Crónica
Manhattan Transfer: belleza y desolación
2010-01-16•Literatura
Dice Antonio Muñoz Molina que en Nueva York el tránsito de la belleza a la desolación sucede siempre expeditivamente. No hay gradaciones. En México, por ejemplo, en cualquier ciudad uno puede ver cómo el paisaje se enriquece lentamente, las casas pequeñas se van volviendo mayores conforme el auto avanza sobre la calle de un barrio cualquiera, o al revés. En Manhattan, no hay tal. Los opuestos están ahí, uno al lado del otro. El turista lo nota de inmediato.
Uno camina por una amplia banqueta de la Quinta Avenida y observa las entradas a enormes edificios con toldos elegantes y conserjes de traje y sombrero a la puerta y, un paso más adelante, se encuentra a la izquierda con una calle más pequeña, de paredes oscurecidas a fuerza de la humedad y recorridas por las ratas que vienen o van de los túneles del metro. Elegancia y hartazgo, hombro con hombro. ¿Más ejemplos?: el silencio de los escalones hacia la estación y el estruendo de la llegada del metro; el cuchicheo por una avenida y el eco solo de tus pasos apenas al dar vuelta a una calle cualquiera. Sí, la Manhattan de John Dos Passos existe: hermosa e intempestiva. Nunca dócil.
Uno viene acá a buscar la ciudad que leyó en algún libro, que vio en alguna película, que observó en alguna foto. Uno va a la ciudad que ya cree conocer, camina como si supiera a dónde va y uno realmente no sabe a dónde va, sin importar que la meta esté bien marcada en el mapa que se lleva en la mano. En esa ciudad uno no sabe nunca a dónde va a llegar. Aunque usted crea saber que va a tal edificio o a tal monumento o a tal puente, al llegar la imagen dista mucho de lo que esperaba. Siempre es distinta. Ni Times Square es tan deslumbrante ni la Estatua de la Libertad tan grande. El puente es mayor de lo que usted cree y el Río Hudson da terror por sólo imaginar lo que bajo él subyace. La ausencia de las Torres muestra una muchedumbre de curiosos. La gente no es todo lo indiferente que nos han dicho. O bien, es más indiferente de lo que se cree: depende del barrio. Acá: los encorbatados italianos invitándote a su restorán, allá: los chinos vendiéndote ese Gucci en “just ten dollar, ten, ten dollar” (sic). A Manhattan se va a caminar, a pasar del brillo a la opacidad, del frío al calor. No hay punto medio, sólo extremos.
También está el idioma, uno va con sus frases en inglés bien aprendidas a darse cuenta de que posiblemente no las use: pues hasta los árabes hablan español o bien el inglés no es suficiente. Te entienden todo o nada. Comprendes todo o nada. La gente te sonríe —te supone turista por pararte bajo ese rótulo que dice Broadway Avenue— o te ignora, incluso si golpea tu hombro no se da cuenta de que tú estás ahí, de que eres, de que existes, de que fuiste ahí a mirar con tus propios ojos aquello de lo que sólo has oído hablar, porque quieres transferir la imagen en algo real.
El turista, en Manhattan, encuentra dos cosas: belleza y desolación. Así, sin gradaciones.






