsculo votito?
La gente del teatro sabe que el espectáculo no termina cuando se corre el telón, sino que continúa cuando el espectador se va a su casa, dentro de él, y se refleja en el modo en que se comporta después con sus hijos, con sus vecinos, con sus semejantes. Así que pasado mañana apenas será otro momento del espectáculo: cada votito equivaldrá a un aplauso, un abucheo, un bostezo, un tomatazo. El cambio de verdad puede empezar después de cerrado el telón. Habrá que irse a casa pensando: ¿qué espectáculo quiero ver de ahora en adelante?
Y ponerse a trabajar, de inmediato, para que, un buen día, podamos disfrutarlo todos.
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