Unas líneas de la novela En busca de Klingsor (Jorge Volpi/2000), nos sirven para ilustrar lo que ha venido aconteciendo desde hace años con la concepción y objetivo oficial del gobierno federal, y el de Jalisco. En una visión de futuro ideal, escribió Volpi, “Si se planeaba con suficiente cuidado la formación de un niño, si se le proporcionaban las herramientas que asegurasen su desarrollo, su crecimiento físico y espiritual, y si se forjaba su carácter como si fuese, en efecto, una lámina de bronce sobre el yunque de la moral, poco a poco la sociedad podría deshacerse de los locos, los criminales y los mendigos, asegurándose una comunidad de hombres honrados, ricos, alegres y piadosos”. La realidad, la que es producto de la historia propia, rebasa y va más allá de esa concepción que surge de la inquietud y acechanza de producir un Estado manipulador, sin entender que la democracia se fundamenta en la laicidad, mientras que las ideologías únicas alimentan las dictaduras.
El proceso electoral que está por finiquitarse en nuestro estado y en el país, posee un contenido interesante por analizar. Tiene de partida una sustancia especial dado el signo que se le ha querido imprimir e imponer a la construcción de la conciencia social y la “moral”, enarbolada como símbolo y fin, desde la más alta envestidura del gobierno nacional–en Jalisco radicalizado, ahora el aborto–. Han contado para ello con la colaboración de los grupos de poder económico, entre los más conservadores los que van de la mano e intervención de la iglesia católica, que en conjunto, como grupo afín, no han acabado de advertir que una democracia en construcción como la mexicana, inmadura, país con una historia e idiosincrasia particular, en donde aún se mueven resabios coloniales, posee también una envolvente de reacciones culturalmente inéditas. Así, violencia, pobreza, desempleo, impunidad, crisis en su más amplia definición, pueden provocar que la denominada alternancia (que gane el PRI) ahora sí se convierta en una posibilidad política.
En todo esto, lo más incongruente, con todo y los expertos, es la presencia de un señor de apellido Solá, publicista español recomendación y herencia del PP y Aznar, que ha aderezado las suciedades de las campañas políticas recientes. Inexplicable el por qué un individuo con tal postura, ajeno a la cultura de este territorio, ha llevado no sólo a un partido sino también a muchos habitantes, a confundir mensaje e imagen embarrada de ofensa e injurias a nivel de verdad y destino. Eso no ha servido para nuestra democracia, la que ha venido deambulado sola, en parte huérfana de realizadas convicciones desde el poder político para su construcción. Incluimos en esto la comprensión de lo señalado por Norberto Bobbio (El futuro de la democracia/1986): “Si la democracia no ha logrado derrotar totalmente al poder oligárquico, mucho menos ha conseguido ocupar todos los espacios en los que se ejerce un poder que toma decisiones obligatorias para un completo grupo social”. Habrá que estar atentos, desde las oscuridades que no se han borrado del recuerdo del 2006, y ahora de la injerencia del IFE y el IEPC, algo que tomamos del mismo Bobbio. “El control público del poder es más necesario por cuanto estamos en una época en la que los instrumentos técnicos de los que puede disponer quien detenta el poder, para conocer con precisión todo lo que hacen los ciudadanos, ha aumentado enormemente, de hecho es prácticamente ilimitado. Es posible ahora quienes tienen responsabilidad se den cuenta que es mejor una democracia sola que con la intervención del señor Solá.
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