El piso fue cubierto con pétalos de rosas blancas. Sobre él caminarán dos hacia el altar para ofrecer sus votos de amor en matrimonio. Faltan 10 minutos para las tres de la tarde del sábado 17 de enero. Se trata de dos jóvenes a punto de concluir sus carreras universitarias. Los padres de ambas estaban enterados del enlace pero no asistieron. Tres de la tarde con 30 minutos. El capellán camina impaciente de un lado para otro. El altar, la música, el vino de consagrar, el programa de mano repartido, todo está listo para dar inicio a la ceremonia con un reducido número de invitados. En el salón se escucha sólo silencio.
“Es el tráfico, ya llegarán”, intentan tranquilizar a la novia que espera de pie apretando su ramo. Para ese día eligió un vestido negro de generoso escote. Su cabello ha sido retocado con destellos dorados. El maquillaje luce perfecto sobre su cutis lozano. Se le ve feliz al lado de un primo de apariencia adolescente petrificado por los nervios. “¿Eres tú quien se casa?”. Los ojos de ella se iluminan al responder “Sí”, con inequívoca sonrisa de novia…
Su pareja llega. Viste de manera sobria, con camisa y pantalón negros, cabello engomado y un largo collar dorado al cuello. “¿Tendrán hijos algún día?”, le pregunto. “Bueno, no lo sé. No lo habíamos pensado”, dice la novia del vestido, un poco sorprendida de haber pasado por alto tal posibilidad.
El representante papal, cardenal Tarcisio Bertone, en su reciente visita a México con motivo de VI Encuentro Mundial de las Familias expresó que “las uniones de personas del mismo sexo podrían considerarse una relación afectiva, pero no una familia”. A lo cual, la novia del vestido responde convencida: “Como sea, con hijos o sin hijos, ella será desde hoy mi familia”.
Han decidido no esperar a más personas. Se inicia la ceremonia. Las dos mujeres caminan firmes hacia el altar, atravesando su alfombra de rosas blancas. Más que el amor, de por sí evidente, en ellas se aprecia mucha valentía. No hace falta decir nada fuera de contexto, no hace falta explicar a nadie la fuerza que se requiere para llevar a cabo una acción así. El valor se les nota a leguas, a través de sus manos, su mirada, sus gestos, su voz. Su sola presencia lo anuncia sin arrogante intención.
El capellán explica el contenido del programa de mano, anuncia un minuto de oración silenciosa y en seguida comienza leyendo la letanía antífona de Reinhold Neibuhr, reconocido intelectual cristiano de Estados Unidos, ordenado ministro evangélico en 1913:
“Nada valioso puede lograrse en el plazo de una vida; nada verdadero, bello o bueno adquiere completo sentido en cualquier entorno inmediato de la historia; nada que hagamos, no importa cuán virtuoso, puede lograrse en solitario; ningún acto virtuoso es igualmente virtuoso desde el punto de vista de nuestro amigo o enemigo, como desde el nuestro”.
La ceremonia prosigue con el encendido del cáliz, la presentación de la pareja y el primer recordatorio por parte del capellán: “El amor es uno, en sus diversas formas”. Luego ellas, decididas al último momento a ocultar su identidad, afirman sus intenciones de enlace en conmovida lectura. La comunidad reunida no puede ocultar la emoción y también protesta brindar el apoyo necesario a esta alianza matrimonial, proteger sus personas, sus propiedades y salvaguardar su honor. En voz tan alta como pueden, los invitados prometen con mirada llorosa ser respetuosos testigos de la alianza entre dos mujeres, guiarlas respetuosamente, sostenerlas fraternalmente, apoyarlas en su vida en común, bendecirlas. Luego de este acto se entregan a un momento de meditación. Mente y corazón se unifican en un mismo propósito.
La ceremonia de las velas significa para todos especial reflexión. Tres velas simbolizan el espíritu de la pareja y una más representa su andar en la vida. Una vela alumbrará a la otra si su flama se extingue. Pero si ambas pierden su luz, podrán echar mano de la luz divina de la vida, de la experiencia acumulada, del tiempo en compañía y del amor por voluntad cultivado. Jamás habrán de perderse en una sola carne, jamás habrán de fundirse en una sola mente, jamás habrán de representar una misma idea y olvidarse de la esencia de su propia individualidad, porque son dos y no una sola carne. He ahí la gracia del universo en sus infinitas manifestaciones.
Por una costumbre cristiana antigua, el anillo de bodas se coloca en el dedo anular de la mano izquierda. Se cree que una vena de ese dedo conecta al corazón. “El amor que se da libremente no tiene principio ni final”, menciona el capellán al bendecir los anillos. Cada una hace el intercambio de “muestras”, los padrinos les colocan el lazo de unión, el capellán las declara oficialmente unidas y concluye la ceremonia diciendo: “Dios eterno, creador y preservador de toda la vida, autor de salvación y dador de toda la gracia. Ve por el mundo que has hecho y, especialmente, ve por estas mujeres a quienes has reunido en sacratísima Santa Unión. Concédeles la sabiduría y la devoción para ordenar su vida en común… Haz de su vida juntas un signo de amor hacia este imperfecto y sangrante mundo, que la unidad pueda sobrepasar la separación, que el perdón cure la culpa y la dicha conquiste la desesperación. Concede que todas la parejas que han presenciado esta celebración puedan encontrar fortalecidas sus vidas y confirmadas sus lealtades. Que así sea…”.
El deseo de unirse en matrimonio llegó después de cuatro años de noviazgo. Las dos anhelaban afirmar el amor en sus vidas y, tras descubrir un anuncio en una revista, contactaron a Francisco Javier Lagunes Gaitán, capellán laico de la Libre Congregación Unitaria de México, una de las contadas organizaciones religiosas en la Ciudad de México abiertas a la diversidad sexual.
Días previos a la ceremonia, las novias asistieron a una entrevista con Lagunes para compartirle sus planes de vida. Él las orientó y juntas diseñaron el programa de su boda, redactaron las palabras de planteamiento, la afirmación de intenciones y el intercambio solemne de votos; de acuerdo con las necesidades y gustos de cada pareja, así es como se organizan las bodas entre las congregaciones unitarias.
Sólo quedaba realizar los trámites legales bajo el régimen de sociedad de convivencia y decidir cómo será la decoración de su nueva casa. Pero eso quedó pendiente hasta el regreso de la luna de miel.
A lo largo de la liturgia no se escuchó al capellán mencionar la tradicional frase: “Hasta que la muerte los separe”, sino pedir la paz para poder vivir “juntas en el amor, sin pena ni temor, sin ofensa ni escándalo, por todos los días de su vida”. Al concluir la ceremonia, Lagunes dijo que esto respondía a la necesidad de mantenerse congruente con la mentalidad de los tiempos modernos. Asimismo, explicó que el proceso de asimilación para los familiares de una pareja de homosexuales o lesbianas es de aproximadamente tres años.
Posición de la Iglesia
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones… I Corintios, 6:9.
Como otros pecados capitales, para la mayoría de las Iglesias cristianas la homosexualidad es una “aberración”. “Es actuar contra natura”, exclama el pastor Manuel Martínez, estrujando el puño de una de sus manos. Este líder de una iglesia de Victory Outreach y director de una casa de rehabilitación para drogadictos, ladrones y prostitutas en Cuernavaca, eleva sus manos y desde el púlpito vocifera: “La impureza sexual, como el alcoholismo o la drogadicción, son demonios que la gente trae. Y eso se da porque uno les abre puertas”.
Una visión menos radical de la diversidad sexual es mostrada a través de las congregaciones evangélicas de Estados Unidos. En su ensayo Homosexuality and the Bible, el ministro Harold E. Babcock dice lo siguiente: “Hace algunos años, cuando el tema de la homosexualidad apenas comenzaba a debatirse abiertamente dentro de los círculos religiosos, la Asociación de Universalistas Unitarios imprimió un panfleto con el título Lo que Jesús dijo acerca de la homosexualidad. Al abrirlo, el panfleto se mostraba en blanco… En efecto, Jesucristo no dijo absolutamente nada sobre homosexualidad”. Este ensayo, fechado el 1 de febrero de 2004, es acompañado por un epígrafe del reverendo Thomas D. Wintle, señalando la postura de Jesucristo: “Lo que queda claro, a través de los Evangelios, es que Jesús daba la bienvenida a todos aquellos que la sociedad consideraba excluidos”.
El reverendo Hoyt
En octubre de 1998, la Iglesia Unitaria Universalista de Estados Unidos ordenó como ministro a Ricky Hoyt, un hombre “abiertamente gay”. Hoyt mismo relata cómo transcurrieron las cosas el día de su nombramiento. “Por la tarde hubo una celebración en la que participaron ministros visitantes y líderes laicos de una amplia gama de creencias dentro de nuestra fe. Nadie se opuso ni hubo expresiones de desacuerdo. Nadie escribió cartas condenatorias contra la Iglesia ni contra mí. Nadie formó turbas con carteles de protesta fuera de la iglesia. Ser abiertamente gay, pero al mismo tiempo un ministro nada controvertido de una congregación que no es gay, resulta extremadamente inusual”.
De acuerdo con Hoyt, la Iglesia presbiteriana decretó en 1993 que las personas homosexuales asumidas positivamente no debían ser ordenadas como ministros de la Palabra y del Sacramento; como “elders” (directivos laicos) o diáconos. En una declaración añadida en 1997 a su Constitución, se exige a los funcionarios eclesiales “vivir en fidelidad dentro de la alianza matrimonial, entre un hombre y una mujer, o en la castidad de la soltería”. En otras palabras, señala Hoyt, se prohíbe a homosexuales y lesbianas casarse y son condenados por tener sexo fuera del matrimonio.
La Iglesia metodista proclama que la homosexualidad es incompatible con la enseñanza cristiana y prohíbe a sus ministros casar a parejas del mismo sexo. La Iglesia luterana es básicamente igual. La Iglesia bautista censura las ideologías inmorales como la homosexualidad, la infidelidad y el adulterio por ser bíblicamente aborrecibles para Dios y su plan para el mundo. “La verdad, dice Hoyt, es que ninguna denominación protestante histórica, ninguna secta judía, ortodoxa, conservadora o reformada, ninguna Iglesia católica, romana u oriental apoya inequívocamente la ordenación de clérigos gay o lesbianas y la bendición ritual de parejas del mismo sexo”.
Aunque los tiempos, cuando menos entre los evangélicos, parecen estar cambiando; en Estados Unidos el obispo de la Iglesia Episcopal Gene Robinson, primer religioso abiertamente homosexual y en pareja de la Comunión Anglicana, estuvo entre los oradores estelares de la toma de posesión del hoy presidente Obama. En tanto, la mayoría de las Iglesias en México sigue representando a los sectores sociales más conservadores.
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