Alas del deseo
Más sombras que luces
2010-03-14•El Ángel Exterminador
La hotelería es asunto serio. Desde luego que será distinto hospedarse en un hotel de lujo, un hotel digno de millonarios como el “Georges V”, de París, o hacerlo en un triste hostal para estudiantes universitarios. La gama es amplia y sus matices marcan diferencias abismales. Un lugar cercano al paraíso, en términos de la belleza del lugar, es la Finca Argovia, insultada con el apodo de Resort. Sitio que se ostenta como parte del turismo ecológico, y que forma parte de la vieja finca cafetalera, que ahora también se dedica al cultivo de flores exóticas. Este sitio aparece en las cercanías de Tapachula, y debe recorrerse la carretera Nueva Alemania, que semeja un resquicio del Berlín bombardeado por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, por sus deslaves, hoyancos por doquier, niños que corren y salen al paso, es territorio por el que debe conducirse con todas las medidas de seguridad. Llegar hasta ahí otorga los privilegios de una geografía en plena selva, con una vegetación maravillosa y con la belleza que se desborda por doquier. Las habitaciones son modestas, nadie esperaba lo contrario, y debe caminarse un tramo empedrado para llegar hasta las casitas. Los insectos son parte del entorno y con una inspección rápida se estará a salvo de los piquetes de mosquitos y otros bichos.
El restaurante del lugar tiene una y mil fallas que debieran corregirse de inmediato.
En la carta se anuncia una “arrachera” y de pronto llega al comensal un trozo de carne pequeño y un tanto duro, que está lejos de ser lo sugerido en el menú. Luego, cuando se piden platillos sin cebolla cruda, de pronto se sirven con una ostensible cantidad de la hortaliza. Esto por mencionar un par de cosas de las muchas que pesan en el caos culinario del restaurante “Tierra de café”. Argovia es un paisaje que requiere una administración de mayor eficiencia, que ponga en orden a los ineptos encargados de la cocina.
La contraparte de la Finca Argovia, el sol que los ilumina, es esa producción limitada de un café extraordinario, fuera de serie. Esto se debe a los esfuerzos del propietario actual, un ingeniero que ha mantenido la vocación de estas tierras de fertilidad sorprendente. Si a finales del siglo XIX fue Adolf Giesemann quien creyó en la producción cafetalera en el Soconusco y habitó la Finca Argau, ahora el profesional que la maneja ha hecho una labor gigantesca para sobreponerse a las adversidades y conseguir un café que compite con los mejores del mundo. El descuido en la cocina del restaurante del lugar “Tierra de café” podría corregirse con un cocinero inteligente y creativo, pues incluso las conservas, como la mermelada de carambola, la miel o los envasados de chile pepita son de primerísima calidad.
Si el concepto de eco turismo significa algunas adaptaciones en los servicios, en aras del respeto, siempre necesario al medio ambiente, en el hotel “Camino Real”, en Antigua, Guatemala, de bella disposición arquitectónica, la cocina de pronto falla, al grado de ofrecer en la cena de año nuevo un ‘Wellington’, esa caña de filete cubierta por cebollas caramelizadas y luego con un hojaldrado ligero y suave. De ese plato estrella se pasó a una mixtura horrenda con la carne sobrecocida y con una preparación, para darle un nombre, en realidad infame a un trozo de carne imposible de comer. Esto sin olvidar, en realidad era inolvidable, el ‘pate de la casa’, una cosa de espanto que incluso el populachero paté Fud de las corrientes tortas escolares parecía un manjar divino.
Un lugar digno de críticas severas es hotel “Tierra y cielo”, de san Cristóbal de las Casas. En los cuartos el aseo es inexistente: gruesas capas de polvo se reúnen en las cercanías de las paredes. El encargado de la recepción se muestra incrédulo hasta que se da cuenta de la marranería del lugar, al que debe abandonarse de inmediato. Además, los sinvergüenzas ni siquiera son capaces de entregar facturas.
En estas luces y sombras hay que mencionar al hotel boutique “La purificadora”, de la ciudad de Puebla. Una vieja embotelladora del siglo XIX convertida en un alojamiento hermoso. La habitación “con vista” cuesta más que las otras, sólo que los administradores ignoran que las persianas deben abrirse para ver el exterior: problemas de mantenimiento. Hecho inexcusable en un espacio de lujo. De la cocina del lugar puede decirse que es apetitoso y pasa sin dificultades. La supervisión general corre a a cargo del chef Enrique Olvera, el del “Pujol”. El único problema es que la comida llega fría a la mesa. Un lugar impresionante es “Tamarindos”, en Cihuatlán, Jalisco, en la Costa Alegre, que rompiera con su carácter íntimo y reservado porque Carla Bruni y su marido, el molesto Nicolás Sarkozy, el primer ministro de Francia y defensor de secuestradoras, pasaron unos días de vacaciones en este otro lugar paradisíaco, que cuenta con ocho kilómetros de reserva natural. Aquí la hotelería es impecable, magnífica.
Dicho en palabras de Baudelaire todo es “lujo, calma y voluptuosidad”. En las cabañas se tienen un sinfín de comodidades. Por las noches, en el jardín de la casita, se puede tomar una botella de vino a la luz de una noche constelada. El problema es mayúsculo cuando se trata del restaurante “La higuera”, en donde ni siquiera saben hacer unos chilaquiles o la comida está en las antípodas de un espacio tan exclusivo, en donde al llegar la oscuridad aparecen los mapaches que tocan la puerta de las habitaciones o de pronto se ve a otras especies animales en absoluta libertad. El huésped debe recurrir a todos los argumentos posibles para que el último día de estancia se pida una cena en el cuarto. Se prepara la mesa con elegancia. Entonces el cocinero ¿habrán traído otro? se pule con una langosta espléndida, que se bebe con una botella de chamapaña Ruinart. Frutas y todo un agasajo que ya era merecido en medio de la desolación anterior ante una comida más digna de los peores lugares de Orlando que de un lugar de esa categoría. Esas sombras son un problema administrativo, una mala supervisión e incluso hasta un descuido lamentable que ofende al visitante y deja una fractura en ese espacio de tan hermosos paisajes playeros. Ojalá que pronto el sol supere a las sombras en la hotelería mexicana o en el de las grandes cadenas internacionales.






