Recordando a Chéjov

El 17 de enero de 1860, en el puerto de Taganrog, nació Antón Pávlovich Chéjov, cuya obra se aleja de los cuestionamientos morales para, simplemente, mostrar la vida tal como es, con claroscuros. A 150 años de su nacimiento, como homenaje, publicamos dos variaciones sobre su célebre cuento La dama del perrito, anotaciones sobre dicha obra y una reflexión sobre su dramaturgia.
  • 2010-01-23•De portada

Foto: Hulton Archive / Getty Images

Mentiras vitales

Stanislavski escribió una carta a Chéjov, mientras trabajaba el montaje de El jardín de los cerezos, inquiriéndolo, extrañado, sobre por qué había denominado comedia a un drama que para el director ruso era una verdadera tragedia, por el dolor y humillación que sus personajes sufren ante la derrota de sus necesidades más amadas. La respuesta de Chéjov fue un chiste ante su propia obra: “las llamo comedias porque a mí esa gente me da mucha risa”.

Sin embargo, más allá de sus obras cómicas, no encontraremos un autor más compasivo con el carácter humano que Antón Pávlovich Chéjov, el gran y verdadero innovador de la dramaturgia. Después de veinticuatro siglos, es el creador de un género dramático, el único no clásico y que requiere de espacio aparte para ser explicado.

Pero si descubrió un género como posibilidad dentro de la realidad observada, si resultó innovador, lo alcanzó en aras de la búsqueda de la verdad escénica, no de la pasión de la originalidad. Su necesidad fue volver a la potencialidad conmovedora que dio origen al teatro, la de alcanzar la sensación del ritmo de la vida, en su caso, en unos seres que parecen haber renunciado a ella.

Los personajes de Chéjov carecen de las monumentales pasiones de los personajes trágicos, pero poseen, en cambio, las fantasías, las ilusiones, las mentiras vitales con las cuales, —en el más puro mecanismo de compensación con que los seres humanos equilibramos todo aquello que no nos gusta y nos pesa aceptar, en un acomodo precario que compensa lo real con la fantasía—, generan el más perfecto artificio para concretar su frustración, pues, sueñan, como lo hacemos todos, con una época de bonanza que ya tendrían entre las manos, porque lo soñado siempre es distinto y más perfecto que aquello que alcanzan a percibir de sí. De ahí su fuerza y su impacto, pues Chéjov retrata nada menos que nuestros más secretos, amados y postergados anhelos. Es justamente allí donde su teatro es una provocación.

Se escribe porque se ha encontrado algo, como forma de inducir a otros a mirar lo que se está viendo, a observar como lo está haciendo quien escribe. Para que el otro vea el mundo, por una vez, como él lo está mirando.

Chéjov obliga a mirar. Obliga a reconsiderar, tanto, que no bastó para su teatro lo que la costumbre había canonizado. Porque hubo Chéjov, hubo Stanislavski. Porque hubo Chéjov, fue necesario descubrir la técnica para llevarlo, para hacerlo vibrar sobre la escena.

Si no fuera por su mirada, los personajes de Tío Vania, no serían más que un grupo de aburridos y lánguidos seres, de aquellos que solemos ver a toda hora, aquellos en que, incluso, nos convertimos, cada vez que para nuestra vida apelamos a la esperanza y no a la acción transformadora.

Chéjov en su tremenda compasión enfocó con nueva luz lo que todo mundo considera despreciable. Miró lo humano en la dimensión cotidiana, donde todos renunciamos a ser heroicos en el acto de nuestra voluntad, aunque no queramos en el ámbito de nuestro deseo.

Chéjov descubrió la dimensión de la música implícita en el hecho de estar vivo. Sus obras son juego de intensidades, contrapuntos, pausas, silencios; todo aquello que ahogamos porque, por su naturaleza de deseo, sería humillante expresarlo en voz alta. En sus obras todo es dicho lacónicamente y en ello se oculta lo que quisiera expresarse. Lo que se dice no es lo que ocurre; lo que se expresa es lo poco que puede ser dicho, porque el anhelo inconfesable causaría vergüenza y rubor sólo por el hecho de haber sido pensado o concebido. Lo que se expresa es lo socialmente tolerable, no la verdad, no el deseo, sino aquello que nos mantiene en un orden y en un equilibrio que hemos aprendido a soportar.

Chéjov nos enseñó cómo mirar: es preciso mirar como uno mira para aprender a acomodarse en el error, a cambio del plato de lentejas en que sacrificamos la paz, la dignidad y la alegría.

Los personajes de Chéjov habitan la verdad del mundo del Quijote: el mundo de aquellos que soñaron y que si no alcanzaron grandes cosas “murieron por acometedlas”.

Fernando Martínez Monroy




Foto: Especial

Tres notas sobre La dama del perrito


I

Si la historia comenzara por el final, o por lo menos con el supuesto final cuando Ana y Dimitri se preguntan angustiados cómo solucionar su historia de amor secreta. Porque ahí es donde los deja Chéjov en un relato con final abierto, sutilmente dramático, sin demasiados aspavientos. Quiroga, Cortázar, Samperio hablan de La dama del perrito como una pincelada maestra de vida. Cada vez que leo el cuento me provoca el mismo desasosiego: si la vida empezara no con el desconocimiento y la ilusión del primer encuentro. Si Ana y Dimitri poseyeran un Aleph, o si se hubieran topado con Chéjov en una de las calles de Yalta y lo hubieran confrontado como a un Dios inclemente, reclamándole: “¿Por qué nos has abandonado si hasta a Cristo le fue revelado lo que le esperaba?” Porque no hay verdadera libertad sin conocimiento. Decía Canetti que la falla de nuestras existencias es que fueran tan breves, que terminaran cuando apenas comenzamos a tener suficiente idea y conocimiento de las cosas. Pero la literatura y la mano de Dios parecen escribir con la misma pluma.

II

Para Stendhal el enamoramiento es una suerte de cristalización: uno arroja una ramita seca en una mina y tras algunos días, la ramita se halla cuajada de cristales iridiscentes. En un primer momento se nos describe a Ana Sergeyevna como una mujer distinguida, tocada con una boina, en compañía de un perrito blanco de Pomerania. Apenas verla, Dimitri Gurov sabe que es una mujer casada con hijos. Pero lo que realmente lo seduce es el descubrimiento de que «Algo hay de triste en esta mujer». En ese enigma es posible montar toda una pedrería sugestiva y poética. Y tanto es así que protagonista y lectores nos vemos fascinados por la imagen melancólica y tierna de esta mujer a pesar de que el propio Chéjov nos la describe después en la escena del teatro como una “mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes”. Enamorado Gurov de la señora del perro, desestima las palabras de Chéjov que repican en su conciencia para reconocer que esa mujer “llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era”. Un aire encantador con resabios de tristeza que en tiempos más cercanos he descubierto en la mirada de James Dean y Nicole Kidman, sólo que en ambos actores el efecto es producto de una falla física: miran inciertos a la cámara porque el mundo les resulta nebuloso sin los lentes.

III

Es de tal modo encantadora la presencia de Ana Sergeyevna que después de la primera escena no necesita más del perro blanco de Pomerania que la hace tan peculiar a los ojos de los parroquianos y visitantes de Yalta, que se refieren a ella, con admiración y curiosidad, como “la dama del perrito”. Al pomeranio sólo se le vuelve a mencionar cuando un año después del primer encuentro, Dimitri se decide a viajar a la ciudad donde vive Ana y buscar su casa. Entonces, con el “corazón latiéndole violentamente”, lo descubre salir con una mujer vieja de servicio. La primera vez que leí el relato lo hice en la sala de espera de un dentista y no pude saber a ciencia cierta qué tipo de perro era un “pomeranio”. He disfrutado varias veces su relectura, pero la palabra pomenario siguió siendo incierta para mí hasta redactar estas notas: formaba parte de ese horizonte de incertidumbres y sugerencias que un nombre ajeno contribuía a “dibujar desdibujando” el retrato de una mujer idealizada. Seguramente para los lectores contemporáneos de Chéjov el tipo de perro de su relato pintaba de un plumazo el tipo de heroína descrito. Le sugiero al lector que desconozca el término seguir en la indefinición: así la señora del perro y su pomeranio seguirán vaporosos, tenues e intangibles como los sueños. Ya lo sabían

los antiguos: sólo en los momentos fugaces de felicidad y en los sueños, somos dioses.

Ana Clavel




El dije de oro

La descubrí en la conferencia de Raúl sobre la poesía mexicana contemporánea, en el salón de un hotel, por Reforma. Estaba sentada adelante. Me llamó la atención su pelo negro y lustroso como hebras de metal derretido, y cuando se volvió para decirle algo a una pelirroja, me cautivó la viveza de sus ojos color ámbar. Luego, en el brindis, me fijé en el dije que colgaba de su cuello: un setter irlandés de oro o de chapa de oro. La dama del perrito, pensé, recordando el lulú de Ana Sergueyevna.

Subimos en tropel al bar. Había música en vivo. Raúl sacó a bailar a Alejandra, así se llamaba la dama del perrito, y yo a la pelirroja que era aún más guapa. Ya en la pista, Alejandra sugirió un cambio de parejas, y segundos después me besaba en la boca con frenesí. Ignoro si fui capaz de corresponderle con el mismo entusiasmo, pero el caso es que al rato estábamos los cuatro en el pasillo, cerca de los elevadores, cada pareja en lo suyo.

Todo lo que falta, pensé, es tomar un cuarto doble en este mismo hotel, cuando sonó el celular de Alejandra. Contestó, y me dijo con un feo torcimiento de boca: Mi amiga y yo debemos bajar al lobby, ya sabes, ¡los maridos!

Fue un abrupto final de noche, como cuando las puertas del Metro se cierran y uno, que corría para entrar al vagón, se queda afuera. Pero le llamé dos días después y volvimos a vernos. Yo llevaba poco tiempo en la Ciudad de México y no sabía a dónde ir, así es que fue ella la que me condujo en un taxi a un hotel escondido, en una callecita que desemboca en Revolución. A veces vengo aquí sola, me meto a un cuarto, me encuero, me acuesto bocarriba y me tomo dos o tres whiskys mientras veo películas porno. Saludó a la recepcionista como si fueran amigas.

En el cuarto, había una especie de potro de tortura. Alejandra estaba jubilosa, sus ojos refulgían mientras le quitaba la ropa. Figúrate que estamos en el medioevo, dijo y me desabrochó el pantalón, que tú eres Palmerín de Inglaterra y yo la princesa que debes rescatar. Se tendió en la plancha que parecía más bien camilla de hospital. Me entretuve unos segundos mirando su flor rasurada, abierta al aguijón de la abeja, y en seguida até uno de sus brazos y una de sus piernas y traté de penetrarla de pie, pero las correas se zafaron, el cuerpo un tanto adiposo se deslizó hacia abajo y la cabeza fue a introducirse completita en el bote de la basura. Bonita princesa liberada.

Ella se incorporó de un ágil salto, quitándose el improvisado sombrero y arrojándolo al suelo. No me pasó nada, ¡nunca me pasa nada!

Nos trasladamos a la cama y ahí Alejandra se montó sobre mí. Hizo todo el trabajo mientras mis dedos se perdían en su pelo metálico. Yo estaba sorprendido: sus cabellos eran finísimos, los más delgados que había tocado en mi vida. Pelo de ángel, puritito pelo de ángel, le dije, cuando sentí que mis dedos se humedecían. Los miré: estaban manchados de sangre.

Alejandra subía y bajaba, frenética. La veía reír, la veía sudar, gruesas gotas saladas cayeron certeras en mi boca entreabierta, y al mismo tiempo veía cómo el setter de oro o de chapa de oro bailaba en el aire al compás de los movimientos de su ama como si estuviera vivo. Sólo le faltaba ladrar.

En los meses por venir, Alejandra se iría acostando, por turno, con todos mis amigos, un grupo de cinco que trabajábamos como asesores en la Secretaría de Educación Pública, y gritábamos a los cuatro vientos que nuestra verdadera vocación era la literatura. Todos somos hermanitos de leche, pero fue de ti de quien se enamoró, ella misma me lo dijo, me aseguraría Raúl cuando comentamos el asunto en una cantina del Centro Histórico.

Esa noche del potro de tortura, ya como a las tres o cuatro, pasamos a una farmacia que estaba todavía abierta a comprar merthiolate, gasa y tafetán. Un raspón sin importancia, repetía Alejandra, displicente. La curé como pude en plena calle, bajo la incierta luz de una farola, y cuando la llevaba a su casa en otro taxi, con la intención de dejarla a dos o tres cuadras, sugirió que nos citáramos una vez al mes. Ni yo me voy a divorciar ni tú te vas a divorciar, podemos vernos por la mañana, nos vamos al hotel y luego cada quien a comer a su casa, así de sencillo.

Pero no sería tan sencillo, claro que no. En el rompecabezas de la vida ninguna pieza se mueve sin que se altere el orden de las demás, y la larga serie de dificultades que se nos presentarían en el futuro estaba apenas por comenzar.

Armando Alanís




Ilustración: Eduardo Salgado

Claire en enero

Se conocieron cuando ella —siete años más joven, trigueña y ojiverde— entró a hacer el servicio social en la oficina. Él ensayó pronto un acercamiento; buscó seducirla con su labia y ese aura de indefensión y genio que sabía lucir en ciertas circunstancias, pero al fin hubo de encontrar en ella tantas cosas —el tono de su piel, ese aire y carácter de indómita, sus ojos chispeantes, el sexo fragoroso— que no pudo evitar que la joven se le endilgara en los sentidos como una droga astuta. Luego de discutir con su mujer, decidió separarse y divorciarse (perdió fácil la custodia del niño).

Ella creía al principio andar con un tipo de gran inteligencia. Parecía deslumbrarse ante los temas sobre los que el hombre fácil, narcisistamente disertaba, y en ocasiones lo interrumpía, mientras él hablaba y hablaba, para darle un beso. Y añadía: «Sigue, ándale, guapo...» Tenía una mirada traviesa que podía pasar de la ternura a la lascivia, y su piel era la de quien habría vivido la infancia en un puerto, corriendo entre los pescadores mientras el sol aceptaba capitular más allá del horizonte. Muchos rasgos suyos le parecían al hombre atributos de una muchacha marina, lamida en su piel por un sol lúbrico a ratos y luego bienhechor, una joven de carisma solar que podía también lanzarse, velozmente, a un estado de volcánica impaciencia. A raíz de cosas nimias llegaba a encabronarse y mandaba por un tubo al hesitante. Lo cortaba en seco: «Ya, ¿no? Párale…»

Y así anduvieron juntos varios meses: se veían mínimo dos días a la semana, cogían en el cuarto que él rentaba, se iban a cenar pizzas a un restorantito de Avenida Universidad, pero él tuvo siempre la sospecha de que las cosas no llegarían a funcionar por largo tiempo. ¿Qué verá en mí?, se decía. Es un mujerón, ¿cómo aceptó andar conmigo?

Para enero Claire ahora trabajaba como recepcionista en un consultorio médico mientras salía de sus estudios de Derecho, y cuando se veían —fue ella quien no aceptó nunca el vivir juntos— la chica iba siempre, tiro por viaje, exhibiéndole una cansada intolerancia frente a sus elucubraciones —pesimistas casi siempre— sobre su papel como padre, el gutierresco trabajo en la oficina. Él la exasperaba con una facilidad de niño chiquito. Además, seguía buscándola su ex, un tipo de su edad llamado Jaime, alto y fornido como jugador de futbol americano, y ella pasaba, o eso decía, por unas culpas gigantes de insegura y chantajeada.

Eran cosa natural las discusiones para entonces. Él temía tratar casi cualquier tema; Claire mostraba una exasperación gradual ante sus actitudes y palabras, y aunque él advertía bien la naturaleza del círculo vicioso —él, pusilánime, la fastidiaba; ella, con esas reacciones, lo deprimía—, era incapaz de plantearse la salud de un final apaciguado, una separación sin raspaduras. Ella era una adicción: ese cuerpo parecía compensarle cualquier infortunio.

Ilustración: Eduardo Salgado

Todo pasó una tarde muy fría de viernes —era enero—. Caminaban rumbo al metro luego de comer en el Vips de Eje 10 y Universidad, cuando, los ojos fijos en una familia de mendigos, papás con tres pequeños, que sentados en la banqueta buscaban vender alegrías de amaranto o rogaban una moneda a lo menos, él soltó un comentario que creía inofensivo: «¿Sabes? Después de Adrián yo no quiero tener hijos».

«¿No? Pues Jaime tiene una idea distinta». Las palabras le salieron a Claire con ligereza, con facilidad impensada. Él sintió un golpe en el estómago.

«¿Jaime?» Su voz temblaba al decir: «Y él, ¿qué? ¿Por qué lo mencionas?» Claire le respondió que con Jaime ella sí se veía teniendo un hijo. «Pero, ¿no eres muy joven? Aunque... si quieres, podemos tener un niño tú y yo...» Creía pelearse con las palabras para que huyeran de su garganta: «No hay problema. Yo encantado... Tendríamos nada más que esperar algunos años».

«¿Y crees que alguien querrá tener más hijos contigo?» A Claire le brillaba el verdor de sus ojos mientras añadía, liberada y cruel: «Mira, ahi muere todo. Suficiente. Tú estás para el psiquiatra. Yo no tengo por qué cargar con tus traumas por haber tenido un hijo. Ya estuvo bueno».

«¿Mande?»

«Que ni me busques...» Se dio media vuelta, sus piernas cruzaron fatalmente la avenida y ese cuerpo —ya siempre intocable— se subió a un microbús en la acera opuesta, rumbo a la estación del metro. ¿Así, todo tan súbito? —él se quedó convulso en la banqueta, sintiéndose ridículo, mordido por los celos.

La buscó, le habló, quiso asediarla, y nada. Claire no contestó sus mails ni sus telefonemas, no bajó a la acera cuando él llegaba a buscarla a su casa, y si la esperaba fuera del edificio de consultorios, ella al salir apresuraba el paso rumbo al parabús o se escudaba entre sus compañeras, que lo veían con desprecio.

Creyó al principio entender qué sucedía: Claire había sido una ficción huidiza que lo había enceguecido; se había obsesionado por un cuerpo —su piel, era la piel, el cuerpo de Claire lo que con más ira extrañaba—, hasta que con el paso de los días fue comprendiendo que estaba en un error: se había enamorado como un perro, necesitaba verla, dentro de sí era Claire ahora una cicatriz con vocación de herida y no tenía otro camino sino tolerar los minutos y los meses en su fangosa burla. Entendió que es un privilegio sufrir por amor porque no hay consuelo.

Poco después contrajo una infección cutánea en el rostro.

Geney Beltrán Félix