Todo aquí es polvo
2010-02-13•De portada
La Ciudad de México, Madrid, Jerusalem y Lisboa fueron algunos de los lugares en los que vivió la autora de A toda luz. Amó a la capital portuguesa, pero siempre la vio como una ciudad de paso, como se advierte en este texto en el que siempre se encuentra presente el recuerdo de su hijo Adrián, quien se suicidó en 2000, y la reflexión sobre la muerte.
Más que sentarme en las terrazas de los cafés, como lo hice en Madrid o en Jerusalem, en Lisboa me dediqué a callejear, a recorrer museos, parques, iglesias —me dio por encenderle una veladora a Adrián, amén de las rituales en Os Tibetanos, hasta la noche en que soñé me atajaba las manos con sus manos por detrás de mi espalda, y con voz clara y suave susurró que ya no era menester: “estoy en la Luz” —, a husmear en los portales, en las ruinas, las tiendas de viejo, libros, anticuarios, pinturas religiosas, no porque fuese yo a adquirir nada (bueno, libros sí), sino para empaparme de esa saudade que trasuda todo en Portugal y todo Portugal, esa tierra de azulejos y matices suaves apastelados, congojosas canciones y nostalgias intraducibles añejadas en no olvidados tiempos de grandes hazañas y conquistas aún presentes por donde uno se meta. Me llamó siempre la atención la poca tolerancia de los lisboetas en general hacia los habitantes de sus ex colonias, de modo que mencionar la Praça de Figueira y los alrededores —lugar de concentración y encuentro de africanos, así denominados en bulto, lo que es un contrasentido viendo las diferencias entre los grupos, de tono de piel, de formas de vestir, de gesticular—, provocaba el cese de la conversa, que no era el caso cuando surgía la insuperable enemistad hacia los españoles, motivo que la alargaba dando pie a desahogos vicarios, para mí harto divertidos tomando en cuenta mi debilidad por España y lo español, lo cual no disminuyó un ápice mi adhesión incondicional a la literatura, el idioma, el folclor y eso que llaman la “idiosincrasia portuguesa”. Era ver a los españoles, ya no desde la óptica del mexicano resentido, sino desde la en su momento ocupada y no menos resentida Portugal y su pessoano desasosiego, su desgüance nacional, sus pegajosos fados. Caminar por Lisboa tuvo un sentido muy diferente al de mis deambulares por Jerusalem, en particular por tratarse de una ciudad católica, lo que hace la enorme diferencia y de ahí la de pronto tan proustiana secuela de rememoraciones que me salían al paso en las visitas a las iglesias, los días navideños y su profusión de adornos y luces, los de la Semana Santa y las fiestas de los innumerables santos locales. Y no eran únicamente recuerdos de infancia en las calles de Corregidora y Correo Mayor, el Zócalo, los olores a cera y pabilo quemado, a buñuelos, el peculiar arreglo de los aparadores comerciales; eran también el crujir de unos desvencijados escalones de madera cuando había que ir a buscar las casi inexistentes cintas para la Lettera en anacrónicos edificios y sus no menos añosos despachos idénticos al de mi tío Max, o al taller de costura de mi abuela, los altísimos techos de nuestro salón de clase con el piso de desgastadas duelas rechinonas, la calma chicha de algunos domingos de lluvia torrencial tras los gastados vidrios; eran tardes con sabor y luz a las del mítico estudio en Cuautla 22, la vaga euforia de felicidad latente por llegar, de libertad, de espacio para abrir las alas, la sensación de que algo, un a punto de, quedó irrealizado, la certeza de que ahí se cortó el hilo y dio inicio otro carrete totalmente imprevisto, errado... Por qué Lisboa me devolvía tan vívidos esos sentimientos, no lo sé, sólo se me ocurre pensar en el Amarcord felliniano. Tampoco supe por qué ahí soñé sueños únicos sobre otras vidas que me resultaban familiares (así surgieron “El cementerio” y “La pared de enfrente”) como cada nuevo viejo rincón descubierto, o ese encuentro con Palmira García Coelho a las puertas de São Domingos, la gigantesca iglesia que el temblor de 1775 dejó en pie pero completamente desnuda de capillas, emplomados y revestimientos. Palmira pedía limosna, un poco separada de los otros mendigos y con una dignidad en el porte que me hizo buscarle directo los ojos, para mi sorpresa verdiazules como los de mi madre. Ella me sostuvo la mirada y con un gesto ligero me invitó a sentarme a su lado en el banquillo portátil. —Tú te llamas Raquel —Ése es mi segundo nombre, me llamo Esther— Entonces eres judía como yo, aunque procedo de familia conversa. ¿De dónde vienes? —Soy mexicana— ¿Eres artista? —Escritora— Pues no vayas a escribir sobre mí porque hoy te platico y a lo mejor otro día ni siquiera te saludo. Yo no miento, sólo omito. ¿Por qué tengo que decir dónde vivo, o hablar de mi vida? Allá en mi barrio sigo siendo Dona Palmira, y si mi hijo, hijo único hoy con cincuenta años encima, se entera de que pido limosna, me mata, a pesar de que, gracias a Dios salvo el departamento que es mío, me quitó el dinero y lo que pudo; cocaína, el medio ambiente ya sabes, él era modelo, guapísimo, lo echó a perder. Yo fui actriz y vestuarista en el Teatro Dona María, sí, ése que ves ahí, ya te traeré fotos para que veas lo hermosa que era yo, y rica, tuve coches, pieles, joyas, conocí África, Brasil, Londres, con decirte que a veces viajaba ida y vuelta sólo para comer en el Maxim’s en París, sí, me trataban como a una reina, y reina me sentía, ¿por qué no si mi trabajo me costaron la fama y el prestigio? A mí nadie me regaló nada, y ahora, ya me ves, a mis setenta años, me quito la prótesis dental cuando vengo aquí, no me quejo, pido para pagar la luz, el gas, para comer, pero sí me daría vergüenza que alguno de mis conocidos me viera. Tengo asma y muy debilitados los pulmones, así que no vengo a diario, no tengo fuerzas, y para colmo hay que codearse con estos limosneros que son indigentes pero del alma, envidiosos, mira cómo te ven cada que vienes a saludarme, y cómo babean de rabia cuando la gente me entrega un billete para que les rece por un enfermo o por alguien ya difunto, me tienen confianza a mí y no a ellos, miserables lo son de nacencia y para eso no hay remedio. A ti te conocí luego luego en la tristeza, al igual que tú a mí... Palmira hablaba con propiedad el castellano, castizo ceceo y entonación portuguesa. Directa y clara, me recordaba a Magdalena, tenía el don de videncia —Aunque tú ya sabes que más que dádiva resulta maldición porque la gente no quiere saber, y mucho menos tus más cercanos—, era afable con los feligreses que se acercaban a ella pero hermética, y no hacía distingos en lo que le daban. De la concurrida pastelería La Suiça le llevaba yo gajos de fruta glaseada, pasteis de Belém, queijadas de Sintra, lujos glotones, decía, fuera de su presupuesto. Cuando le avisé que me iba a Israel —Escríbeme, y promete que en cuanto vuelvas a Lisboa vendrás a buscarme—, supe que su hijo había estado en Mitzpe Ramon y que el sueño de ella era conocer Jerusalem. Me dio su dirección, el número de teléfono, y aceptó con naturalidad las ropas que no cargué conmigo. Palmira García Coelho, la entrañable mendiga de São Domingos habría de ser la protagonista central de la novela que hace años me ronda sobre las Diosas Madre —“Del otro lado del río, no de éste sino aquél”, título tomado de un poema de Alejandra Pizarnik—, sacerdotisa arquetípica, imagen de La Ciudad resumida en ese portal de entrada a todas las ciudades recapitulación de asedios y destrucciones, Troya mítica, Hiroshima inerme, Casandra imperecedera eternamente infamada. Mantuve el contacto con Palmira durante mi estancia en Ashkelon, o la llamaba o le enviaba postales que ella respondía. La vi en octubre de 2001 cuando regresé a Lisboa para encontrarme con mi hermana. Un año más tarde, el día de mi cumpleaños, Palmira me esperaba a las puertas de São Domingos con una orquídea blanca —Una flor para quien tiene todo, dijo con picardía. Todavía me despedí de ella, previa cita pues me advirtió que ya salía poco a causa del asma recrudecida. Mientras viví en Jerusalem, al principio, sus cariñosas postales fueron constantes como mis llamadas, luego, poco a poco cesaron y no contestó el teléfono. En 2006, de nuevo otoño en Lisboa para recoger los pasos antes de retornarme a México, a las puertas de São Domingos, una de las mendigas me reconoció y sin más soltó, “su amiga falleció no sé cuándo, dos años a lo mejor, usted hace tiempo que no venía”, y extendió la mano. Entré a la iglesia a rezar por ella, a llorar, a encender una veladora y tratar de consolarme de una pérdida más entre las imprescindibles presencias que dan testimonio en mi vida de mi propio existir.
Pensé en ir a la Rua do Patrocinio en el elegante Bairro da Estrela, a conocer al menos su edificio, a preguntarle a la portera. Lo pensé. No lo hice. Si ella prefirió conservarse anónima, así tenía que guardarla yo entre las páginas de mis diarios, para elevarla en su momento personaje arquetípico de la efímera condición humana, “car il n’est rien nulle part qui demeure”, Rilke, obviamente...
Ya va el aire empujando a las neblinas mañaneras hacia el río. El sol, tímido, pide su espacio para calentar y allá en el cerro emerge somnolienta la sombra del Castelo. Decido ir al zoológico y visitar, en honor de Cioran, el serpentario, tácito homenaje a su manía de invitarme, allá en París, al espectáculo de las cobras y demás ofidios con quienes él mantenía a través de los espesos cristales un duelo inquietante golpeando los vidrios hasta exasperar a los bichos que levantaban la cabeza y enseñaban la lengua bífida con un silbido que a él le causaba euforia —Rien de mieux quand on a le cafard, aseguraba. Aquí en Lisboa les llaman “dragões”, y por lo viejas que se ven las tristes serpientes se diría que son antediluvianas. Empieza a lloviznar y olvidé para variar el paraguas que de por sí aborrezco cargar. Una insensatez dado que el chapeau de chuva aquí no es un simple accesorio “por si las moscas”. Sin embargo no regreso a mi celda, más bien me desplazo hacia el Miradouro de São Pedro de Alcantara, de entre los varios miradores mi favorito. Ha escampado.
El aire fresco trae ráfagas saladas. Me siento en una de las bancas de madera aunque esté algo húmeda. La luz es un tenue baño liláceo. Empieza el concierto de campanas y carrillones. Son las cinco de la tarde. Árboles frondosos de hojas perennes sobresalen desde cualquier punto en el horizonte. Huele a leña. Una joven de mochila al hombro, turista indefinida, bebe coca-cola light, come tabletas de chocolate, y finalmente enciende un cigarro. En otra banca, una mujer, tal vez de mi edad, rubia teñida, escribe también en su cuaderno. Ambas nos detenemos de tanto en tanto, y contemplamos el atardecer. Nos imagino vistas por el ojo de una cámara de cine. Una chica con el cello a la espalda y varios meses de embarazo al frente cruza.
Instant of being, de esos plenos cuando deambulo, peregrina sin morada fija, y finjo vivir en una casa rodante, pero no en tanto gesto exterior para mostrar de lo que se es capaz, como allá cerca del cráter en Mitzpe Ramon lo hacía Rajel Bat-Adam: cristiana de hueso colorado, luterana para más, y convertida al judaísmo por amor, creía que el hábito hace al monje, y entre el conjunto de cabañas que construyó sobre las laderas rocosas de un wadi seco, ella vivía en un viejo y excelentemente bien equipado tráiler (electricidad, regadera, cocineta, computadora, calefacción, aparato de música de alta definición). Mucho aprendí de ella, y de mí misma, en aquella estancia entre sus cabañas edénicas, en la soledad y el silencio del desierto, y sé lo que de su sueño me sedujo: poder, la capacidad de materializar los deseos, contra viento y marea. Y ella lo logró ahí. La majestad de lo imponente, la catedral y sus pompas. Pero el mío, mi sueño, está en el espacio abierto, no para dominarlo o levantar en él moradas, sino para centellear sin fronteras de ninguna especie, sin techos ni paredes, a lo más un armatoste al estilo de los de Remedios Varo. Viajera despistada dueña únicamente del azar. Y en ese sentido Lisboa fue perfecta al haber sido, siempre que la viví, un lugar de paso, un preámbulo que me permitía bebérmela a tragos lentos con una suerte de paciencia y de deleite, bastante paradójicos si tomo en cuenta que traía el alma hecha trizas. Algo similar a lo que ocurrió treinta años ante, la primera vez que estuve en Madrid, prófuga de la conyugalidad, sola conmigo misma y para mí misma también por vez primera en la vida… Dice el gnóstico Tomás en su Evangelio, “si sacas lo que está dentro de ti, lo que saques te salvará. Si no sacas lo que está dentro de ti, lo que no saques te destruirá”... Quizás en aquellas ahora lejanas épocas no se expresaba así ese oscuro impulso a romper con cualquier género de prisión, pero obedecía a la certeza de que, abriera lo que abriera, abierto quedaría, y que no tenía más camino que el camino que yo misma me trazara, ni otro conocimiento que el de mi propia experiencia. Sin duda esa “temible” niña que fui encontró por fin su Puerta, y la atravesó, a sabiendas del costo y consecuencias de estar en el mundo sin ser del mundo. Eso es lo que no dejaré de agradecerle a la España de los setenta (ahí, en una madrileña minúscula sala de cine, comulgué por vez primera con El séptimo sello de Bergman, bautizo de fuego que sigue provocándome idéntica conmoción cada que vuelvo a verlo. Sólo otra película, Deep Blue, me ha causado ese efecto) tan reveladora en ese momento como puede serlo el meterse de lleno al armario de la abuela, sin restricciones maternas. Lisboa, la de la mágica belleza quieta y los límpidos atardeceres ambarinos, la de garigoleadas avenidas majestuosas, me introdujo en otros laberintos interiores no menos concluyentes, pero en ninguna de mis estancias me pasó por la cabeza que podría ser un lugar para quedarme a vivir, hecho al que me invitaban sin reparo Madrid, o Jerusalem donde una suerte de rigor per se le permite al Alma —y su cúmulo de almitas— acrecentar la chispa luminosa que carga dentro... México me produce, quizá por contraste complementario, la sensación de descenso, de encontrarme en el umbral de abismos, el espacio poblado, no de Dios como en Jerusalem, o de la LUZ como en el Tíbet, sino de seres torturados, dioses o ángeles caídos. Y no que me produzcan temor, no, pero sí desconcierto y congoja, como si ellos mismos, desconsolados, pidieran algo. Aquí las voces se me opacan, la transparencia se me empaña, y el esfuerzo por mantenerme atenta, alerta, jubilosa, es devastador. Es decir, permito que partículas oscuras se adhieran a mi corteza y entorpezcan la continuidad de ese fluido luminoso que ha de ir de la cabeza al corazón, del corazón a los pies, y viceversa. Hay tardes en las inmediaciones del Centro Universitario de Teatro, por ejemplo, allá en los roquedales de lava, en que percibo a esos seres como empapados en sangre aún caliente pidiéndome rociarles con la punta de los dedos agua bendita desde un cuenco de madera. Tardes de dioses arrodillados en el brocal de la tierra para beber su calor, y en las que caen a trozos nubes cuajadas de aceros flotando, sin herirlas, sobre las montañas, pero haciendo sentir su peso, su amenaza de aplastar a la ciudad silenciosamente, o en un estallido de relámpagos. Todo aquí es polvo. Pero justamente por ello vuelvo y retorno, y es esta tierra la que cubrirá mi cuerpo... Abandonar la prisión del amor, se dice que dicen los que sí saben, sólo es posible por el camino del Amor: no hay otra puerta, no existe otra salida. Soltar el amor para amar aún más: he ahí la paradoja de la reparación —el tikun— y de la pureza. A final de cuentas, el mundo es lo que hacemos de él, y sólo se escapa a la muerte eligiéndola. Me habría gustado que mis cenizas fueran dispersadas en el Tajo, desde Toledo, para enlazar mis amores y acompañar su trayecto río abajo, fleco líquido entre las grietas de los riscos, caballo desbocado espumeando por los belfos, cascada liquen, vellón asperjado de estrellas y soles, corimbo de olas... La muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, translúcido…
Esther Seligson
La sonrisa de Esther
En dos horas saldré rumbo al Panteón Israelita. Desde el lunes, incluso antes de recibir la invitación por celular, empecé a escribir estas cuartillas, en mi mente. Pero a la hora del teclado, una y otra vez he venido sintiendo que no es esto lo que quiero, debería, podría decir de Esther. O que todo será poco. Escribí un párrafo:
Una escritora (1941-2010) muere. Hablamos luego entonces de su vida: viajes, lecturas, hijos, alumnos, amoríos y pasiones (la mitología, el teatro, las gemas, el tarot, la astrología, uf: las religiones comparadas, la acupuntura, y siempre el viaje, y en el centro de todo la escritura). ¿Cómo? ¿Disminuirlo todo a un puñado de cuartillas? ¿Rebajar la vida a sólo un orden de palabras? ¿Y qué importancia tiene la vida de un escritor que ya no vive acá? Quiero decir: ¿qué le dirá a quien no la conoció y tal vez tampoco siquiera la ha leído? ¿Para qué un testimonio de amistad y mentorazgo, si lo que hace que los críticos hablen de ella no es la amistad ni el mentorazgo ante pocas o muchas generaciones: sino su escritura?
Hasta ahí el comienzo. Luego venía este párrafo, el elogio que al todavíanolector de sus libros le parecerá sospechoso, exagerado.
Sin embargo, cómo hablar de sus libros. Así, tan de repente. Decir que Esther Seligson es una estilista mayor de la prosa en lengua castellana. Que su obra narrativa un día será puesta al lado de las páginas de Virginia Woolf o Yourcenar o la Lispector. O afirmar que La morada en el tiempo es una de las proezas secretas que ha parido la novela en Hispanoamérica: todo esto, ¿qué? Basta leer cualquier relato de Toda la luz para percatarse: ahí la lengua española entrega capa tras capa de tensión y hondura intimista, una expresividad profunda, cargada de matices y resonancias que va desbordándose hasta obligarnos a ese detenerse que se traduce en: Nadie escribe así. Regresemos, leamos de nueva cuenta este párrafo, esta página, este libro, y los sentidos se concentran al máximo gracias a una escritura ficcional que convoca los sueños, el mito, la emoción, la memoria. No sólo los hechos, no sólo el narrar un incidente tras otro, si no lo que viene después en la sensibilidad del personaje, lo que se suma, a la manera de un eco paciente, en su psique: no lo que sucede (no lo que pasa), sino lo que permanece.
Pero (me dije): no hablar de sus libros, no ahora.
Hablar de su generosidad. Que era impaciente y arbitraria, sí. Que era iconoclasta, detodocriticona, también. Pero era una persona cálida, valiente y sobre todo generosa hasta la ingenuidad. Conocí a Esther Seligson en julio de 2005, cuando entré a trabajar en el Fondo de Cultura Económica como editor de literatura. Era su viaje anual a México, vivía en Jerusalem. Al año siguiente, en junio de 2006, fue a la editorial, hablamos.
—¿Y es bueno el libro?
—Ajá —le dije.
—¿Tienes una copia? ¿Me pasas una copia?
El autor de ese manuscrito era becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, donde ella esas breves semanas daba un curso sobre Los versos satánicos. Esther había apenas visto dos o tres veces en clase al joven autor. Yo no entendía: ¿quería leer su libro? ¿Una escritora de su talla, interesada por ver cómo escriben los nuevos, los desconocidos y jóvenes? Cool. E inusitado.
—Si me gusta, te escribo una notita apoyando que lo publiquen, como dictamen. Si no me gusta, nadie sabe, nadie supo.
Le di el libro. Era miércoles. El lunes me habló:
—Pues es bueno, ¿eh? Salvo algunas cositas que, si me autorizas, le sugeriré que corrija. ¿Puedo decirle?
Me mandó un texto de una cuartilla hablando favorablemente de La noche caníbal. Este súbito aval, tan generoso y enfático, del libro de un muy joven escritor, Luis Jorge Boone, sirvió de mucho (de todo) a la hora de los comités editoriales.
Ésa, entre muchas, sería una estampa de su generosidad. Yo le debo interminables horas de conversación, por teléfono o en persona, cara a cara o en grupo, en su departamento de la calle Liverpool —donde siempre en sus tertulias nos ofrecía té, café turco, galletitas, dulces, chocolates—, en algún restaurante de la colonia Juárez o la zona rosa. Cada charla con ella era poco menos que una cátedra. Su capacidad para establecer relaciones luminosas entre distintos temas, su gran curiosidad intelectual, su genuino interés por vérselas frente a un interlocutor, no sólo ante un alumno, hacían de sus palabras un hilo continuo de revelaciones y sugerencias. Me regaló libro tras libro, así, liberalmente. Tuvo la liviandad de nombrarme su “agente literario”, de tolerarme como editor de su última obra publicada. Sobre todo, le debo un conocimiento trascendente del que apenas empiezo a tener noción: hizo mi carta astral y descubrió un Mercurio inaspectado en la casa de Escorpión, a algunos grados de un Júpiter igualmente encerrado, aunque él a disgusto, en esa profundidades, a partir de lo cual dieron inicio las informales lecciones de astrología. Es decir, me adoptó como “aprendiz de brujo”. Pues para ella, como para Steiner, una vida no examinada no valía la pena ser vivida: de ahí su introspección permanente, como la astrología moderna, con su enfoque en la psicología traspersonal, fomenta, exige. ¿Y para qué la introspección? Ella tenía la confianza de que la vida, por lo menos la propia, puede ser cambiada, y sólo así puede vivírsela más intensamente. Como ella lo hizo. Se fue serena, en paz. Gina Ogarrio estaba a su izquierda, yo le tenía tomada la mano derecha; cuando sobrevino el paro, su mano se tensó, luego la fue levantando, como extendiéndosela a la Diosa Madre, y después la posó sobre su pecho.
Pero (y no habría de disculparme por cifrar esta emoción) si algo recordaré de ella es su sonrisa. La sonrisa pícara de niña de ocho años cuando se sentaba en el suelo a jugar con mi hija Andrea, de ocho años. O la sonrisa burlona de cuando, hasta la semana pasada, me ponía agujas (era también médico acupunturista) en el pie esguinzado, burlándose de mis muecas de supuesto dolor. La sonrisa de Esther. La sonrisa.
Geney Beltrán Félix






