El papel de las notas

Músicos muertos

En casa siempre había música. Pero música en vivo.
  • 2010-01-16•Música

Higinio Ruvalcaba y su esposa Carmela Castillo de Ruvalcaba.
Higinio Ruvalcaba y su esposa Carmela Castillo de Ruvalcaba. Foto: Archivo Eusebio Ruvalcaba

El pasado 22 de diciembre mi madre, que había nacido en 1915 en La Merced, cumplió tres años de muerta. Y ayer, 15 de enero, mi padre, nacido en 1905 en Yahualica, Jalisco, cumplió 34 años de fallecido. A ellos les debo el amor por la música.

En casa siempre había música. Pero música en vivo. Mi madre se la pasaba estudiando. Toda la vida fue una pianista responsable. Musicalmente le tenía un miedo atroz a mi padre, y cuando sobrevenía un recital delegaba todas sus funciones de ama de casa y se concentraba en el piano. Por fin llegaba el momento en que le decía a mi padre “Viejo, ya tengo listas las sonatas”, y entonces yo sacaba el violín del estuche, le daba una pasada de pes al arco, mi padre lo afinaba —principiaba a hacerlo como se acostumbra, e inmediatamente después improvisaba: acordes, dobles cuerdas, toda una serie de décimas que salían del instrumento y que a mí me dejaban con la boca abierta— y enseguida ensayaban. Por donde anduviera yo por la casa, escuchaba aquel violín y aquel piano acometer sonatas, que lo mismo podían ser de Beethoven que de Mozart, de Brahms que de Richard Strauss o del ya tristemente olvidado mexicano Juan F. Mora.

O de pronto mi padre me decía ponte las sillas y los atriles, va a venir a ensayar el cuarteto. Y entonces me aplicaba. Movía los
muebles de la sala, y disponía las sillas con sus respectivos atriles. Se veía hermoso el cuarteto sin músicos, aunque yo los escuchaba tocar en mi mente. Corría a abrirles la puerta conforme iban llegando: Joseph Smilovits, el segundo violín; Herbert Froelich, la viola, e Imre Hartmann, el chelo –mi padre era el primer violín del tan respetado y querido Cuarteto Lener. Ya todos muertos.

Cuando estaba más pequeño, mi madre —¿sin saberlo?— me había acercado a la música y a la literatura. Me llamaba al piano, me decía fíjate lo que voy a tocar, y entonces tocaba un fragmento de, digamos, Chopin, enseguida me lo mostraba de entre la galería de retratos que tenía encima del piano, y por último narraba algún pasaje de la vida del compositor, generalmente una anécdota asociada con la diosa tristeza.

En cuanto a mi padre, era rarísimo escucharlo estudiar; pero cuando lo hacía se metía a la cocina y allí estudiaba. Y nada le importaba si la cocinera estaba guisando los frijoles.

Con mi padre era imposible hablar de
música. Una vez le pregunté qué es la música y me respondió quién sabe, con los ojos anegados de lágrimas. Pero si le preguntaba a mi madre, rescataba de su memoria pasajes de Goethe, de Zweig, donde la música era la protagonista. Y hablaba de ella sin parar. O bien me tocaba algunos acordes de felicísima armonía y decía: “Esto es la música”.

Apenas ponía la cabeza en la almohada, venía hasta mis oídos la música del piano y el violín. No necesité de los cuentos que atraen los sueños de los niños, o que les provocan pesadillas.

Eusebio Ruvalcaba • eusebius1951_2@yahoo.com.mx