Un atleta de Estado

El checo Émil Zatopek fue el atleta más grande de su época. Él es el protagonista de la novela de la que ofrecemos una reseña y un fragmento, con la que, a la manera de Marcel Schwob, Echenoz continúa la tradición de las vidas “minúsculas”.
  • 2010-01-16•Literatura

Foto: Nat Farbman





Corre Zatopek corre…

A Laure Vernhes

¿Qué pueden tener en común el músico francés Maurice Ravel y el atleta checo Émil Zatopek? Nada, salvo que ambos han inspirado las dos últimas novelas del escritor francés Jean Echenoz. En Ravel (2006; Anagrama, 2007), Echenoz utilizó elementos biográficos para escribir una original vida imaginaria del compositor de Bolero. Repite la fórmula en Courir (Editions de Minuit, 2008), novela breve, casi una nouvelle (142 páginas), consagrada a Zatopek, quien dominó las pruebas de 5 mil y 10 mil metros, así como el maratón. Apodado “La locomotora”, Zatopek ganó las medallas de oro en las tres pruebas en los juegos olímpicos de Helsinki en 1952, el atleta más grande de la época. Echenoz continúa así la tradición de las “vidas minúsculas” de sus paisanos Marcel Schwob, autor del pequeño gran clásico Vidas imaginarias (1896), y Pierre Michon, cuyo primer libro se llamó, precisamente, Vidas minúsculas (1984).

Ravel y Zatopek —y en esto sí pueden aproximarse— fueron en su tiempo personajes mundialmente célebres, los mejores y más grandes en sus respectivas disciplinas, sobre todo dados al nomadismo. Y esto último es lo que más interesa a Echenoz, escritor que ha parado de cabeza a la narrativa de viaje. “Novela geográfica”, “frenesí deambulatorio”, “movimiento perpetuo”, son expresiones de la prensa literaria de Francia para definir el estilo de Echenoz. Al señor le gusta la errancia, algo que le viene desde el título de su primer libro El meridiano de Greenwich (1979). Idas y venidas entre la campiña francesa, India y Australia, en su séptima novela, Rubias peligrosas (Les grandes blondes, 1995). Gente que se va y punto, sin proyecto ni método, como lo dice otro de sus títulos, Je m´en vais (Me voy), Premio Goncourt en 1999. Aquí no hay el exotismo y el color local de un Le Clézio: el personaje de Me voy viaja al Polo Norte. Otros de plano se salen del mapa: los de Nosotros tres (Nous trois, 1992) vuelan al espacio exterior.

En Ravel, la maquinaria se activa desde el principio: Echenoz saca de la tina de baño, literalmente, al diminuto Ravel y nos lo pone en el tren que ha de llevarlo de París al puerto de Le Havre, y de ahí al paquebote hacia Nueva York, donde inicia su última y triunfalísima gira por Estados Unidos, a bordo de un lujoso vagón de tren, en el año de 1937: Chicago, Los Ángeles, Houston, Nueva Orleáns, Kansas, Búfalo, Cleveland…

Courir Correr— se anuncia desde el título mismo: Zatopek corre por las pistas de carreras del mundo entero —Berlín, Londres, París, Sao Paulo, Los Ángeles—, siempre y cuando las autoridades de Checoslovaquia se lo permitan. Normalmente lo hacen: Émil, el hombre más rápido del mundo, es la mejor publicidad para el gobierno comunista del país. Y Émil, en vías de convertirse en coronel del ejército, se pliega a los dictados. No por dócil u oportunista. Cree sinceramente en las virtudes del comunismo, y además ¿qué otra cosa podía hacer, dada su posición de atleta oficial, recibido con honores por el presidente Gottwald, condecorado con la más alta orden del país? Su matrimonio con Dana, hija de alto militar, campeona olímpica de lanzamiento de jabalina, parece una postal de propaganda del nuevo hombre comunista.

Émil sabe que lo vigilan de muy cerca y que en las esferas pensantes del poder ya se preguntan si su situación de gran deportista popular no cae dentro del “individualismo burgués”. Por otra parte, están las numerosas fugas de atletas bloque soviético a Occidente, no vaya a ser la de malas con Zatopek…

Émil, nacido en 1922 en Moravia, hoy día en Eslovaquia, mañana quién sabe, empezó a correr bajo los nazis: “Los alemanes entraron en Moravia”, es la primera frase del libro. El futuro gran campeón es entonces un muchacho enclenque y tímido, aprendiz en la fábrica de zapatos Bata, estudiante de primero en la facultad de Química, sin ningún tipo de inclinación deportiva, todo un “nerd”, diríamos ahora. Empieza a competir en su natal Ostrava más por obligación que otra cosa, primero en las carreras de la empresa, como los mil 500 metros de Zlin, que gana casi sin proponérselo; después en los pique-niques que organizan los alemanes, donde no faltan las competencias atléticas, que Émil gana con facilidad a los übermensch germánicos. Pronto corre ante multitudes en el estadio Masaryk de Praga y, en los olímpicos de Londres, en 1948, obtiene la primera medalla de oro del atletismo checo. Todavía le quedó “stamina” para acabar sexto en el maratón de los XVI juegos de Melbourne, en 1956.

Émil vivió para asistir a la toma de Praga por los tanques soviéticos, en la primavera de 1968. “Los soviéticos entraron en Checoslovaquia”, es la primera frase del último capítulo del libro. Una segunda invasión soviética, que contrasta cruelmente con la primera, en 1945, para liberar al país de los… alemanes.

En 1968 sí le salió lo rebelde a Zatopek. Simpatizaba con el presidente Alexander Dubcek, quien intentaba reformar el socialismo y descongelar a Checoslovaquia. Echenoz sitúa a Émil en una gran manifestación de protesta contra los soviéticos, en la Plaza Wenceslao, la gente reconoce al campeón, le pone enfrente un micrófono: Émil, siempre un poco lengualarga, pide el boicot de los deportistas de la URSS en los juegos olímpicos de México.

Huelga decir que Émil acaba en desgracia. Primero pierde su cargo de director de deporte en el ministerio de la Defensa, se le expulsa del partido y del ejército, se le prohíbe residir en Praga, finalmente se le destina a las minas de uranio de Jachimov, al noroeste del país, allá podrá poner en práctica sus conocimientos de química… Seis años después, Émil firma su autocrítica, en la que reconoce y abjura de los errores del pasado. El régimen lo perdona y rehabilita, confiándole un cargo de archivista en el sótano del Centro de información del deporte, en Praga, hasta su muerte en 2000.

Echenoz se maneja con un pie en los hechos reales y otro en los hechos que se inventa. No es obligatorio creerse todas las anécdotas, hay episodios que pudieron o no haber ocurrido, como una visita a la jaula de los monos en el zoológico de Berna o un encuentro con Paavo Nurmi, “El finlandés volador”, otro gran corredor de fondo en los años veinte. Y tampoco es seguro que el presidente Gottwald murió de un catarro que pescó en los funerales de Stalin. O que Émil contemplara la taza de baño de su cuarto de hotel en Sao Paulo para comprobar si en América del Sur el agua corría al revés…

De Maurice Ravel, Echenoz tomó la elegancia formal; es, como el compositor musical, un neoclásico que no teme a las formas innovadoras. De Zatopek toma el estilo sincopado y mecánico; “los tiempos rotos” y “súbitos cambios de ritmo”, “las incesantes variaciones de tiempo” y los intervalos entre el “sprint” y el paso largo: así era como corría Émil y como escribe Echenoz su vida reinventada.

Miguel Barberena


Courir

(fragmento)

Émil regresa de Londres con el oro en los diez mil metros, que complementa con una pequeña medalla de plata en los cinco mil y así cierra la temporada. Pero no todo en la vida son juegos olímpicos, no siempre es tan divertido. Un año después debe correr en su región natal, en el estadio de Ostrava, contra otros dieciséis competidores militares.

Apenas la noche anterior se encontraba en Gottwaldov y sólo pudo pescar el rápido de las 23 horas. El tren iba repleto, el viaje duró cinco horas durante las cuales Émil se mantuvo de pie en el pasillo del vagón, sin comer más que unas tostadas rociadas con un poco de cerveza que le ofreció un soldado que estaba de permiso. Muere de cansancio cuando llega a Ostrava y se duerme en el tranvía, por fortuna otro soldado que lo ha reconocido lo despierta en la parada del estadio.

Cuando se da el disparo de salida de estos nuevos diez mil metros, Émil no tiene ganas de darse en espectáculo, y no por el escaso público diseminado en las gradas, eso no tiene que ver, simplemente no le apetece. No entrenó el día anterior, de verdad está cansado, sólo quiere que todo termine. Pero la pista está en óptimo estado, acaba de ser reconstruida, ahora con las grandes curvas que favorecen el performance de todo corredor. De forma mecánica, Émil toma desde temprano la delantera, se separa rápidamente de sus competidores, cada vez se encuentra más alejado del pelotón.

Émile corre y corre, sin pensar en otra cosa cuando el altavoz anuncia que, en las primeras vueltas, sus tiempos intermedios son superiores a los de Viljo Heino. Aunque derrotado en Londres, el finlandés conservó hasta ahora el récord mundial (…).

Con la fatiga del viaje a cuestas, Émil no cree poder mantener el ritmo. Pero después del séptimo kilómetro cambia de opinión y, sintiendo que le queda la reserva, decide tentar su suerte. La tienta y voilà, ya estuvo, ha roto el récord del mundo.

Campeón del mundo: la reacción es inmediata, se le nombra capitán del ejército, y aquí es donde empiezan los problemas. En los altos mandos se decide que Émil es un fenómeno del socialismo real. Más vale cuidarlo, no malgastarlo con demasiados viajes al extranjero. Entre menos se le vea, mejor. Sería una verdadera lástima que en uno de esos viajes, siguiendo algún alocado impulso, se pasara, como ya tantos lo han hecho, del otro lado, el lado inmundo de las fuerzas imperialistas y del gran capital. Por eso, cuando Émil es invitado a una carrera internacional de cinco mil metros en Los Ángeles, las autoridades lo hacen llamar.

Camarada, le dicen, el comité militar ha decidido que en lo futuro no podrá participar en ninguna competencia deportiva sin previa autorización. De acuerdo, dice Émil, pero eso no cambia mucho las cosas. Hasta ahora, siempre me han dado todas las autorizaciones. Pues bien, camarada, le responden, esas autorizaciones, ya no las tiene. Puede marcharse.

El comité suelta un comunicado que anuncia la medida, argumentando que las muchas invitaciones a eventos poco importantes distraen a Émil de sus deberes militares y le impiden continuar su perfeccionamiento deportivo.

Émil encaja, pero aquello no le ha gustado. No dice nada, pero el hecho es que, desde entonces, empieza a perder con bastante regularidad. Se vuelve negligente, termina tercero o cuarto en carreras que debiera ganar fácilmente. Las cosas no van bien, se dijo entonces, a veces ni siquiera aparece en la línea de salida. La prensa extranjera primero finge no entender. Se dice que Émil está enfermo. Se habla de una herida en el pie, de tétanos, de envenenamiento de la sangre, se especula sobre el triunfo de los médicos que lo habían llevado a esto. Cuando hace por entender, lo expresa con diplomacia: no queremos dar crédito a los rumores, se escribe con toda prudencia, según los cuales Émil cayó súbitamente enfermo al enterarse que su viaje a California no había sido autorizado por las autoridades de su país.

Pero no le va tan mal en todos los frentes. Un sábado, la prensa deportiva anuncia: nueva prueba, mañana, para Émil. Sólo se trata de su matrimonio con Dana, previsto para el día siguiente. Y así, un bello domingo de otoño, en su bello uniforme nuevo de capitán, se casa nada menos que con la hija del coronel, futura campeona olímpica de jabalina. El cortejo nupcial provoca una enorme aglomeración, embotella por largo tiempo las calles de Praga.


Praga donde, durante esos años, todos tienen miedo, todo el tiempo, de todo mundo y de todo, en todas partes. Por el interés superior del partido, la nueva política es depurar, desmantelar, aplastar, liquidar a los elementos hostiles. La policía y la Seguridad del Estado se encargan, los periódicos y el radio sólo hablan de eso.

Cada uno puede en todo momento ser acusado de traidor, espía, conspirador, saboteador, terrorista o provocador, seguidor según el caso de una obediencia trotskista, titista, sionista o socialdemócrata, tratado de terrateniente o nacionalista burgués. Sin importar cómo ni por qué, cualquiera puede verse en una prisión o en un campo, por razones que ignora en lo general. La mayoría de las veces, se encuentra ahí no por lo que piensa sino porque molesta a alguien que tiene el poder para meterlo. Todos los días, de todas partes del país, llegan cientos de cartas a la Seguridad de Estado, para denunciar, con gala de cortesía e imaginación, a tal camarada, colega, vecino, pariente, involucrado en una conspiración contra el régimen (…)

Nadie se atreve a hablar o a escuchar a los demás, la gente huye metódicamente una de otra, se desconocen en el seno de las familias. La prensa está maniatada como nunca, como antes, escuchar una estación de radio extranjera exponía a severas represalias. Con el terror instalado cómodamente en las conciencias, la elección era simple: callarse y resignarse o unirse a las manifestaciones de aprobación fanática al presidente Gottwald —otra tabla de salvación consistía en la adhesión al Partido que, en algunos meses, atrajo a un millón de nuevos miembros, entre los cuales, hay que decirlo, está Émil.

Pero no se vaya a pensar que Émil es un oportunista. Que crea sinceramente en las virtudes del socialismo es cosa indiscutible, pero también, y no menos discutible, lo es que es difícil, en su posición, actuar de otra forma. Sabe que lo vigilan y que en las esferas pensantes del poder se preguntan lógicamente si la situación del deportista popular no sería muestra de individualismo burgués, una adoración malsana por un atleta que desvirtuaba gravemente el ideal estajanovista.

Aunque por precaución se le oculte, se diga que está en baja forma, cansado, incluso enfermo, Émil no desiste. Cuando Heino se hace de nueva cuenta con el récord mundial de los diez mil metros, Émil se lo arrebata 52 días más tarde, dejando a sus adversarios tan atrás que el segundo lugar llega cuatro minutos después. En los cinco y diez metros, Émil indudablemente sigue siendo el hombre más rápido del mundo.

Jean Echenoz
Traducción: Miguel Barberena.
Tomado de Courir, de Jean Echenoz (Ed. de Minuit, 2008).