La puerta estrecha

Entre Shakespeare y gachupines

Uno de los recintos más importantes de la Ciudad de México fue el Teatro Principal.
  • 2010-02-06•Teatro

En 1821, después de once años de guerra, se consumó la Independencia de México. Fue ese mismo año cuando el teatro recobraba su importancia dentro de los acontecimientos nacionales: Shakespeare subía al escenario con una de sus magistrales historias: La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, donde la traición, la venganza y la corrupción parecen presagiar el destino de una nueva nación.

También en 1821, el 5 de mayo, en la isla de Santa Elena murió Napoleón Bonaparte, uno de los personajes más satirizados en esa época en el teatro mexicano, a quien se le dedicaron coplas, cancioneros y obras cortas, —en alguna de ellas se le presentaba como un mono vestido con uniforme militar.

En los primeros tiempos de vida independiente, el teatro en nuestro país vivió momentos peculiares, esporádicamente opacados por espectáculos como los vuelos en globos aerostáticos, que en 1833 irrumpieron en la capital del país.

Seguramente resultaba irresistible ver cómo algunas personas podían desplazarse por los aires y la experiencia resultó, sobre todo, un buen negocio para el empresario que la promovía, y que curiosamente era el mismo dueño de El Coliseo —el teatro de moda— y de la Plaza de Toros, donde la gente, previa compra de boletos, podía mirar despegar los globos.

Uno de los recintos más importantes de la Ciudad de México era el Teatro Principal, donde las compañías nacionales y extranjeras probaban su buena o mala fortuna con un público exigente, entre el que no faltaban intelectuales, artistas, empresarios, políticos poderosos y, claro, los cronistas.

Hacia 1825, la falta de mantenimiento provocó la ruina del Principal, donde llamaba la atención la versatilidad de su escenografía, que lo mismo era usada para representar tragedias griegas que melodramas o comedias. De acuerdo con el investigador Luis Reyes de la Maza, los cronistas consignaban que era tal el hedor que despedían los baños del teatro, que los asistentes llevaban pañuelos perfumados que con frecuencia se acercaban a la nariz.

Pese a todo, allí se reunía una parroquia fiel que disfrutaba con amplitud los intermedios, cuando algunos grupos interpretaban “cancioncillas” de actualidad. El entusiasmo y la curiosidad por nuevas propuestas escénicas no cesaba, y en 1827, cuando hizo su debut en el Principal Andrés Prieto, un actor de reconocida trayectoria internacional que tenía el “defecto” de ser español, los abucheos no se hicieron esperar. Para su mala suerte, Prieto se ofuscó e hizo un desplante en presencia del presidente Guadalupe Victoria resultando con ello su deportación a España.

Pero Prieto no fue el único que sufrió los abucheos. Al poco tiempo se presentó en el Principal otro español: Manuel García, quien enardeció al público al interpretar la ópera El barbero de Sevilla, de Rossini, en italiano. ¡¿Cómo era eso posible?!, se preguntaba la gente que no entendía el argumento y lanzaba acres críticas a la compañía y a su estrella.

No obstante los comentarios adversos, El barbero de Sevilla fue la simiente para que la ópera se convirtiera en el espectáculo favorito del público mexicano, y Rossini en el compositor de moda.

La puerta estrecha se ha cerrado.

Alicia Quiñones • lapuertaestrecha1@gmail.com