No cabe duda que desde la alternancia en el poder Ejecutivo Federal en México, no hace mucho, la adicción por el poder de los políticos se ha venido acentuando a grado tal, que la embriaguez que los envuelve no los deja concentrarse en el presente.
Desde que el Partido Acción Nacional en 1989 ganó su primer gubernatura con Ernesto Ruffo Appel, los panistas empezaron a llegar al poder y a posesionarse en diversas entidades del país. Ya habían avanzado previamente en ciudades capitales y otras importantes.
El triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en el Distrito Federal, en 1997, al convertirse en el primer gobernante electo es también parte aguas en la joven historia democrática del país.
Con los aportes del panismo con Manuel Clouthier, Ruffo y todos sus gobernantes y del perredismo con Cárdenas y también la oleada de gobernadores, a veces hasta en extrañas alianzas PAN-PRD, el poder empezó a ser compartido.
Anteriormente la hegemonía del PRI y el ejercicio del poder absoluto no permitían ni hablar en voz alta a los políticos.
Bajo la advertencia del viejo régimen de que quien se moviera no salía en la foto, los priistas nada más se atrevían a externar su deseo de poder con los ojos puestos en las próximas elecciones solamente a su séquito.
La adicción ya existía, pero ahora es manifiesta.
Además, el desalojo del PRI como inquilino único de Los Pinos por un personaje bravucón y campirano, más empresario ranchero que político, hizo pensar entre los políticos de principales fuerzas políticas que sí él había llegado a la Primer Magistratura, cualquiera podía sucederlo.
En el 2000 Vicente Fox rompió paradigmas y arribó a un proyecto que se había forjado desde 1994, cuando no logró que la Constitución Mexicana se reformara para que el ser hijo de padres extranjeros no les impidiera aspirar a la Presidencia.
Por todo eso ahora, los priistas sin Presidente y los panistas y perredistas desatados, apenas empiezan a desarrollar un puesto de elección popular y su adicción ya les está pidiendo más.
Esto, en democracia es mera consecuencia, pero sano sería para su dependencia al poder, que los políticos combinaran su adicción con un ejercicio mesurado del mismo y al servicio de los intereses del pueblo.
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