La escuela pública Francisco Villa está muy lejos, a cinco horas de Tapachula. Está ubicada en este pueblito, San Juan Panamá, a mil 700 metros sobre el nivel del mar, en el municipio de Escuintla, en la punta de una montaña perteneciente a la frondosísima y lluviosa Sierra Madre de Chiapas.
Para llegar a la pequeña comunidad, que tiene 322 habitantes, hay que pagarles a los oriundos de los pueblos que viven en las faldas de la serranía a fin de que, en sus camionetas con tracción en las cuatro ruedas, conduzcan a los visitantes a lo largo de dos horas de mínimas brechas, veredas obstruidas por numerosos derrumbes al lado de desfiladeros que concluyen en riachuelos que corren a kilómetros de profundidad, en el fondo de hondas cañadas.
Ya aquí, en la primaria Francisco Villa, hay 38 alumnos que gritan y gritan de emoción ante la lente de Javier García. Tienen motivos de sobra para estar eufóricos: fueron ellos quienes ocuparon el primer lugar nacional en la prueba de conocimientos académicos ENLACE que aplicó la SEP. Fueron ellos, niños de un pueblo con un grado de marginación alto (Consejo Nacional de Población), los mejores entre 8.5 millones de estudiantes de tercero, cuarto, quinto y sexto de primaria que contestaron exámenes de español y matemáticas. Fueron ellos quienes, en sus bancas dobles de madera vieja y en sus dos humildes salones llenos de goteras, vencieron a más de 88 mil primarias de todo el país, incluidas las más caras y prestigiadas de México.
Son ellos, los niños de San Juan Panamá, los niños de la Sierra, los niños de la primaria pública Francisco Villa, quienes, a decir de uno de los padres de familia, a pesar de su precaria alimentación y su nulo material didáctico, hicieron un milagro. Un milagro educativo en medio de su cotidianeidad: el rezago social
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Entro a uno de los dos salones de la primaria, me siento en una de las bancas y literalmente me rodean y envuelven lo niños. Les pregunto que qué quieren por haber sido los mejores del país. Barullo total. Se enciman las voces, brillan las miradas infantiles en los rostros morenos de los niños serranos, resuenan las risas y brotan las peticiones, muchas peticiones:
¡Computadoras! dice uno.
¡Sí, computadoras, pero para todos! precisa otro.
¡Una para cada uno! exige con justeza un tercero. Los niños de la escuela Francisco Villa quieren 38 computadoras. No es mucho pedir para los alumnos mejor calificados en todo el país.
¡Una carretera bien hecha! demanda alguien, consciente de que en San Juan Panamá hay de forma permanente una trascabo: por las noches lluviosas se derrumban las laderas, por las mañanas la enorme maquina, llevada al lugar en el 2005 luego de los destrozos que ocasionó el huracán Stan, remueve los deslaves que bloquean los caminos.
¡Becas para todos!
¡Un gato! suelta un pequeñito chimuelo de siete años y que cursa segundo de primaria, José Domingo. Todos se carcajean. Y le siguen:
¡Que mejoren la escuela y los baños (dos escusados y dos piletas)!
¡Una cancha para muchos deportes (sólo tienen una canchita de básquetbol)!
¡Juegos! grita alguien más.
¿Cómo que juegos? pregunto.
¡Un columpio! me alecciona una niña con mirada de: Oooh, qué tontito: juegos=columpio.
¡Un sube y baja!
¡Un pasamanos!
¡Una alberca! se atreve otro. Vuelven las risas. Uno de los padres de familia, que observa la escena, aprovecha y agrega con pragmatismo producto de las necesidades: ¡Sí, alberca, para poner un criadero de peces!
¡Internet! retoma una aguda voz femenina.
¡Uniformes! (no tienen: van a la escuela como están hoy: con huaraches, con chanclas de plástico, con tenis viejos, con botines gastados, con camisetas percudidas, con pantalones deslavados, con vestiditos usadísimos).
¡Mochilas para la espalda!
¡Tenis!
Y una voz más sella las peticiones:
¡Que cumplan!
¡Sí, que cumplan! corean.
Que los gobiernos cumplan, no lo que piden, sino lo que se merecen los niños de San Juan Panamá. Los niños de la escuela Francisco Villa. Los niños ganadores de la prueba ENLACE, a pesar de que en su comunidad, de acuerdo con dos helados números de INEGI, la pobreza da clases en forma de cifras: Viviendas sin ningún bien, casi cuatro de cada diez (39%); ingresos promedio por hogar (en el municipio), 60 pesos al día, 5.5 dólares diarios.
¿Estuvo difícil el examen? le pregunto al torbellino de chamacos.
Un poco responde alguien.
Algunas preguntas secunda otro.
Español estaba regalado dice un tercero.
Matemáticas estaba más difícil por los problemas agrega un cuarto.
Los cuestiono:
¿Y cómo le hicieron para ganar?
Estudiando corean la obviedad.
Alguien juega una fina esgrima y corona con sutil sarcasmo:
Con un lápiz en la mano
Así son los niños de la Sierra Madre de Chiapas, del Soconusco, del municipio de Escuintla, del pueblo de San Juan Panamá, de la primaria pública Francisco Villa. Y ahí se quedan ya, entre las nubes que esfuman su poblado, entre la neblina que desvanece sus casitas humildes. En su aislamiento diario. Ahí se queda Karen, que quiere estudiar medicina; Jennifer, que desea ser licenciada en Derechos Humanos; Jonathan, maestro; Ángela, abogado. Ahí se quedan, hasta la punta de la sierra, Esther, Dariana, Ada, Jair, Henry, Marioli, Elba, Kristel, Martha, Rafael, Mirna, Maricruz, Dulce, Deisy, Guadalupe, Marina, Luz
¿Van a ganar el año que viene? les pregunto antes de despedirnos.
Tal vez dice una niñita rodeada de sus compañeros.
Todos sonríen con miradas decididas. Así son los niños ganadores de la prueba ENLACE