Luego de casi cuatro décadas, mujeres guerrilleras exigieron al gobierno federal la reparación del daño cometido contra los miembros de su propias familias que aún sufre la desaparición forzadas de sus padres, hijos y hermanos, y que fueron violadas o sujetas de tal agresión por parte del cuerpo policiaco que reprimió una lucha revolucionaria contra la injusticia y la desigualdad en México.
Guillermina Cabañas, sobrina del líder magisterial Lucio Cabañas, señaló que las mujeres de su familia quedaron muy afectadas por la desaparición forzada de sus hijos y maridos. Tengo una prima que se llama Inés Cabañas Solís, tiene más de 80 años y siempre que nos ve llora y nos pregunta qué sabemos de sus hijos, ella llora porque no quiere morir antes de saber donde están sus hijos y su esposo, dijo.
Durante el anuncio del primer Encuentro Estatal de Mujeres y la Lucha por los Derechos Humanos, que se celebrará en Atoyac de Álvarez, Guerrero, el próximo 6 diciembre, Guillermina refirió que a muchos de los integrantes de la familia Cabañas no le quedó de otra que tomar el camino de las armas porque la policía y los soldados eliminaban a cualquiera que llevara ese apellido.
Ser Cabañas era un delito. Yo veía que se llevaban a los primos y a los sobrinos, que se metían a las casas, preguntaban su nombre y si se apellidaban Cabañas entonces los levantaban, se los llevaban en el helicóptero y nosotros nos limitábamos a gritar y los soldados nos quitaban dándonos culetazos.
Yo dije: de que me agarren aquí sentadita con las manos cruzadas, mejor que les cueste que me agarren y peleando, la verdad no me arrepiento de haber tomado las armas, precisó Guillermina tras exigir que a las mujeres de su familia se les apoye, ya que algunas sufren de problema psicológicos a causa de la pérdida de sus familiares y otras están sumidas en la más terrible pobreza porque nadie les dio trabajo ni tampoco se les permitió prosperar.
Las mujeres de su familia, como sucedió como muchas que habitaban en la sierra donde venia Lucio, fueron violadas delante de sus esposos, hijos y padres, torturadas para que los hombres hablaran, golpeadas y sometidas. Fuimos víctimas invisibles, incluso dentro de la misma guerrilla casi nunca se trataban nuestras problemáticas, fuimos invisibles para todos, recordó.
Ayer un grupo de mujeres guerrilleras, de investigadoras y de funcionarias ligadas a instituciones de las mujeres propusieron la aplicación de un modelo de atención a las víctimas de la guerra sucia basado en el otorgamiento de apoyos que vayan desde el alimenticio hasta la atención hospitalaria y educativa, el otorgamiento de créditos y de ciertos beneficios sociales.
En esta reunión estuvieron mujeres guerrilleras que sirvieron de correo, que pasaron armas y las usaron, que participaron en secuestros de empresarios y atracos a bancos como parte de un proyecto por cambiar al país, como sucedió con Luz María Aguilar, antes Ana, integrante de los Guajiros en la década de los 70.