La calma está en Manacor
2012-01-27•Tenis
Mucho tiene que haber de solemne y dramático en una memorable rivalidad cuando ésta alcanza ya veintisiete episodios y no parece del todo resuelta. Cierto que ahí están los números, según los cuales Rafael Nadal llega a su nueva cita frente a Roger Federer con 17 partidos ganados y solamente 9 perdidos, si bien la cancha de la Rod Laver Arena no refleja fielmente esa distancia.
Lo raro, en todo caso, es que el suizo y el español tengan que verse las caras apenas en el sexto partido de un Grand Slam, de modo que al final del encontronazo no aguardará la gloria del trofeo, sino apenas la certidumbre de tener en las manos el boleto para otro duelo épico. Son las semifinales en Melbourne: si a Federer le pesa enfrentar al fantasma ganón del manacorí, hay que ver hasta dónde ha crecido el espectro de Djokovic de un año para acá. Pero el serbio, por hoy, puede esperar. Es la hora del duelo de duelos, con gloria o sin ella.
Nadie que mire al suizo impertérrito arrasar con los primeros puntos de la semifinal debería dudar que sus 30 años son más que suficientes para pasar por encima de los 25 de su coco balear. Con el servicio en llamas y una abracadabrante precisión en sus tiros, Federer va adelante con su plan de juego tras haber roto el primer saque de Nadal. Es decir que a partir de este momento deberá soportar la presión de un contrario cuya agresividad se alimenta justo de esta clase de golpes bajos. No es raro, pues, que la fiera española aceche y contraataque hasta devolver el quiebre y equilibrar el set. Para los distraídos, hemos entrado al territorio épico. Si Roger se empecina en seguir atacando la derecha de Rafa, podría terminar con humo en la culata.
Con todo, el suizo sigue dominando. Tras dejar ir un par de sets points en la muerte súbita, Federer cierra a tiempo la primera manga y arriba a la segunda reventándole el saque al de Manacor, cuya virtud no obstante, en estos casos, consiste en resistir el temporal en la certeza de que no va a durar por siempre. Si Federer despliega toda su artillería, Nadal resiste atrás, buscando un contraataque ligeramente menos espectacular, que sacrifica un pelo de agresividad por alcanzar algo más de eficacia.
Nadie como Nadal domina el arte de robarle la paciencia a Federer. Tras resistir de pie sus embestidas más inspiradas, pronto el balear recobra aliento y puntería, tras lo cual ya se enfrenta a un suizo súbitamente errático y desesperado, cuyo servicio sufre una, dos roturas, antes de que se imponga la fatídica pausa por la fiesta nacional australiana: diez minutos de fuegos artificiales, con la pizarra de la segunda manga quieta en un 5-2 a favor de Nadal. Nada que le haga bien al de Basilea, que ha regresado de los vestidores con el foco perdido y una premura nada productiva que redunda en un nuevo quiebre de servicio, y en total once puntos al hilo para el manacorí.
¿Dónde está el Roger Federer que llegó al primer set tumbando caña? Digamos que va y viene. Rompe el saque de Rafa en el tercer set, pero inmediatamente deja ir el suyo. Su servicio ha caído sensiblemente, no parece que asumiendo más riesgos vaya a contrarrestar esa pérdida. Lo que viene, de hecho, es una cuenta más y más abultada de pecados gratuitos, salpimentados con grandes jugadas que alcanzan para hacer transitar el partido por los niveles sobrenaturales que uno espera de esta clase de duelo, mas no para cambiar gran cosa los cartones. Quizá el mejor ejemplo de este despropósito sea la muerte súbita de la tercera manga: Roger salva un total de cinco set points, pero cayó en un bache tan profundo que Rafa se lo lleva de cualquier manera.
Cierto es que el suizo jamás baja la guardia, pero le haría bien concentrarse otro poco y pulirse a la hora de escoger los tiros. Por su parte, el balear se hace fuerte en los momentos críticos. Nadie como él para afinar el foco en los puntos decisivos: ha ganado confianza suficiente para ir administrando el cuarto set y eventualmente salir al ataque resuelto a no cejar en los momentos más comprometidos. Con 63 errores no forzados, mal podría decirse que el Expreso de Basilea transitara a su aire por la semifinal de Australia 2012, pero hay que ser ingenuo para darlo por muerto: los números reflejan sólo a medias la batalla ocurrida sobre la cancha. 24 horas antes, Novak Djokovic había anunciado que asistiría al Federer-Nadal en la comodidad de su cuarto de hotel: nada extraño sería que ver caer al suizo frente al cañón de su cliente español le quitara al primero del mundo un enorme pendiente de encima. Pues hasta el día de hoy nadie que no se llame Rafael Nadal puede jactarse de arrebatar la calma al tenista más grande de la historia.








