El abogado de La Barbie
Política cero
Jairo Calixto Albarrán
En este momento hay dos preocupaciones que están por encima del incierto, caótico y apocalíptico destino de la patria: descifrar la enigmática sonrisa de La Barbie —quien en su presentación en sociedad no paró de mostrar ese gesto a momentos sardónico, a momentos histriónico—, y descubrir qué diablos hacer con tamaño personaje, cuya leyenda negra lo precede.
Al recordar el desfile de los malos de Malolandia, placeados en prime time, no tengo presente alguno que se haya apersonado con esa actitud que iba más allá del reto y la amenaza. El Caletri o El Mochaorejas, o cualquiera de los incontables capos que han sido exhibidos, había pertubadoras manifestaciones de maldad —Caletri apareció siniestro y canalla, pero luego de la calentadita de rigor fue todo humildad—, pero en Édgar Valdez lo que se encuentra es algo más profundo que sólo puedo comparar con el rostro de Malcom McDowell en Naranja mecánica, después del método Ludovico.
Una sonrisa cruda que revela hartazgo y menosprecio, que habla de autocomplacencia y superioridad, cinismo y humor negro, rencor e hiperviolencia, pero sobre todo revela una idea inquietante y perturbadora: “Vamos ganando, aunque no lo parezca”. Claro que también esa risa podría interpretarse a la manera de un “No saben lo que se les espera” o “Lo bailado nadie me lo quita”. Todo junto en los mismo labios que, por indescifrables, son del mismo género que los de La Gioconda.
Hay quienes han querido comparar esta alucinante sonrisa de La Barbie con la de La Reina del Pacífico, pero no, la que provenía de tan distinguida dama era otra cosa más posada, más para distinguirse del resto de las reclusas que por idiosincrasia criminal. Ella buscaba su mejor ángulo para la posteridad, dejando algo de glamour y misterio en su estilizada efigie y endulzar así la telenovela ruda de su vida.
La Barbie es de la estirpe de Ray Liotta en Buenos muchachos, el chico que siempre quiso ser gánster y que evoca con esa misma sonrisa sardónica su calidad de depredador dominante.
Lo más seguro es que el jefe de sicarios de los Beltrán Leyva sea envidado a EU. Su figura es tan incómoda y proclive al sospechosismo —aquí siempre creeríamos que se daría vida de pachá en la cárcel, que desde ahí tendría control remoto de la muerte que tiene permiso— como para no mandarlo a las antípodas cuando menos más cercanas.
Lo que supera toda fantasía es que La Barbie tiene ya contratado un abogado en Estados Unidos que se llama Kent A. Schaffer.


