Del 2000 para acá, Wimbledon tiene impresa la marca de las Williams. Cinco títulos para Venus, dos para Serena; entre las dos, trece finales en diez años. Llegando a 2009, una y otra parecen murallas demasiado altas para que nadie más consiga saltarlas. Son las dueñas del pasto, al punto de que sólo imaginar otro apellido incluido en la final de 2009 parece un ejercicio de ingenuidad. Hoy, sin embargo, Elena Dementieva piensa diferente. Nada más ver venir el saque de Serena, se lanza hacia adelante con las devoluciones envenenadas que empiezan por reventarle el servicio. A dos sets de distancia de la final, Elena ha declarado la guerra a Serena. De aquí al último punto, ninguna cederá. Es el comienzo de uno de esos extensos calambres a los que luego se calificará como partido épico.
Nació Serena en Michigan diecinueve días antes de que hiciera lo propio Elena en Moscú. Comparten inclusive el signo astrológico —Libra, que a todo esto es regido por Venus— y ya mismo pelean por hacer valer sobre la cancha la que se cree su principal virtud: con-sis-ten-cia. Tras una pronta devolución del quiebre, la lucha de tú a tú entre el poder de americana y la enjundia de la rusa marcará cada punto. Más allá de dos puntos de quiebre para Serena en el octavo juego, no hay más grietas en sus servicios de ahí la muerte súbita: una pelea pareja de consistencias, hasta que un par de errores de Serena la dejan tambaleándose en 3-6. Dos jugadas más tarde y contra todo pronóstico, la Dementieva firma el primer set.
La reacción de Serena es un quiebre inmediato, pero Elena no está para dar cuartel. Cinco juegos después, le devuelve el rompimiento y se sigue de frente, hasta ganar dos nuevos break points, que de fructificar la dejarían servir por el partido. Pero además de fuerte, Serena es hoy mujer afortunada: según el ojo eléctrico, su bola ha aterrizado sólo un par de milímetros más acá de la catástrofe. De aquí para adelante, la suerte de Serena será arma recurrente. Quién habría creído que iba a necesitarla.
Perdonarle a Serena un rompimiento tiene precio, y la rusa lo paga de contado en 5-7, pero es aún temprano para decir que el agua recobra su nivel. Hasta donde esto cabe, arrecia la batalla durante el tercer set. Elena no se cansa de devolver con fuego renovado el servicio incendiario de Serena, y aun en mitad de la tormenta de ases logra ponerse arriba 3-1; pero la Williams la quiebra de vuelta, y así llegan hasta lo inusitado: match point en 5-4 para Elena Dementieva. Una vez más, no obstante, la suerte hace lo suyo: ya en la red, Serena remata una pelota que pega en la orilla de la red, pero logra pasar y aterrizar más allá del alcance de la rusa. El resto será casi todo de Serena, para un 6-7 (4), 7-5, 8-6, en dos horas y cuarenta y nueve minutos.
Luego de presenciar cómodamente la primera semifinal, Venus Williams apenas se ha tomado la molestia de estirar las piernas. Más que su sexto partido del torneo, se diría que Venus juega en primera ronda y su oponente es una desconocida. Da grima imaginarse en el lugar de Dinara Safina, número uno del ranking mundial, jugando un poco a hacerse la invisible sobre la cancha. Uno tras otro, sus servicios se quiebran frente a un poder que la rebasa entera. Algo, incluso, parece haber de hazaña cuando logra anotarse un juego, ya con cinco en contra.
“Sería un milagro si este partido llega a la hora”, adelanta John McEnroe al inicio del segundo set, no menos aburrido que los espectadores aún presentes. Ante una Venus plena de creatividad y desenfado, Dinara es punto más que una muñeca tiesa y vulnerable que por primera vez pisa la hierba. Los números lo dicen: 6-1, 6-0, a lo largo de 51 minutos.
Lo dicho. Wimbledon es de las Williams. Más todavía de Venus, pero ya la experiencia nos recuerda que Venus tiene un coco, y es su hermana menor. Por cuarta vez, van a jugarse Wimbledon a cara o cruz. Al fin y al cabo es suyo, no faltaba más.
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