El mapa de la Isla abre los ojos,
se desenvuelve con calma por la casa
y ante la imposibilidad de perderse, inicia
su trayectoria por el mundo real.
Tropieza y muestra sus desiertos, su brújula
disminuida
por los vientos, su cetáceo azul descrito
por bucaneros, más tarde puesto a secar
entre dragones ideados
para guardar leyendas.
El mapa. Ser que se delinea contra las paredes
y sobre el paladar de quien no ha llorado nunca,
ni ante la vida ni ante la muerte.
El mapa de Dios y dentro de él, el mapa de la
plenitud
y el mapa del vacío.
El mapa ahogado dentro del niño ahogado
y el mapa que traza callejones
en los hospitales.
El mapa de seis cabezas, dos colas y cinco
continentes.
El de papel secante caído del cielo
y el de seda, bordado con chaquiras.
El mapa cuya misión es impregnarse de ecuadores
y el que se vuelve antártico tras el derrumbe
de una montaña de ladrillos.
El mapa de los asesinos despreciables
y el de los envidiables enamorados. O a la inversa.
El mapa con ríos de sílabas
y el que nació con un número ilimitado de
mojoneras. O a la inversa.
El mapa de la imantación más poderosa
y el que a diario debo rescatar
de los monos que pretenden robárselo.
Le petit mal?
El que se apoya en el relámpago
de la desconexión.
El que permite descender sin rumbo ni rocío
hacia la Isla de las Breves Ausencias.
El que nos provee, en cuanto lo pidamos,
de heridas en la frente, labios deformes
y un riachuelo de saliva
dominador del cuello.
Sí, quedarse balbuceante, como un idiota.
Como alguien inventado por alguien
que se opone a transitar por una Isla
donde predominan hileras de zumbidos.
Sin embargo, dentro del cerebro de ese idiota,
se produce un golpeteo de fragua.
Así ninguna idea puede desmembrarse,
ningún martillazo es capaz de endulzar tímpanos
y ninguna sombra practica reverencias
a los derrumbes monumentales.
El tiempo es sin ser medido ni registrado
y yo no soy siquiera
una pérdida de tiempo.
¿Puede alguien citar sin indolencia
mi nombre de pila?
¿Cómo enunciar una palabra que tenga
mi estatura, mi perfil de península
o mi tendencia a escupir sangre?
Mapa podría ser la palabra.
Mapa: inconfundible quitasol para extraviarse.
O escama de reptil amplificada
donde la equis nunca marca el sitio del tesoro.
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El cosmos de este libro se sitúa en una isla que de orilla a orilla el alma humana recorre cual fantasma en 62 poemas, que por momentos se presentan desoladores y en otros se aderezan con fino humor negro. Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946), luego de imaginar las cartas y versos que pudieron haber escrito Robert Schumann, Friedrich Hölderlin, Georg Trakl o Charles B. White “entrega esta fascinante colección de poemas que puede leerse como el diario secreto de Robinson Crusoe”, como se anota en la edición de La isla de las breves ausencias (Almadía, 2009).
Hernández ha sido galardonado, entre otros, con el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Xavier Villaurrutia, el Internacional de Poesía Jaime Sabines y el Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde. Entre la veintena de libros que ha publicado se encuentran: Mi vida con la perra, Moneda de tres caras y Mar de fondo.