Corriente secreta
La Familia Burrón
2010-02-06•Antesala
La desaparecido una imagen urbana mitológica: La Familia Burrón colgando de las pinzas de ropa de los puestos de periódico. El 26 de agosto del año pasado, después de llegar puntualmente a su cita durante 61 años, la historieta de Gabriel Vargas perdió la batalla contra el mundo de las teles y las computadoras. “Desde hace un titipuchal de años tengo una cita importante con la familia Burrón. En esta ocasión llegué puntual, pero ellos no”, escribió una lectora. No ocurrió de ese modo con el resto de sus seguidores. La mayor parte de ellos, no nos dimos cuenta de su deceso. Ahora pasamos frente a los kioscos, y son como una boca a la que le faltara un diente.
Desde 1948, La Familia Burrón fue el premio mayor de la historieta mexicana. Ni Chanoc, ni Memín, ni Kalimán, se le igualaban. Un poco a la Monsiváis, podría decirse que la obra de Vargas conformó la crónica más extensa de la vida en la Ciudad de México durante la segunda mitad del siglo XX.
“Yo sólo soy un cronista involuntario —dijo Gabriel Vargas en una entrevista—. Nunca quise catequizar, ni reformar nada. Fui creando personajes a partir de conversaciones y recorridos por las calles, con el único fin de que la gente se riera”.
Durante las seis décadas que duró la vida de los Burrón, a lo largo de mil 616 números, Vargas completó un amplísimo registro del habla urbana (fue responsable, por cierto, de que a los agentes de tránsito se les llamara “mordelones”) y trazó la historia íntima de la vida bajo el PRI: el fracaso inabarcable del “mexicano, tú puedes”, expresado en la lucha de Borola y sus vecinas contra la carestía, el abuso, el soborno, la corrupción. Monsiváis añadiría que, con choteos, sarcasmos y el uso de la sátira, los Burrón enriquecieron el sentido del humor urbano.
A los 12 años, Vargas dibujó la avenida Juárez poblada con más de cinco mil figuras. A los 13 desdeñó una beca en Francia y pidió un modesto empleo en Excélsior. A los 14 ganó un concurso de dibujo y venció a los mayores caricaturistas del país, Freyre y Audiffred. A los 20 hacía historietas que tiraban 500 mil ejemplares cada semana. Con Jilemón Metralla, el personaje estelar de Los Superlocos —su primera historieta—, le dio a ganar al coronel García Valseca dos millones de pesos cada diez días. Una tarde cruzó una apuesta: antes de tres meses podría crear un personaje femenino más exitoso que Jilemón.
“Empecé a pensar cómo hacerle y encontré a la muñequita esta, doña Borola, inspirada en una señora que conocí cuando chiquillo, una señora que dominaba a su marido. Un amigo cubano me dijo ponle Borola, y a su hija ponle Macuca, porque así se llamaba la hija de mi amigo. En ese tiempo conocí a un señor que estaba estudiando para ingeniero, tenía cabeza, pero se le murió su papá y le heredó una peluquería. Entonces el señor se casó, se enfrentó a situaciones muy graves y ya no pudo continuar sus estudios… se quedó como peluquero aunque era muy inteligente. Esa es la otra parte de donde salió don Regino Burrón”.
El trabajo de Vargas colaboró en el boom de la historieta mexicana que, según Armando Bartra, puso (por única vez) a leer al país entero. La Familia Burrón colgó de las pinzas de ropa de los puestos una imagen urbana mitológica.
Pero ahora pasamos frente a ellos, y son como una boca a la que le faltara un diente.






