Juárez
Invitado
Érika Loyo Beristáin
Que Juárez ya no se manche de sangre". "Que el Presidente ofrezca una disculpa a los padres de familia por haber dicho que nuestros hijos eran pandilleros". "Que se decrete un 'estado de excepción' y que el Presidente gobierne desde aquí". No son frases, mucho menos voces; son gritos desesperados que van desde el familiar o amigo que llora a un joven muerto, la madre que ha tenido que sepultar a dos hijos masacrados; o los empresarios que demandan "seriedad" en torno a lo que pasa en Ciudad Juárez.
Los más de 16 mil elementos de seguridad que se supone, resguardan la seguridad en Ciudad Juárez desde el 2006; han sido incapaces de detener el deterioro social de esa ciudad fronteriza.
Los desacuerdos generados dentro del Gobierno Federal sobre la estrategia a seguir en esa ciudad, son visibles. Mientas el secretario de Gobernación se pelea con los partidos y la clase política señalando que los argumentos contra la estrategia de seguridad del gobierno federal, "no son serios"; su propio jefe Calderón (días después), plantea una reconfiguración de la estrategia para recomponer el "tejido social" de Ciudad Juárez.
La imaginación política con respecto a la seguridad nacional se ha desdibujado y se concreta en las armas, la represión y el miedo. Se plasma en discursos en donde la búsqueda de culpables es más que un artificio maniqueo, una costumbre que pretende crear simbolismos de lucha que esconden la ineficacia. La estrategia se reduce a la espectacularidad de la captura o el aniquilamiento de los líderes, no así, al desmantelamiento de las redes financieras y operativas que dan vida a los carteles de narcotráfico y pandillas que operan en el país.
Ciudad Juárez no sabe lo que es la justicia, la paz, el respeto, la equidad, la libertad o la certeza de un futuro digno. Vive con un alcalde que despacha desde el otro lado de la frontera, y que desde ahí, piensa que dar la cara por el otro, es simplemente verbalizar. Desde los "feminicidios" (aún no resueltos) hasta los asesinatos de sus jóvenes y personas inocentes, los ciudadanos juarenses, se han acostumbrado a vivir bajo el manto de la muerte, el desdén del poder, el maltrato de los empresarios maquiladores y la ineficacia de sus autoridades. Mientras el ciudadano de Ciudad Juárez se acostumbra a vivir entre la violencia y con ella, crea y recrea un imaginario social plagado de pobreza, insatisfacciones y temor; las autoridades federales piensan que ese imaginario debe de reconstruirse con canchas deportivas para los jóvenes (a quienes sólo ve como pandilleros), con espacios públicos que solo se interpretan como arenas de entretenimiento, no así de formación, información y cultura.
Entonces, algo anda mal, algo huele a apestado, algo sigue sin cuadrar.
¿Cuál será el nuevo rumbo para Ciudad Juárez?, y ¿qué tranquilidad ganará con ello la sociedad mexicana en general? Mientras siga habiendo un promedio de siete homicidios diarios que quedan impunes en esa ciudad, y con ello, tanta levedad en el tiempo que las autoridades tardan para consensuar con la sociedad estrategias conjuntas;
Ciudad Juárez vivirá prendida de la agonía y la incertidumbre.
El tiempo de los mexicanos, se mantendrá en el hilo de la impunidad, del miedo como sensación y realidad. La sociedad mexicana vivirá del imaginario de pensar que somos lo que no queremos, y tenemos que vivir y educar, con lo que más repudiamos; un entorno plagado de violencia y falta de animosidad. El país necesita vivir sin sangre, Juárez necesita vivir sin dolor.


