Un día, por comentar cualquier cosa con una directora de primaria, pregunté: ¿cuál es la cosa más difícil de tu profesión? Sin pensar mucho, respondió: enseñar a los niños a no ser crueles.
La crueldad es una cosa merdosa y desconcertante. Como es claro en Amir, protagonista de Cometas en el cielo (o papalotes, palabra todavía más bonita), la crueldad es como una marea que quién sabe cómo nos arroja hacia cosas que después, a lo largo de la vida, vamos cargando. Crecemos y nos preguntamos ¿por qué hice eso? ¿Cómo fui capaz? La penosa respuesta es que la crueldad ya estaba ahí, antes de que hubiésemos aprendido que la única forma de enfrentar lo peor de nosotros mismos es ser capaces del sacrificio. The kite runner es una historia construida con base en ritos de transición. Hay muchos, pero el más interesante es este: Amir, para ser hombre, ha de aprender que la compasión por los débiles es el sentimiento más fuerte del ser humano. Después, claro, están todos los elementos del best-seller: la historia de amistad y la historia de amor; la huída, un volver a casa y la deuda de honor; dos o tres persecuciones y el simbolismo de los papalotes: infancia de dos niños musulmanes a punto de verse arrastrados al régimen talibán. Hay secretos telenoveleros y un final de dulce sabor a Hollywood.
Resulta interesante pensar que la semana pasada, en la entrega de los Globos de Oro, participaron dos películas con protagonistas infantiles en regímenes musulmanes totalitarios: Persépolis (historia de una niña durante la caída del régimen del sha de Irán) y ésta, Cometas en el cielo, historia de dos niños muy amigos, entre los que se interpone de pronto un malo con alma talibán. Hay quien ha escrito por ahí que The kite runner está llena de ideología porque parece apoyar la invasión estadunidense en Afganistán. Un poco en Persépolis hay esta misma concepción: todos éramos felices antes de que aparecieran los fundamentalistas religiosos. No sé si es ideología. 1900 de Bertolucci habla un poco de lo mismo (aunque The kite runner está lejos de la brillantez de 1900): la amistad de dos niños se vuelve imposible cuando el totalitarismo arranca de tajo la posibilidad de amar y ser amado. Más allá del mensaje político yo me centraría (en el caso de The kite runner) en una imagen que, por cierto, ilustra muy bien la portada del libro original: un niño mira algo que nosotros no. Como pensaban los poetas del romanticismo francés, mirar la peste atrae sobre mí la peste. Mirar la crueldad vuelve a Amir cómplice de la crueldad. Esta idea vale todo el libro y toda la película: hay en el mirar ciertas cosas, una transición que nos conduce a países lejanos a nosotros mismos. Algo parecido sucede en el poema Papel revolución de Víctor Manuel Mendiola. Y sí, es cierto que después la película se vuelve un poco facilona, pero no tengo nada en contra de los guionistas que se complacen en la felicidad de sus personajes.
Cometas en el cielo (The kite runner). Dirección: Marc Foster. Guión: David Benioff, basado en la novela de Khaled Hosseini. Música: Alberto Iglesias. Fotografía: Roberto Schaefer. Con: Wali Razaqi, Saïd Taghmaoui, Shaun Toub y Nasser Memarzia. Estados Unidos, 2007.
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