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Israel 1982 y una foto para el recuerdo

Recuerdo la furia de la embajada de Israel en México, cuando al regreso de nuestro viaje todos comenzamos a escribir y/o hablar, cada uno en su respectivo medio, de las impresiones del viaje.
  • 2010-03-14•Fin de Semana online

Fue una amiga quien mi avisó el domingo 14 de febrero, que ese mismo día Elena Poniatowska había publicado en La Jornada una hermosa crónica sobre el encuentro que ella había tenido con Esther Seligson, apenas fallecida el 8 de febrero, durante un viaje realizado a Israel, en 1982, con una serie de periodistas, entre ellos esta servidora. En mi caso se trataba de mi primera cobertura en el exterior –hacía mis pininos colaborando en el área internacional de UnomásUno–, y gustosamente acepté ser parte de la comitiva, a invitación de la Histradut (el órgano sindical del Partido Laborista de Israel, entonces en el gobierno), y luego de que mi padre –el invitado original–, declinara la oferta.

El grupo no podía ser más honroso para esta real desconocida: Carlos Monsiváis, Elenita, Virgilio Caballero, Froylán López Narváez, Miguel Ángel Granados Chapa, Adolfo Gilly, Arturo Martínez Nateras, Javier González Rubio, Ane Marie Merger... un abanico de personajes y de personalidades, que ya lo eran por supuesto veintiocho años atrás, poco antes de que Israel lanzara la “Operación paz para Galilea”, también conocida como Primera Guerra del Líbano, un conflicto que inició el 6 de junio de ese año cuando el ejército israelí invadió el sur del Líbano, a fin de expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yaser Arafat de dicho país. El desencadenante había sido el intento de asesinato del embajador israelí en Londres por parte de un comando palestino.

Recuerdo la furia de la embajada de Israel en México, cuando al regreso de nuestro viaje todos comenzamos a escribir y/o hablar, cada uno en su respectivo medio, de las impresiones del viaje. Sin ponernos de acuerdo, las crónicas fueron bastante más críticas al referirnos a nuestro ocasional anfitrión, que además había cargado con todos los gastos de nuestra estadía, aviones incluidos.

La experiencia, al menos para quien esto escribe, fue bastante esquizofrénica aunque de invaluable provecho humano y profesional, ya por las mañanas escuchábamos la visión israelí del conflicto –con entrevistas al más alto nivel político y militar, visitas a escuelas, proyectos políticos, una gran fábrica de armamentos, el Museo del Holocausto, Masada, Qumran, Jerusalén, etc. – y por las tardes nos las ingeniábamos para hacer contacto con la contravoz palestina, con sus propias denuncias en contra de Tel Aviv.

Fueron casi tres semanas, si mal no recuerdo, de travesía por una porción de territorio tan estrecha que en tres horas se recorre a lo ancho. Una tarde, en el mar Muerto –donde, por la ausencia de oxígeno, uno flota sin siquiera proponérselo– terminamos todos embarrados en el lodo curativo de sus densas aguas; un ritual que –lo supe apenas hace unos días y me resultó muy divertido–, algunos repitieron ya de regreso en México en la bañera de su casa, al haber tomado la precaución de comprar un kilo de barro a modo de medicinal souvenir.

Producto de su ofensiva en aquel verano de 1982, Israel se hizo del control de Beirut, que fue sitiada y bombardeada durante dos meses, hasta que las fuerzas de la OLP no tuvieron otra opción que abandonar para siempre el Líbano.

De aquel viaje me quedó grabada una frase que le oí pronunciar a Carlos Monsiváis en un pequeño café de Jerusalén, sentados los cuatro junto con Adolfo Gilly y Froylán: “Esto es como una tragedia griega, cada parte tiene su razón…”. Creo que acabábamos de estar en la parte árabe de Jerusalén, oyendo las quejas de un residente palestino sobre la expropiación de su casa por parte de la autoridad israelí. Los israelíes argumentaban que ese palestino se había hecho con la propiedad de un colono israelí; cuyo abuelo, a su vez –según clamaba el palestino– le había arrebatado la tierra al padre de su padre...

Otra cosa evoqué de aquel viaje tan distante pero casi mítico, al leer la crónica de Elenita Poniatovska. Que me tardé diez años en devolverle a ella un pequeño préstamo que, sin siquiera conocerme, me hizo gentilmente en Nueva York, para que yo –que por lo visto me había quedado sin dinero– completara la suma para adquirir un impermeable color verde oscuro del cual me enamoré a primera vista. Le pedí el dinero con toda la impunidad que da la juventud, y con esa misma impunidad se me había olvidado regresarlo a su legítimo dueño.

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Irene Selser