Palin y la demagogia universal
Roberta Garza
El descontento de los estadunidenses ha cuajado en los tea party activists, llamados así por quienes detonaron la revolución tirando a la bahía de Boston 342 barriles de té: el cargamento le pertenecía a la East India Company, una empresa monopólica coludida con las autoridades coloniales. Los impuestos imposibles, sin representación popular ni transparencia alguna —taxation without representation—, cimentaron la alianza entre los sindicalistas y el grupo clandestino revolucionario los Hijos de la Libertad, liderado por Samuel Adams, hoy marca de cerveza pero en aquel entonces un guerrillero que al cabo de poco años llevaría al país con otros padres de esa patria a la independencia, al parlamentarismo directo y a una retórica libertaria y laica más allá de cualquier demagogia.
Hoy la estrella del último gran mitin de los tea partyers, celebrado en Nashville a principios de este mes, es quizá su mayor beneficiaria: Sarah Palin, posible futura candidata presidencial del ala más conservadora y palurda del Partido Republicano. Decir que su conocimiento de política exterior era excelente porque los rusos se encontrarían primero con Alaska, su estado, al querer acercarse a Estados Unidos es sólo una de sus perlas, pero sin duda el mayor de sus golpes fue la polarización de su país: separó de todos los demás a sus partidarios comunes, o sea, a los americanos empobrecidos, poco informados, homófobos, creacionistas y anti-Obama —ese socialista— en “americanos reales” o real americans, usando una retórica predigerida de héroes contra villanos que le dio a la contienda mucho calor y muy poca luz.
Su gente no parece querer darse por enterada de su falso candor, de sus abusos de autoridad fuera de cámaras y de sus frecuentes contradicciones e inconsistencias. Abrazan su sonrisa y escuchan más el tono que el contenido de sus discursos, llenos de fantasmas, de miedos, de generalizaciones torpes y de medias verdades. Algo muy parecido sucedió en México en 2006 y aún pagamos las consecuencias: la economía podrá levantarse en uno o dos años pero, ¿qué hay de la desintegración social, del encono que paraliza cualquier intento de cambio? ¿Cuántas generaciones necesitaremos para dejar de oponer a ese abstracto pueblo bueno con la creación concreta de riqueza y de seguridad jurídica que requerimos para salir de este hoyo oscuro e histórico donde estamos? Carajo, de los demagogos de aquí y de allá, ¿quién podrá defendernos?


