El pasado imperial prehispánico nos obliga a pensar en grande y no prestar demasiada atención a las pequeñeces. El presupuesto del Distrito Federal se va en majestuosas segundas re-edificaciones ampliadas, como si de una saga cinematográfica se tratara: segundas terminales áreas (Aeropuerto, parte II) y necesarios segundos pisos (El Periférico Reloaded) para la que antaño fuera la región más transparente.
Para lo que parece que ya no alcanza el presupuesto es para pintura que delimite los pasos por donde deben cruzan los peatones (más allá del cosmopolita Paseo de la Reforma) y, mucho menos, pedir que los semáforos den también el paso para que éstos puedan cruzar la calle sin ser avasallados por los vehículos o insultados por los nerviosos (por no decir otra cosa) conductores que no están dispuestos a ceder ni un sólo metro del asfalto, no ya en nombre de la cortesía que por más frágil merece el peatón, sino por cuestiones de mera supervivencia.
No sé cuál es el mecanismo que lleva a los conductores a olvidar, cuando se sientan al volante, que manejan máquinas como mínimo de una tonelada (mil kilogramos) que avientan de manera temeraria contra otras delicadas máquinas compuestas de calcio, carbono y agua y que no sobrepasan los 75 kilos de media. En este orden de cosas, las trocas y las peseras son depredadores superiores, y si tienes la mala suerte de respirar los gases tóxicos del arrancón de una Hummer puedes sufrir amnesia temporal, alucinaciones y pérdida de apetito sexual, entre otros.
En algunos países europeos, que es donde se dedican a hacer este tipo de estadísticas, la mortandad por accidentes de tráfico, entre la población de 25 a 45 años, supera a enfermedades como el cáncer, el sida y las enfermedades cardiovasculares juntas. Eso nos da una idea aproximada del tamaño del problema que significa que haya tantos coches en las calles de nuestras ciudades. Calles que en principio le pertenecen a los ciudadanos sin distinción de sexo, raza o religión. Pero en la Ciudad de México ser peatón significa al mismo tiempo ser practicante de un deporte extremo. No veo cómo convertir las calles de nuestras ciudades en lugares transitables por niños y ancianos, estudiantes en patines y obreros en bicicleta. Nótese que ninguna de las categorías mencionadas pagan impuestos, por lo menos no los impuestos a la gasolina o las tenencias de vehículos. ¿Vendrá de ahí el desdén institucional hacia peatones y ciclistas, por el hecho de no contribuir a las arcas con nuestros desplazamientos?
Como en el Gobierno del Distrito Federal sí han oído hablar del calentamiento global, han habilitado un menos contaminante Metrobús (decisión que celebro como usuario y peatón) y han pintado unas extrañas rutas urbanas llamadas carriles bici. Oh, los carriles bici tan publicitados por Ebrard para situar a nuestra desesperanzada Ciudad de México con estándares escandinavos en el ranking mundial y así atraer al turismo cultural del mundo. Aquí su servidor, que usa la bicicleta para su transporte diario, le agradece la iniciativa a cada uno de los miembros del Gobierno Federal, pero pintar unas franjas de color rojo con el distintivo del carril bici en unas cuantas calles no es suficiente para que los automovilistas cedan amable y conscientemente el espacio necesario para la supervivencia de los ciclistas en la jungla urbana.
Me gustaría que alguien me explicara, alguien que no tenga intereses en la industria automotriz ni que tampoco sea ningún economista que crea fundamental esa industria para el buen funcionamiento del mercado laboral, dónde se halla la Lógica en todo esto. La lógica del ahorro, la lógica de la ecología y la lógica del slogan dominguero: ciudadanos, hagan ejercicio y hoy sí les cerramos un par de arterias principales para que salgan con los niños y se sientan en una ciudad segura. En cada esquina habrá una patrulla de policía y en algunos casos las calles estarán completamente cerradas al tráfico vehicular. Porque claro, con la de cafres que hay al volante…
Pero, ¿y los días de cada día? ¿Dónde están esos policías? Los he visto comiendo tacos, hablando por celular o cobrando mordidas sin reparo a escasos metros de donde he estado a punto de ser atropellado. ¿Cuál creen que sería la respuesta de alguno de esos policías si denuncio la conducta temeraria o imprudente de un conductor? ¿Se lo imaginan? Tengo una ligera idea: “Pus póngase abusado pareja, la pinche gente está reloca, vaya por la banqueta y así se evita sustos...” Pues sí, gracias.
Uno que se dice escritor y que cree en la experiencia directa de los hechos para tener idea de la realidad, ha puesto a prueba su pellejo en aras de comprobar el grado de civilidad de la urbe que habita, deambulando preferentemente por ambas Romas, norte y sur. La calle de Durango, señorial, arbolada y hermosa, es una por donde se supone que automovilistas y ciclistas deben compartir carriles. Andaba por allí cómodamente pedaleando y moviendo las válvulas (de mi corazón) y oxigenando mi cerebro, cuando veo un coche que viene de frente sin intención alguna de abandonar el carril bici que estaba usurpando. Más bien empieza a proferirme gestos amenazadores y a tocar el cláxon hasta que, sí, me hago a un lado. Pasa el vehículo rozándome, dejándome fuera de la calzada y dejándome también una retahíla de insultos. Ése es el premio del esforzado ciclista de nuestras urbes: insultos, amenazas y la agresividad de tener que lidiar con toneladas de fierro y plástico duro para tratar de no morir atropellado.
Lo dicho, ser ciclista urbano, más allá de la propaganda idílica y la demagogia gubernamental, es ser practicante involuntario de un deporte en extremo riesgoso. Convertidos en catalizadores y objetivos de la ira de los automovilistas atrapados en permanentes atascos, ciclistas y peatones nos convertimos en las presas de su frustración, que crece de modo proporcional al cilindraje de sus autos. Campañas como bicicleta sí, contaminación no, son pueriles e infructuosas. La verdadera campaña debería estar dirigida a educar a los automovilistas para que entiendan que el asfalto es un espacio que debe ser compartido bajo unas normas elementales de convivencia: una metáfora de lo que debería estar viviendo el país y no ese simulacro de democracia permanentemente amenazada que nos queda a los temerosos ciudadanos de a pie.
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