Quien habría de ser en 1989 presidente de la entonces Checoeslovaquia, y de 1993 a 2003 de la República Checa, Vaclav Havel, era en 1978 sólo un escritor “disidente” camino a cuatro años de prisión, un hombre que había decidido dar un paso fuera de las convenciones y mentiras del socialismo real.
Ese mismo año de 1978 en que habría de ser encarcelado, luego de meses de arresto domiciliario y vigilancia estrecha, escribió uno de sus más célebres ensayos: “El poder de los que no tienen poder”, a la vez una reflexión y un manifiesto, un programa político y un programa moral. (Puede leerse en Open Letters. Selected Writings 1965-1990. Vintage, Random House, 1992)
Valiéndose de la descripción de las razones de un vendedor de verduras para tener siempre junto a su puesto un letrero que dice “Trabajadores del mundo uníos”, en el que obviamente el verdulero no cree, Havel penetra en el secreto mayor del orden socialista en la Europa central: la aceptación colectiva de las reglas del juego totalitario.
La oficinista que compra verduras al del puesto tiene un letrero parecido en su escritorio, en el que tampoco cree. Lo sostiene en su sitio para enviar a las fuerzas del orden el mismo mensaje del verdulero. “Yo obedezco y por tanto tengo derecho a que me dejen en paz”.
“Cada uno ayuda al otro a ser obediente”, dice Havel, prolonga con su pasividad la red de una servidumbre voluntaria en la que todo mundo puede ver las mentiras, la opresiva simulación y las convenciones vacías que rigen la vida pública, sin que nadie interrumpa la cadena y se ponga simplemente a gritar que el rey va desnudo.
En cuanto esto sucede, y esto es lo que hay que hacer que suceda, dice Havel, da inicio la creación de una polis paralela, que crea poco a poco una ciudadanía alternativa, donde la mentira queda en suspenso y es posible ver y decir la verdad, romper el “automatismo fundamental” del sistema.
“Si el pilar del sistema es vivir una mentira, no sorprende que la fundamental amenaza para ese sistema sea vivir con la verdad.”
El lugar de la verdad es una “esfera escondida” a las rutinas del régimen, que restituye la dignidad a sus practicantes: una dimensión moral y existencial anterior a la acción política y posterior a ella, una especie de estado de gracia que une en un solo haz la resistencia pública y la libertad de uno mismo y de los demás, pues la libertad, dice Havel, es indivisible, no es posible defender la propia sin defender la de los otros.
(Mañana: Bulgakov y el hombre nuevo)