Estas semanas he seguido de cerca un caso de abuso de autoridad en el medio cultural, en que una figura con una trayectoria ininterrumpida en prepotencia transpeninsular, empero, es justificada o, peor aún, ¡defendida con goce loco!
Hay una psicología específica que explica por qué se solapa a un funcionario opresor: el síndrome de Estocolmo.
Este síndrome consiste en la identificación emocional de la víctima con sus agresores.
Alguien te secuestra. Logras marcar a la policía. Ésta te contesta que no seas tan desconfiado, que te des un chance de conocer a tu anfitrión.
Hacer del cautiverio, enamoramiento.
Esto es lo que Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, pidió a la comunidad fronteriza después de nombrar a Virgilio Muñoz director del Centro Cultural Tijuana.
Cuando se le pidió explicaciones por tan agresiva designación, Sáizar recomendó paciencia para ver lo bueno que es don Virgilio, ya que se le pase su racha de insultos, ninguneos, despidos e intimidaciones.
Lo deje o lo quite, la recomendación conacultense es de colección.
¿Por qué el síndrome de Estocolmo es ya remedio casero? Muchos libros lo explican; uno reciente (traducido) es Psicología de la opresión de Philip Lichtenberg: “aquellas personas típicamente explotadas y sometidas son precisamente las que más apoyan a sus opresores”.
El origen del problema: la familia dictatorial, en que el abuso de autoridad va la par del amor hacia las figuras paternas. Así, cada abuso es disculpado. Tal como se perdonó a mamá o papá sus vaivenes de hostilidad-cariño. Cuando en una familia o cultura el abuso familiar es sistemático, a la ciudadanía se le exige esta misma relación con la autoridad política.
Ante los disfuncionarios opresivos, entonces, la receta universal resulta: ¡dénle una oportunidad! De veras, no es tan malo como parece. ¡Cuando quiere es un buenazo, ya verán!
Debido a que el rehén tiene miedo de que no cooperar con la figura abusiva lo desprotegerá, el amor al captor trae miedo, obediencia, impunidad, cacicazgo.
El agresor se vuelve “benefactor” de sus víctimas, creándose una apología y, al final, agradecimiento.
Nótese cómo los funcionarios mexicanos abusan de su autoridad, y sin embargo los jefazos le piden al ciudadano que no lo considere un maltrato, lo que pasa es que todavía no comprende que él, neta, es bien chido y ya que lo conoces bien-bien, ¡súper buenísima onda, eh! Así que, desde orita, dale toda tu confianza, brodi.
El premio de consolación y consigna tutelar es: ¡Tú, aguanta!
¿Cuál es en México la solución a designaciones arbitrarias, impunidades flagrantes, atropellos guantánamos y nepotismos piramidales?
¿Cómo que cuál es la solución a todo?
La solución a todo —Conaculta lo avala— ¡es el síndrome de Estocolmo!
Heriberto Yépez
www.hyepez.blogspot.com [1]
Links:
[1] http://www.hyepez.blogspot.com
[2] http://milenio.disqus.com/?url=ref