Morir por amor y tristeza en invierno
Crónicas urbanas
Humberto Ríos Navarrete
El fiscal Díaz Escobar sabe muy bien del tema. Ha escuchado testimonios de hombres que traicionaron pactos de amor y muerte en épocas invernales; oteó el cuerpo de un hombre ahorcado y el balanceo de su figura. Tenía cáncer. El mal de amores es uno de los sucesos que resalta en este lapso donde la soledad encorseta a quienes se refugian en la oscuridad y los consume la pasión.
Ha visto sucesos similares de gente abatida. Como ocurrió en aquella reunión de amigos, acompañados de sus novias, excepto la de uno, cuyo pesimismo lo llevó al sacrificio después de repetir sus planes, seguidos de intentos de obstrucción por parte de contertulios, quienes bailaban o jugaban póquer. El joven, de 20 años, entró en un clóset y se ató una soga alrededor del cuello.
Todo inició una tarde, previa a la Nochebuena. El muchacho había convocado a sus amigos. Sus padres habían salido de vacaciones. En la sala de su casa insistía que su novia lo había dejado y que, por lo tanto, la única solución era morir. Pasaron varios minutos y notaron su ausencia. Iniciaron la búsqueda y lo hallaron colgado en el clóset.
Había repetido su lamento.
Tarde y noche.
—Me voy a matar.
—Cálmate.
—Nada vale la pena.
Y le pedían sentarse.
—Vamos a seguir jugando.
Y brindaban y jugaban.
Y él insistía:
—Me voy a matar.
Las parejas departían. Él también lo hacía, pero lo inquietaba la ausencia de su amada que, supuestamente, lo había dejado por otro. Sus amigos trataban de que olvidara el trauma. Imposible.
Los había convocado en su casa. Nadie supo si para cumplir un rito o como pretexto para borrar el trauma. Lo extraño es que a cada rato se ponía de pie y amenazaba con matarse. Lo hizo varias veces.
Y volvía a sentarse.
Y luego se levantaba:
— ¿A dónde vas?
—Al baño.
—Ve a ver y vigila que no haga una tontería.
Y brindaban.
Volvía e insistía. Lo tranquilizaban. Procuraban distraerlo. Era momentáneo. Le decían que participara en el juego de cartas. Nada. Había momentos en que se aquietaba, pero luego insistía en que se iba a matar.
Y seguían en el juego.
Y reían.
El joven subía a su cuarto, entraba al baño, volvía a salir, y así estuvo durante mucho tiempo. Tarde y noche. Hubo un momento en que, transcurridas las horas, durante la madrugada, ya no regresó a la tertulia.
***
Joel Alfredo Díaz Escobar, con 13 años en la Procuraduría General de Justicia del DF, donde ha ocupado varios puestos. Fue agente del Ministerio Público. Ahora es titular de la Fiscalía Central de Investigación para Homicidios.
— ¿Invierno es propicio para
suicidas?
—Diciembre y enero. Tal vez esta época se presta para que la gente se sensibilice más, sobre todo las personas que tienen cercanía con las cuestiones religiosas y desembocan eventualmente en suicidios.
— ¿Por qué?
—Porque la gente se pone más sentimental y se deprime o porque pierden a un familiar y eso genera mucha tristeza. O por motivos pasionales. En los puestos que he tenido en la Procuraduría he encontrado que en esta época se incrementa el suicidio.
—¿Por ejemplo?
—En Milpa Alta se registran suicidios en los meses de diciembre y enero. La gente se quita la vida. El modus operandi de estos suicidas se presenta en diferentes situaciones: disparo de arma de fuego y ahorcamiento. Son los más comunes. El suicida no falla.
—¿Hay algún perfil del suicida?
—No. Hace unos años, un compañero perito criminalista se privó de la vida en una fecha cercana al fin de año. La bebida, por supuesto, es un detonante. Él, cuando tomaba, recordaba a su hijo, que había perdido la vida en un accidente. En un aniversario luctuoso, se quitó la vida ahorcándose.
—¿Recuerda algún caso por decepción?
—Hay gente que se quita la vida una decepción amorosa. Hay un alto índice por cuestiones pasionales.
***
Fue un pacto suicida. La pareja tenía sus respectivos cónyuges. Nacieron y crecieron en Ecatepec, Estado de México. Fueron novios en la adolescencia, pero se distanciaron, pues cada quien tomó diferentes caminos. Él se quedó en su colonia; ella se casó en el Distrito Federal, donde se hicieron amantes. Él, de 30 años, trabajaba como repartidor de cervezas; ella, de la misma edad, se dedicaba al hogar.
Los dos concluyeron que ninguno de los dos podía separarse y detallaron lo que cada uno tenía que hacer a la hora de cumplir el pacto, por lo que amarraron su compromiso con algo que repetían desde hacía tiempo: “Yo no soy feliz con mi pareja, tú tampoco, nos queremos, pero no nos podemos divorciar.
Un día de diciembre, el esposo de la mujer le dijo a ésta que visitaría a unos parientes en Cuernavaca, que si gustaba acompañarlo, pero ella le dijo que no, que prefería quedarse. Fue la oportunidad de la mujer para afinar el pacto suicida del que había hablado con su amante, con quien se comunicó por teléfono.
—Estoy sola; vente para acá.
Él llegó a la casa de ella, en la colonia Escandón, fumaron mariguana y bebieron alcohol y tuvieron relaciones sexuales. La mujer, desnuda sobre la cama, le dio el último jalón al carrujo y enseguida le recordó que tenían que cumplir con el pacto, y, sin demora, tomó el cable de una lámpara y lo enredó alrededor del cuello.
—Jálale –demandó ella.
Y él jaló fuerte.
Y quedó estrangulada.
Él se puso de pie y quedó en trance, pero percibió algo en ella, quizá un movimiento leve, y entonces se colocó atrás, sacó un cuchillo y se lo dejó ir dos veces, una tras otra, en el costillar derecho, y pensó: “Ahora me toca a mí”.
Pero reculó.
Y sintió miedo.
El hombre meditó el hecho, sorbió la última bebida, se levantó, entró desnudo al baño, se quitó el condón, salió, se vistió, revolvió algunas cosas, para fingir un robo, y se embolsó otros objetos, abrió la puerta y se fue.
Los agentes judiciales y peritos observaron el cuerpo de la mujer, todavía hincado, su pecho sobre la cama, y escudriñaron en todo el cuarto. En el baño hallaron el preservativo, aún con líquido seminal.
Ése fue uno de los principales indicios para apresar al homicida, uno de cuyos nombres y teléfonos estaba anotado en la agenda de la difunta.


