Corriente secreta
Traer a don Porfirio
2010-01-16•Antesala
A fines de 2009, la discusión volvió a abrirse. Paco Ignacio Taibo II la cortó en seco: “Que se atrevan a traer los restos de Porfirio Díaz, porque me cae que cerramos la carretera de Veracruz y hacemos movilización social”. Está a punto de cumplirse un siglo de la batalla de Malpaso, en la que el padre de Martín Luis Guzmán, el coronel de las tropas federales Martín L., cayó abatido por la primera bala de la Revolución. Los claroscuros de la gestión de Díaz han sido ponderados exhaustivamente desde la década de los 90, y sin embargo el país sigue volteando la cara ante las zonas sensibles de su pasado. ¿Qué más da que entierren a Porfirio Díaz en Oaxaca?
Su Majestad caída desembarcó el 20 de junio de 1911 en El Havre. Se hospedó en el hotel Astoria de París y luego en una casa pequeña del número 23 de la avenida del Bosque. Le dijo a Federico Gamboa: “Me siento herido, una parte del país se alzó en armas, y la otra se cruzó de brazos para verme caer. Las dos me eran deudoras de una porción de cosas”. En 1912, el dictador se enteró en Nápoles del asesinato de Madero. Dicen que devoraba las noticias del infierno que, al otro lado del mar, había desatado. Aunque en los primeros años del exilio solía cabalgar por el bosque de Bologne, que le recordaba Chapultepec, su salud se deterioró. Vértigos, mareos, adormecimientos. “Se apagó como una vela”, diría uno de sus descendientes. Díaz comenzó a delirar. Entre otras incoherencias, decía “Petrona” y “Oaxaca”. Murió el 2 de julio de 1915. El gobierno mexicano no envió condolencias. Su mujer, Carmen Romero, embalsamó el cuerpo, lo metió en una caja hermética, y luego lo depositó en Saint Honoré. Aunque el rey de España se ofreció a inhumar a Díaz en El Escorial, la viuda se negó. Quería traer los restos a México. En 1921 comprendió que la última voluntad del dictador —“ya tranquilo el país se llevan mis huesos a descansar a Oaxaca”—, no podría cumplirse. Doña Carmen compró un lote en el cementerio de Montparnasse y se sentó a esperar. En los gobiernos posrevolucionarios, sin embargo, el nombre de Díaz provocaba chispas. En 1934 la viuda se resignó. Volvió al país y se alojó en una casa de la calle de Tonalá, en la colonia Roma. Mucha gente arrugaba la nariz al verla. Corría el rumor de que había traído en secreto los restos de don Porfirio. La mujer murió en la soledad, una década después.
En 1930, un círculo de adictos organizó un homenaje por el centenario del nacimiento de don Porfirio. El gobierno no participó. La última hija del dictador falleció a los 90 años, convencida de que los restos no vendrían nunca. En los años 60, se realizó un intento por repatriar la caja hermética. “El país no está preparado”, sentenció Gustavo Díaz Ordaz. En 1990, los descendientes pidieron a Carlos Salinas que autorizara la repatriación. En 1995 hicieron lo mismo con Ernesto Zedillo. Pero el país, al parecer, continuaba impreparado. (Tal vez eso explique que la calle de Coyoacán que lleva el nombre del dictador se llame “Coronel Porfirio Díaz” y no “General Porfirio Díaz”). Durante su campaña —a la ligera, como siempre—, Vicente Fox prometió traer los restos. En 2000, Porfirio Díaz Pizarro subastó objetos que habían pertenecido a su bisabuelo —un bicornio, un sombrero de copa, algunos manuscritos— a fin de reunir fondos para el traslado. Pero Fox no volvió a tocar el tema. Han pasado 95 años desde la muerte de Díaz y el país, con actitud de hijo emberrinchado, sigue cerrando los ojos ante las cicatrices de su pasado. Recuerdo a Octavio Paz: la distorsión que hacemos del pasado es la distorsión con que aceptamos vivir el presente. ¡Tomemos Veracruz! ¡Que no recale en sus muelles el Ipiranga!






