Pista uno Minutos antes de que asumiera el poder, en sustitución de Lázaro Cárdenas Batel, el nuevo gobernador de Michoacán, Leonel Godoy, bajaba lentamente por uno de los pasillos centrales del Teatro Morelos de esta ciudad.
Detrás de él, Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación que acudía a la toma de protesta al perredista en representación de Felipe Calderón, empezaba su recorrido escaleras abajo.
Detrás de ambos venía Cárdenas, el mandatario saliente. A la mitad de su descenso, el joven funcionario panista escuchó unos gritos provenientes de las butacas ubicadas a su derecha:
¡No sea desvergonzado, renuncie! ¡Usted es español y viola la Constitución! ¡Renuncie!, le espetaba, parado frente a su asiento, ubicado a unos seis metros de distancia del pasillo Gerardo Fernández Noroña, vocero del PRD, quien insistía segundos después: ¡Usted es hijo de españoles, renuncie, no sea desvergonzado!
Juan Camilo Mouriño palideció durante unos instantes (era su primera prueba de fuego en tierra hostil), se repuso y prosiguió su andar mientras buena parte del auditorio abucheaba y callaba al lopezobradorista mayor: ¡Ssshhh!, lo chitaban. ¡Fuera!, lo reconvenían. Fernández Noroña, quien había resultado invisible hasta su número, casi al final de la ceremonia sacó una bandera española que desplegó en lo alto.
Intercepté al secretario de Gobernación en un estacionamiento techado adyacente al Teatro Morelos (habilitado como sede alterna del Congreso del estado):
Señor secretario, ¿usted sí escuchó y vio a Fernández Noroña? le pregunté a Mouriño, parafraseando aquella frase del ex presidente Carlos Salinas de Gortari cuando los perredistas lo interpelaban: Ni los veo ni los oigo, declaró a la sazón el priísta.
Sí, sí lo vi y escuché respondió con semblante serio.
¿No le molestó lo que dijo y lo que hizo?
No, en absoluto... Para nada empezó a sonreír.
¿Son gajes de su nuevo oficio?
Sí, así es sonrió ya ampliamente, y se escabulló a su camioneta.
El circo político del poder amarillo. Pista uno: interpelada legítima del prestidigitador.
Lázaro Cárdenas Batel tardó hora y media en abandonar la sede momentánea del Congreso michoacano. Lo abrazaban, lo besaban, le aplaudían, lo retrataban, todavía le pedían ayuda. Lo despedían.
¿Está usted consciente que ya es precandidato presidencial para 2012?
No aspiro a ningún puesto de elección popular ahorita respondió sin perder su eterna sonrisa.
No me diga que usted también se va a dar por muerto insistí, aludiendo a Andrés Manuel López Obrador, que durante cinco años dijo lo mismo y al final fue candidato presidencial.
Cárdenas Batel rió sonoramente y bromeó: No, yo quiero vivir muchos años más. Luego, más serio, apuntó: Políticamente tampoco (me doy por muerto), pero en este momento no aspiro a un puesto de elección; luego, ya veremos.
Antes de despedirse, el ex gobernador desmintió que Calderón le haya ofrecido la dirección de Pemex, y afirmó que, si se la ofreciera, no la aceptaría: Mi papel político no es estar ahí, en el gabinete del gobierno federal (panista).
El circo político del poder amarillo. Pista dos: el equilibrista.
Porfirio Muñoz Ledo está de excelente humor. Humor agudo. Soy la lengua vespertina (en vez de viperina) del país, se ufana en su sillón de segunda fila, justo detrás de Marcelo Ebrard, quien tiene a su derecha a la gobernadora de Zacatecas, Amalia García, y ésta a Zeferino Torreblanca, de Guerrero. Todos escuchan a Muñoz Ledo, ya en escena: Mouriño es el Príncipe de Asturias, me dice. Carcajadas. El líder nacional del Frente Amplio Progresista se refería a que el secretario de Gobernación es el sucesor de la Corona mexicana.
En tres meses opacó a su jefe: es el Putincito de México. Carcajadas. Evocaba al durísimo presidente ruso Vladimir Putin. Estoy aquí para evitar la felipización de otros, espolea. Carcajadas, salvo de Amalia García, quien recientemente viajó a Estados Unidos con el Presidente.
El circo político del poder amarillo. Pista tres: el clown vespertino (o viperino).
Durante los minutos previos al acto, más que un aplausómetro (que sí lo hubo, sobre todo con la gente congregada afuera del recinto), lo que se dio fue una dura competencia por las cámaras y micrófonos entre varios presidenciables.
Cuauhtémoc Cárdenas, Enrique Peña Nieto (gobernador priísta del Estado de México), Amalia y Ebrard (quien momentos después se vería acorralado cuando Mouriño se acercó a saludarlo: le tendría que dar un apretón de manos; un apretón forzado, espurio, pero apretón al fin). Todos declaraban de todo: Pemex, inseguridad, política exterior Ebrard, Peña Nieto y Cuauhtémoc empataron en la contienda.
El circo político del poder amarillo (y tricolor). Pista cuatro: los contorsionistas.
Lejos de las primeras filas, ubicados hasta la línea L, luchaban por abrazos, palmaditas en los hombros, promesas de sufragios, juramentos de votos. Alejandro Encinas y Jesús Ortega pescaban adhesiones a su causa en disputa: la dirigencia nacional del PRD.
¿No va a romper con el partido uno de ustedes si gana el otro? me acerqué a espolearlos.
Yo no, él , levantó los hombros dubitativamente Ortega, señalando con la mirada a Encinas, quien hizo como que le hablaba la Virgen.
Al final de la ceremonia, nueva azuzada: ¿No se liaron a pataditas bajo los asientos?, cuestioné a Ortega. No, no, para nada. Bastaba el sequísimo apretón de manos que se dieron.
Pista cinco: los gladiadores.
El circo político del poder amarillo, a varias pistas