Este mes hubo al menos dos graduaciones de estudiantes de teatro en la ciudad: seis jóvenes del Cedart y 29 de la Escuela de Artes Escénicas de la UdeG. Se trata de 35 egresados de programas académicos orientados a la formación de profesionales con capacidades para producir, gestionar, ejecutar y discutir el arte teatral. Sería ingenuo suponer que su formación está acabada, aunque ya invirtieron cuatro años en esta opción profesional. No medicina, no una ingeniería, no ciencias de la comunicación. En teatro.
Los alumnos del Cedart presentaron un montaje poco claro, algo apresurado y desigual, pero muy arriesgado, con entrega y con disposición a la experimentación —para orgullo de su conmovida maestra Alicia Yapur, que los asesoró—, basado en un trabajo de Rainer Werner Fassbinder, Sangre en el cuello del gato. Los alumnos de la UdeG, con dirección de Javier Serrano, presentaron un montaje más convencional, sobre Un pequeño día de ira de Emilio Carballido, con énfasis en gestos populares como el tiple de voz veracruzano, vestuario típico y muchos, muchos números de son en vivo que servían de cortinillas para cambiar la aparatosa escenografía: entre tanto actor, distraerse es fácil y las meteduras de pata son imposibles de disimular, pero también se ve un buen esfuerzo de grupo. Este trabajo tiene temporada en el Foro CP hasta el 5 de julio.
Más allá de las elecciones, uno advierte en los montajes el estado, en líneas muy generales, del trabajo de los teatreros recién graduados. Se notan preparación y habilidades disímiles; se ve que algunos se apoyan en el instinto; algunos recaen en clichés y otros controlan factores diversos del espectáculo. Es importante observarlo porque en la ciudad ya hay bastantes teatreros y nadie sabe si sobran o si faltan. Lo que falta es profesionalización de todos los oficios, un buen esfuerzo por sacudirse el amateurismo del teatrero-que-hace-de-todo, asomar las narices fuera de la ciudad y meterlas con crítica urgencia en libros.
A este medio llegan los recién graduados. Les falta mucho, pero tienen tiempo. Lo que uno espera es que tomen por asalto los escenarios de la ciudad: que los agiten y trastornen y escandalicen. Pero ya. Luego se les perdonarán la candidez o la estridencia: con la solemnidad y el tedio que a veces los aquejan, los escenarios de la ciudad bien agradecerían una honesta, inteligente y humilde inyección de sangre nueva.