Crónica

Buscando a Pushkin

En los viajes, la realidad y el deseo se estrechan o alejan de acuerdo con las expectativas de cada viajero. Los siguientes textos ofrecen dos visiones de Rusia, contrastantes en varios sentidos y sin embargo parten del mismo entorno.
  • 2010-01-02•Literatura

Foto: Roberta Garza

Desde la ventanilla del avión se ve un mar de árboles esbeltos, de troncos tan blancos que parecen de plata, contrastando con el verde infinito de la primavera rusa. Se adivinan allí lobos malvados y cavernas encantadas, peces que hablan, pájaros de fuego, caballeros valientes y nieves tan fulminantes como la crueldad de sus reyes y la belleza de sus míticas princesas, reflejadas en los rasgos élficos de los hijos de esta tierra, la de Pushkin, la que anhelo ver desde que sus cuentos fríos y melancólicos sacudieron mi aburrido mundo infantil y que, años después, vine a buscar en este viaje.

En el país de la novela Pushkin favoreció géneros en boga en el resto de Europa: la poesía, el ensayo, el cuento y el teatro, sin olvidar las epístolas, las crónicas y los reportajes que el poeta publicaba en El Contemporáneo, una de las revistas literarias más sólidas de la Rusia del siglo XIX. La riqueza de la pluma de Pushkin radicaba, además de en su cercanía con el folklore —su primer poema largo fue Ruslán y Ludmila, obra en seis cantos que narra el rapto de la hermosa princesa de Kiev por un mago malvado y de su rescate por el valiente Ruslán—, en la frescura de su estilo sin artificios, como si hubiera querido dejar el abigarramiento para su vida personal: descendiente de familias nobles, uno de sus bisabuelos fue un paje negro de Pedro el Grande, Abraham Petrovich Aníbal, nacido en Eritrea, capturado por los otomanos y llevado a Constantinopla para servirle al sultán. De allí el embajador ruso lo envió, probablemente como regalo, a la corte del zar, de quien tomó su patronímico: Petrovich, hijo de Pedro. Después de ser bautizado y enviado a estudiar a París, donde convivió con los enciclopedistas, pasó a convertirse en uno de los principales matemáticos e ingenieros navales y militares de la corte del gran navegante, terminando como supervisor de lo que hoy es la capital de Estonia y muriendo, luego de una corta temporada en desgracia, en el retiro después de que la emperatriz Elizabeth le otorgara la nobleza.

Su bisnieto nacería en Moscú para comenzar muy joven, desde San Petersburgo, una brillante carrera literaria y política, prontamente interrumpida al ser enviado al exilio por su activismo radical. La censura del Estado sería para Pushkin una constante, persiguiéndolo más allá de su muerte: Boris Godunov (1825) no pudo ser publicado hasta pasados seis años de su conclusión y la representación de la versión íntegra no sería permitida sino hasta el 2007. El rebelde escritor no sentó cabeza al casarse en 1831 con Natalia Goncharova, el amor de su vida y de su muerte: la misma pasión que le imprimía a sus obras y a sus creencias la trasladó a su mujer, consumiéndose de celos y de deudas en su nombre y muriendo en 1837 luego de dos días de agonía tras batirse en duelo con Georges d’Anthès, un supuesto rival de amores.

Aterrizamos. Como en los cuentos de hadas el encanto se rompió muy pronto: la seca funcionaria de migración pareció ser el prólogo de la destrucción que el delirio estalinista infligió en la imaginación y en la estética del pueblo del poeta. Hoy, en las grandes ciudades rusas, la gente no tiene hambre, los Ferraris transitan a velocidades impunes y el viejo GUM —abreviatura de Tiendas Universales del Estado, sitio que bajo la URSS vendía licuadoras checoeslovacas y otros objetos tan escasos como de dudosa manufactura— es ahora un centro comercial donde la descarada profusión de marcas de lujo parece significar que llegaron para quedarse. La antigua y serena belleza de la Plaza Roja no deja de asombrar —el vocablo ruso kraznaya puede significar tanto roja como hermosa—, pero contrasta con la estridencia de un montón de mujeres tan esculturales como frías, que fuman sin parar en restaurantes de precios increíbles vistiendo lo más llamativo de Versace, de Dior y de Dolce & Gabbana. Porque, como en cualquier otra gran capital, los bares de Moscú están llenos de esa juventud dorada que siempre se parece a sí misma pero que, en este caso, no sabe sonreír. No es sólo la melancolía que el cliché le atribuye al alma rusa, presente en las partituras de sus violines gitanos y en las páginas tristes de sus escritores que nos cuentan allí del desamor, de los largos inviernos bajo la nieve y de las guerras, sino un oscuro vacío, apenas la anestesia indolente de quien se levanta por la mañana en la anorgasmia perpetua y sin mucho más que un itinerario por cumplir.

Reluciente, sí, como en sus mejores días, está la Rusia imperial. Bajo la alfombra quedó su fea aunque industriosa hermana soviética, la favorita de papá Stalin. Antes decadente, con todos sus oropeles pudriéndose en el abandono, hoy los papeles se han invertido y, aparte de una o dos estatuas de Lenin y de su mausoleo en el corazón de la Plaza Roja, no queda mucho más; los palacios y la riqueza de los zares, sin embargo, están por todos lados, quizá a modo de mensaje para la comunidad internacional desde lo que fuera el imperio más rico, más insensible y más autocrático de los que han existido en nuestra historia contemporánea. A pesar de haberse conservado sólo una parte —las mayoría de las joyas y pequeños objetos de valor fueron al exilio parisino o londinense junto a sus dueños, y casi todo lo demás fue quemado o destruido— la riqueza de las cortes rusas se antoja obscena, formidable, tan excesiva como si Versalles fuera la casa de campo de sus parientes pobres: en la Armería del Kremlin hay una silla de montar adornada profusamente con piedras preciosas, bordada en hilos de oro y plata y con su bridón, lazos y cubremanta a juego. Le pregunto al guía si es la silla imperial. ¿Ésa? Me contesta. No, ésa no; ésa es una muestra de un juego de cincuenta que se usaba para ciertos desfiles íntimos pero especiales. Una de las muchas monturas imperiales es aquélla, dijo, apuntando a un objeto que deslumbraría si le diera el sol, la superficie entera cubierta por enormes diamantes arrancados por siervos —la manera zarista de decir esclavos— de las entrañas siberianas. Cuando Catalina la Grande jugaba al whist, para apostar, sus invitados disponían, a modo de fichas, de bolsitas con piedras preciosas, equivalentes cada una a casi un cuarto de kilate. Las que sobraban eran repartidas entre la concurrencia a la salida.

La mayoría de los grandes palacios —Peterhof, Tsarskoye Selo, el Hermitage— fueron originalmente construidos en madera, siendo reconstruidos al estilo barroco —yeserías, aplicaciones de oro, esmaltes, sedas, brocados y espejos, muchos espejos— por, entre otros italianos, el arquitecto Francesco Bartolomeo Rastrelli durante el reinado de Catalina, la alemana que llegó al trono dándole un golpe de Estado a su pusilánime e infantil esposo, Pedro III, nieto del gran navegante. Después dejó que su amante, Gregorio Orlov, lo envenenara. En uno de esos palacios, el favorito de la gran zarina, Tsarskoye Selo —la villa de los zares—, está el mítico cuarto de ámbar.

Regalo de Federico I de Prusia a Pedro el Grande con miras a sellar la mutua alianza contra Suecia, el original, que constaba de seis paneles de espejo recubiertos de hoja de oro y terminados con pedacería y talla de ámbar multicolor, fue enriquecido por los subsecuentes zares y después saqueado por los nazis y llevado en 1941 a Koenigsberg, donde desapareció luego de la destrucción del castillo que lo albergaba por los bombardeos británicos y la posterior invasión rusa. Veinte años de restauración y 6 toneladas de ámbar después, una reconstrucción exacta fue develada en el sitio original en 2003. Esto lo escucha de prisa el visitante en su fugaz paso por esta maravilla de orfebrería, porque poco es lo que puede sentirse o vivirse cuando se está rodeado de altavoces, de guías con banderitas multicolores, de turistas cuyos codos se multiplican en las costillas ajenas como cabezas de hidra y de mujeres policías grises y machorras que intentan desahogar en el visitante toda su anacrónica frustración.

Termina mi viaje y miro de nuevo por la ventanilla del avión. Siguen allí los bosques de plata que me recibieron una semana atrás, pero la magia se ha ido de ese país al que parece faltarle el alma. Sus bellezas arquitectónicas e históricas están tan muertas y doradas como una escenografía de cartón de esmalte donde los cuentos de Pushkin se sentirían tan ajenos como en cualquier parque de diversiones estridente e insensible, y no pude dejar de sentir como si me acabaran de enterar que la Princesa de las Nieves es poco más que una vieja mentira escandinava.

Roberta Garza • roberta.garza@milenio.com