Como sucede en ocasiones con los informes presidenciales, ahora fue el Informe del Banco Mundial sobre Gobernabilidad Global el que ocupó algunas primeras planas, y varias contestaciones. Algunas de éstas venían acompañadas del inevitable prisma partidista, más inevitable y por ende todavía menos objetivo en épocas electorales. Otras no traían un remitente con código postal ideológico claramente definido, pero aún se sorprendían por algunos elementos del informe. En esta ocasión ya ni los adeptos a tomar como suyos los estudios del Banco Mundial (con fe ciega de manera rutinaria), encontraron en el informe sobre gobernabilidad apoyo para justificar sus propuestas de políticas públicas. Esto último no está mal, si tan sólo para tener en mente que no todo lo que brilla es oro, aunque ciegue de igual o peor manera. Veamos.
El informe define la gobernabilidad como las tradiciones e instituciones a través de las cuales se ejerce la autoridad en un país. Ello incluye “el proceso por el cual los gobiernos son electos, controlados y reemplazados; la capacidad del gobierno para formular y aplicar eficazmente políticas acertadas y el respeto de la ciudadanía y el Estado por las instituciones que regulan las relaciones económicas y sociales entre ambos”. Todo lo cual se puede dividir en seis dimensiones para tener una mejor comprensión del todo: voz y rendición de cuentas; estabilidad política y ausencia de violencia; eficacia del gobierno; calidad del marco regulatorio; estado de derecho, y control de la corrupción. En una de ellas, en la dimensión de “voz y rendición de cuentas”, resulta que para los autores México ha mejorado en estos años. En las demás, sin embargo, reprobamos o, como tituló el diario Reforma a ocho columnas, “La gobernabilidad se desploma.- BM”.
Ante tal señalamiento, cualquiera pensaría que la forma de elaborar el estudio es cuando menos transparente. Así, por tomar un caso, en la dimensión de estabilidad política y ausencia de violencia, la que aborda la probabilidad de que un país se vea desestabilizado “por medios violentos o anticonstitucionales, incluyendo el terrorismo”, resulta que de los 200 países “evaluados”, el nuestro pasó de la mitad de la tabla hace cinco años a estar hoy en el percentil 24, o sea más de tres cuartas partes de los países teniendo mayor estabilidad política y ausencia de violencia que nosotros.
Sin negar los problemas, mucho menos el de la violencia, hay preguntas obvias. Cómo llegaron los autores a tales conclusiones; qué elementos duros tienen; cómo miden y cómo comparan, en fin. La respuesta es que “los indicadores surgen de las respuestas de varias organizaciones no gubernamentales, empresas, centros de estudio, personas interesadas, etcétera”. ¿Ah sí? ¿Cuántos? Manteniendo la confidencialidad de las respuestas individuales, ¿quiénes? ¿Cómo es que esos y no otros más o diferentes? ¿Quiénes los escogen y por qué? ¿Cómo comparan universos de respuestas en un país con otro, o en un mismo país a lo largo del tiempo? Y sigue un largo etcétera. Si, por ejemplo, en todo el proceso de difusión de encuestas de preferencias electorales recientes se exige un mínimo de divulgación de datos sobre las características técnicas de las mismas, no hay razón por la cual no debiera exigirse un mínimo de divulgación de información sobre los soportes que este tipo de informes tienen.
Pero es claro que los señores Kauffman, Kraay y Mastruzzi, los autores del informe, no parecen comulgar con las mismas cuestiones de niveles mínimos de transparencia y rendición de cuentas sobre las que versan sus trabajos. Siendo así, cuando menos éstos no debieran ser presentados bajo el sello del Banco Mundial. Claro que estos informes tienen la advertencia clásica de que “El Informe de Gobernabilidad Global no refleja la posición oficial del Banco Mundial…”, mmm, advertencia inevitable pero que siempre queda de alguna manera coja. Tal vez entonces, como accionistas del Banco Mundial, habría que evaluar la conveniencia de propugnar porque ciertos estudios no se publicaran mientras no se hicieran igualmente públicos todos los elementos de la información soporte; o que se publicaran sin el sello del Banco. Si la repercusión mediática se da por ser un estudio “proveniente” del Banco Mundial pero a su vez el estudio no refleja la posición oficial de dicha institución, ¿entonces dónde quedó la bolita? ¿En aventar la piedra pero en la práctica esconder la mano? El evangelizador es quien más debiera ceñirse a los mandamientos.
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