El ceño de Beltrones

La historia en breve

Ciro Gómez Leyva

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  • 2010-09-03•Al Frente

Manlio Fabio Beltrones es un virtuoso de la simbología política. Nadie como él en México. Cada gesto suyo es una pequeña pieza de oratoria. Y los de ayer en el patio de Palacio Nacional fueron ceños inequívocos: tenía que ser cortés, pero no amigable, porque él (y supongo que los suyos) no está para galanuras con el Presidente de la República. Y menos con la corte presidencial, a la que ayer miraba desde más arriba que nunca.

Su semblante adusto quería dejar en claro que el PRI de finales de 2010 es un vino tan premiado que no se mezclará con uvas llenas de falencias, porque el blend con el calderonismo sólo les ha echado a perder cosechas extraordinarias.

Una actitud para matar de tristeza la nueva arenga que lanzó Felipe Calderón para convertir a la generación del Bicentenario en la que “supo ponerse de acuerdo y sacar adelante al país”. Si eso parecía imposible a estas alturas, el semblante de Beltrones jugó de enterrador de las últimas esperanzas. Calderón se irá a su casa sin sus reformas. Sin gloria. De eso se encargará el PRI.

Mal panorama para un Presidente que, libre del pánico económico del año pasado, se empeñó ayer en hilar frases para probar que el fracaso no es lo contrario del éxito, sino, diría una famosa editora, la piedra con que te tropiezas en el camino al éxito.

Escribió hace poco Eduardo Galeano, creo que a propósito del Mundial, que el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.

El problema es que esta generación, la de Calderón y Beltrones, sólo supo festejar los méritos propios.

Y los de cada uno fueron siempre más propios que los del otro.

gomezleyva@milenio.com