Hombre de celuloide
Dos adolescentes, treinta años de diferencia / I
2010-01-16•Cine
El inminente estreno de Fama, basada en el clásico de Alan Parker, ha despertado en mí el antojo de viajar treinta años atrás: hacer el ejercicio mental de volverme un adolescente que ve en 1980, una película que será de culto. La única verdadera lectura, decía Borges, es la re-lectura. Y aquí estoy yo: embarcado en ver Fama, el filme original.
Sigue teniendo el bit. Y sin embargo, los tics de sus personajes, sus estereotipos, han perdido la pertinencia. Las cosas cambiaron. Y para sorpresa del pesimista, cambiaron para bien.
Parker es como un mago que, en Fama, transforma la servilleta en flor: va al interior de sus personajes, poco a poco: el latino caliente, el afroamericano inculto, la hebrea insegura, el homosexual apocado, terminan volviéndose adorables humanos que sólo son eso: humanos. Y esta es la magia de Fama, la original: comienza siendo una comedia de estereotipos que, avanza, como nuestros héroes y, como ellos, profundiza también: la comedia se vuelve pieza y el chiste fácil estremecimiento gozoso de quien asiste a una obra de arte que ofrece placer y reflexión.
El principal problema en la adaptación de Fama no ha sido una cuestión de bailes o mezclas o edición: los guionistas han tenido que enfrentarse al reto de recuperar la pertinencia de los estereotipos de los años ochenta. Y comenzamos por la estrella de la película: Nueva York, una ciudad que ya tuvo que vivir a Giuliani y que ha dejado de parecerse a Atenas, para volverse más como una Roma Imperial. En 1980, la ciudad despertaba todavía un poco hippie, con la resaca que le dejaron las delicias de los setenta. El Nueva York de hoy es más limpio, sí, más seguro pero —dicen los que lo vivieron—, también más aburrido y “políticamente correcto”. Por ejemplo: ¿cómo adaptar la mojigatería que hoy vivimos a esa escena en la que una maestra de más de treinta mira gozosa el trasero de su alumno de dieciséis? ¿Cómo adaptar el mensaje social en favor de la plena incorporación de las minorías a la educación, las oportunidades y la justicia, cuando hoy el representante del poder en pleno es un afroamericano? ¿Cómo adaptar la lucha interior de un muchacho que se sabe homosexual y que sin embargo no puede decirlo? Hoy día en Nueva York, una burla como la que lanza el puertorriqueño contra el muchacho que ha decidido salir del clóset frente a todos sus compañeros, es inverosímil, entre otras cosas porque le costaría su lugar en la escuela. Y el músico de avanzada que ha descubierto el sintetizador: ¿cómo se adapta al 2009 cuando lo de hoy es aprender a usar instrumentos acústicos?
En estas comparaciones tiene sentido el contraste que ofrece una misma historia vista con los ojos de adolescentes a los que separan treinta años de diferencia. Poniendo un filme frente el otro es posible ver: ¿Y nosotros? ¿Cuánto hemos cambiado?
Pero como hablar de Fama en el 2009 requiere también su espacio, aprovecho para escribir aquí, como Louis Feuillade en sus series de los años veinte que, esta historia, continuará...






